El amanecer en El Baluarte tenía un sabor metálico. El sol apenas lograba perforar la capa perpetua de humo industrial, tiñendo el cielo de un naranja sucio y cobrizo.
Rury caminaba hacia el punto de encuentro frente al Gremio, abrazando su báculo con fuerza. Aunque estaba despierta, la sensación del sueño persistía. Sentía un peso fantasma en la espalda, como si la roca negra todavía estuviera allí, invisible, presionando sus vértebras. Es solo cansancio, se repitió mentalmente. Solo un mal sueño.
A lo lejos, divisó a su nuevo equipo. Eran imposibles de perder: una mujer lobo hiperactiva, un zorro limpiando un arco y una montaña de escamas verdes.
—¡Hey! ¡Por aquí, Rury! —gritó Bashi, agitando la mano con entusiasmo.
Rury aceleró el paso, tratando de componer una sonrisa valiente. —Buenos días, equipo. Perdón si llego justo a tiempo.
Bashi se acercó, cruzándose de brazos y examinándola de arriba abajo con una mirada crítica. Sus ojos amarillos se entrecerraron. —Hmm... —murmuró la paladín, inclinándose hacia la cara de Rury—. Oye, te ves terriblemente pálida. Más de lo normal. ¿Segura que desayunaste? Pareces un cadáver que se escapó de la morgue. ¿No tendrás anemia o algo así? Porque si te desmayas a mitad de camino, Shilder no te va a cargar, ¿eh?
Rury se tensó de golpe. El comentario, aunque inofensivo, golpeó justo en su inseguridad nocturna. Te vas a romper, había dicho la voz en el sueño. Eres débil. —Yo... no, estoy bien —tartamudeó, tocándose las mejillas frías—. Es solo que... no dormí muy bien y...
—¡Pfft! ¡Jajajaja! Bashi soltó una carcajada sonora y le dio un golpe amistoso en el hombro que casi la desestabiliza. —¡Relájate, chica! ¡Es una broma! —Bashi le guiñó un ojo, sonriendo con todos sus colmillos—. Tienes la piel perfecta. Blanca como la leche y suave. Ya quisiera yo que el sol del desierto no me dejara el pelaje como estropajo. Estás radiante, Rury.
Rury parpadeó, soltando el aire que había contenido. —Ah... gracias, Bashi. Me asustaste por un segundo.
—Esa es la idea. Hay que mantener los reflejos alerta —dijo Bashi, girándose hacia los otros—. ¡Muy bien, tropa! La carroza nos espera en la Puerta Oeste. ¡Andando!
Caminaron juntos hacia la salida de la ciudad. Allí, en una zona de carga, esperaba una carreta robusta, cargada con cajas de madera selladas con el emblema de un marqués local.
—Rury, tú sube a la parte trasera de la carreta —ordenó Bashi, asumiendo su rol de líder—. Busca un lugar cómodo entre las cajas. Pedro irá en el techo vigilando, y Shilder y yo iremos a pie a los lados.
—Entendido —dijo Rury. Trepó a la carreta, acomodándose sobre unas mantas viejas entre dos cajas grandes. Desde su posición, podía ver todo el movimiento de la puerta.
Mientras Rury se acomodaba, vio a Bashi dirigirse hacia un hombre bien vestido, con aspecto de mayordomo, que sostenía una tablilla de apuntes. —Capitana Bashi, de La Espada del Caos, reportándose —escuchó decir a la mujer lobo con un tono profesional que contrastaba con sus bromas anteriores—. Estamos listos para la escolta. ¿Los papeles de la carga están en orden?
Rury observó a su líder gestionar la burocracia con confianza, sintiendo que, por primera vez, estaba en manos capaces. El peso fantasma en su espalda pareció aligerarse un poco.
La carreta se puso en marcha con un crujido de ejes y el sonido de los cascos de las bestias de carga golpeando el camino empedrado. Poco a poco, la silueta humeante y metálica de la ciudad quedó atrás, devorada por la distancia.
A diferencia del viaje desde el Puesto Fronterizo, que había sido una travesía monótona de arena y rocas calcinadas, este camino hacia el oeste ofrecía una vista que Rury jamás habría imaginado.
A medida que avanzaban, la vegetación escasa del desierto comenzó a mutar. Los cactus y arbustos secos dieron paso a formas extrañas y colosales.
Rury se asomó por el borde de la carreta, con los ojos abiertos de par en par.
No eran árboles. Eran hongos.
Hongos gigantescos, con tallos tan gruesos como torres de castillo y sombreros anchos que se alzaban hacia el cielo, bloqueando parcialmente la luz del sol. Sus colores variaban desde el violeta pálido hasta un azul eléctrico vibrante, y algunos soltaban esporas brillantes que flotaban en el aire como polvo de hadas.
—Es... es increíble —susurró Rury, estirando el cuello para ver la copa de uno que parecía tocar las nubes—. Nunca había visto algo así.
Bashi, que caminaba al lado de la carreta con su paso firme, notó la fascinación de la elfa y sonrió.
—Impresionante, ¿verdad? Se le conoce como el Bosque Fúngico de Zang.
La mujer lobo señaló el suelo, que era de un color tierra oscuro y húmedo, muy diferente a la arena.
—Esta zona es única en el mundo. La tierra aquí tiene una concentración de nutrientes mágica absurda. Cualquier cosa que plantes crece diez veces su tamaño, pero los hongos ganaron la guerra territorial hace siglos.
De repente, el suelo tembló levemente. No fue un terremoto, sino una vibración profunda y rítmica, como un latido.
Rury se agarró del borde de madera, alarmada.
—¿Qué fue eso?
—Tranquila —dijo Bashi, bajando la voz—. Es el dueño de la casa.
—¿El dueño?
—Esta zona está controlada por un Elemental de Tierra Ancestral —explicó Bashi con respeto—. Es un ser inmenso, hecho de la misma roca y micelio del bosque. Es increíblemente fuerte, capaz de aplastar montañas si se lo propone. Pero no es agresivo. Mientras no intentemos quemar el bosque o destruir su territorio, nos dejará pasar. Solo está... respirando.
Rury miró hacia la profundidad del bosque de hongos con un nuevo respeto y un poco de temor. El mundo era mucho más grande y vivo de lo que pensaba.
Desde el techo de la carreta, Pedro, el hombre zorro, se descolgó con agilidad y se sentó en el borde, con las piernas colgando cerca de Rury.