Frente a ellos, bloqueando el sendero entre dos hongos colosales, había una masa temblorosa de colores chillones.
No eran slimes civilizados y amables como Emily o su familia. Eran bestias salvajes. Globos de ácido verde y amarillo que burbujeaban con un hambre ciega. Y detrás de la docena de pequeños, se alzaba una monstruosidad: un Rey Slime. Era una esfera gelatinosa del tamaño de la carreta, de un color azul oscuro, con restos de armas y huesos flotando en su interior.
—¡Emboscada! —gritó Pedro, tensando su arco—. ¡Son Slimes Ácidos! ¡Cuidado con lo que tocan!
Rury levantó su báculo, el Susurro Lunar brillando con una luz rojiza instintiva.
—¡Los quemaré! —gritó, lista para lanzar una bola de fuego.
—¡NO! —bramó Bashi, deteniéndola con un grito—. ¡Rury, nada de fuego! ¡Si quemas un solo hongo, el Elemental de Tierra nos aplastará a todos! ¡Usa otra cosa!
Rury apagó la magia de fuego de golpe, tragando saliva.
—¡Entendido!
—¡Formación de defensa! —ordenó Bashi—. ¡Shilder, al frente! ¡Pedro, cubre los flancos! ¡Rury, apoyo!
El equipo se movió como una máquina bien engrasada. Bashi se lanzó al combate, su espada brillando con luz sagrada. Cortó a dos slimes pequeños por la mitad antes de que pudieran saltar. Pedro disparaba flechas con precisión quirúrgica, clavando a los monstruos contra el suelo fangoso.
Pero el Rey Slime no se quedó quieto. Su cuerpo vibró y, de repente, expulsó chorros de líquido a presión tan finos y rápidos que parecían cuchillas de agua.
¡Zhash! ¡Zhash!
—¡Maldición! —gritó Pedro, llevándose la mano a la cabeza. Una de las cuchillas había rozado la punta de su oreja de zorro, haciéndola sangrar.
Bashi tampoco salió ilesa; un corte superficial apareció en su mejilla, goteando sangre sobre su armadura blanca.
—¡Cúbranse! —rugió una voz profunda.
Shilder, el tanque hombre lagarto, se plantó frente a ellos y clavó su inmenso escudo en la tierra.¡CLANG-CLANG-CLANG!
La barrera de acero aguantó el bombardeo de cuchillas de agua del Rey Slime, protegiendo al equipo de ser rebanado.
Rury vio la sangre en sus compañeros y actuó rápido.
—¡Luz de Alivio! —conjuró, extendiendo su mano libre. Un brillo dorado envolvió la oreja de Pedro y la mejilla de Bashi, cerrando las heridas al instante.
—¡Gracias! —gritó Pedro, volviendo a disparar.
—¡Esa cosa es rápida! —gritó Bashi, retrocediendo hacia el escudo de Shilder—. ¡Necesitamos frenarlo para que Shilder pueda golpearlo con el mazo!
Rury analizó la situación. El Rey Slime era agua y gelatina.
—¡Tengo una idea! —gritó Rury—. ¡Usaré magia de Rayo! ¡La electricidad se dispersará por su cuerpo y lo paralizará! ¡Eso lo ralentizará lo suficiente!
Bashi asintió, confiando en su nueva maga.
—¡Hazlo! ¡Nosotros te cubrimos!
Rury apuntó el báculo hacia la masa azul gigante. Recordó las lecciones básicas: Controla el flujo. Solo quieres aturdirlo.
Visualizó una pequeña descarga, algo similar a un calambre fuerte.
—¡Parálisis de Trueno! —gritó.
De la punta del Susurro Lunar salió un arco eléctrico. Pero no fue la chispa que Rury esperaba. Fue un relámpago grueso, crepitante y cegador, cargado con la inmensa cantidad de maná que Rury poseía por su condición.
El rayo impactó en el centro del Rey Slime.
No hubo parálisis.
No hubo ralentización.
La electricidad sobrecalentó el líquido del monstruo en una fracción de segundo. El Rey Slime brilló con una luz azul incandescente, vibró violentamente y luego...
¡KABOOM!
El monstruo no se detuvo; explotó.
Estalló como una bomba de agua gigante, enviando una lluvia de gelatina caliente y trozos de slime en todas direcciones, cubriendo los árboles, el camino, la carreta y, por supuesto, a todo el equipo.
Hubo un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de trozos de slime cayendo al suelo: ploc, ploc, ploc.
Rury, con el báculo aún en alto y la cara salpicada de azul, parpadeó sorprendida.
Bashi se pasó la mano por la cara, limpiándose una capa gruesa de gelatina azul caliente que le cubría los ojos. El resto del equipo estaba igual: Pedro parecía un zorro sumergido en mermelada y el escudo de Shilder goteaba viscosidad.
Rury encogió los hombros, aferrando su báculo con fuerza, esperando el regaño. —Lo siento... —empezó a decir—. Sé que dije paralizar, pero se me fue la mano y...
—¡ESO FUE ALUCINANTE! —gritó la paladín, rompiendo la tensión con una carcajada eufórica.
Rury parpadeó. —¿Eh?
Pedro se sacudió la cola, lanzando gotas de slime por todas partes, pero tenía una sonrisa de oreja a oreja. —¿Viste eso? —dijo el arquero—. ¡Pum! ¡En un segundo! ¡Adiós problema! ¡Ni siquiera tuvimos que acercarnos!
Bashi caminó hacia Rury, sus botas chapoteando en los restos del monstruo. —Rury, no te disculpes. ¡Eso es exactamente lo que esperábamos de una maga ofensiva! —dijo Bashi, señalando el cráter humeante donde antes estaba el Rey Slime—. ¿Viste cómo nos tenía inmovilizados con esas cuchillas de agua? Nosotros somos luchadores de rango medio y cuerpo a cuerpo. Contra enemigos así, que atacan a distancia y se regeneran, siempre sufrimos.
Shilder asintió lentamente, su voz profunda resonando con aprobación. —Sin ti... la batalla habría durado horas. O habríamos tenido que huir.
—Exacto —continuó Bashi—. Por lo general, evitamos trabajos donde hay reportes de Reyes Slime o hidras, porque simplemente no tenemos la potencia de fuego para borrarlos rápido. Pero tú... —Bashi la miró con admiración—. Tú acabas de convertir nuestra debilidad en un paseo por el parque.
Sin previo aviso, la mujer lobo atrapó a Rury en un abrazo de oso, sin importarle que ambas estuvieran cubiertas de restos de monstruo pegajoso. —¡Bien hecho, novata! —exclamó Bashi, apretándola contra su armadura—. ¡Eres nuestra arma secreta! En cuanto lleguemos al pueblo y entreguemos esta carga, la comida corre por mi cuenta. ¡Pide lo que quieras, te lo ganaste!