El pueblo satélite era exactamente lo que Rury había imaginado cuando escuchó por primera vez las palabras "pueblo minero". A diferencia de la metrópolis industrial de El Baluarte, este lugar era rústico, sucio y honesto. Las casas eran de madera vieja y piedra sin pulir, las calles eran de tierra batida y el aire olía a polvo de carbón y sudor, sin ningún filtro mágico que lo disfrazara.
Mientras descargaban las últimas cajas de materiales en el almacén del Marqués, Rury se limpió el polvo de la frente. —Esto sí es lo que esperaba —murmuró para sí misma, observando a un grupo de mineros tiznados salir de un turno—. Nada de máquinas de vapor complejas ni rascacielos. Solo picos y palas.
Bashi firmó el recibo de entrega y guardó la bolsa de monedas con el pago en su cinturón. —¡Trabajo hecho y cobrado! —anunció la líder con satisfacción—. Buen trabajo, equipo. Ahora, tengo una promesa que cumplir. Vamos a comer como reyes antes de empezar la caminata de regreso a la ciudad. No quiero que nos pille la noche en el camino sin el estómago lleno.
El grupo caminó un par de calles hasta llegar a un edificio de dos pisos con un letrero de madera que chirriaba con el viento. Tenía pintado un ojo vertical de pupila afilada: "El Ojo del Gato".
Al entrar, el ambiente cambió. El lugar estaba lleno de mineros locales bebiendo cerveza barata y jugando a los dados. "La Espada del Caos" tomó una mesa en una esquina y Bashi pidió jarras grandes y platos de costillas asadas para todos.
Mientras esperaban la comida, Rury decidió aprovechar la experiencia de sus compañeros. —Oigan —dijo, jugueteando con su vaso de agua—, ustedes que llevan más tiempo en esto... ¿saben si hay muchos aventureros de rango alto operando por esta zona?
Pedro, que estaba afilando la punta de una flecha con una navaja, negó con la cabeza. —No por aquí. Este pueblo es territorio de Rango Hierro y Bronce. Misiones de escolta, limpiar plagas de ratas topo... cosas así. Los peces gordos, los Rango Oro y Platino, no suelen venir a menos que haya una catástrofe.
—Ya veo... —Rury trató de sonar casual—. Entonces, si alguien muy fuerte viene aquí, debe ser noticia, ¿no?
—Definitivamente —intervino Bashi—. Sería la comidilla del pueblo. ¿Por qué lo preguntas? ¿Buscas un mentor?
—Curiosidad —mintió Rury—. Es solo que... en el gremio escuché rumores sobre gente poderosa que trabaja sola.
—Ah, hablando de eso —dijo Pedro, bajando la voz y señalando discretamente hacia la barra, donde el tabernero hablaba con unos mineros preocupados—. Justo escuché algo raro cuando fuimos a comprar provisiones. »Dicen que hace unos cuatro o cinco días pasó por aquí un sujeto extraño. No era del gremio local.
El corazón de Rury dio un vuelco. —¿Cómo era?
—Nadie le vio la cara —continuó Pedro, mordiendo un trozo de pan—. Llevaba una armadura completa, pesada, de color negro azabache. Dicen que tenía un casco con cuernos raros. —Uno en la frente y otro en la nuca —añadió Shilder con su voz grave, sorprendiendo a todos—. Los guardias... tenían miedo.
Bashi dejó su jarra sobre la mesa con un golpe seco, limpiándose la espuma de los labios. —Ahora que lo mencionas... sí. Lo vimos. Fue justo el día que pusimos la solicitud buscando un mago en el tablón del Gremio.
La paladín se estremeció levemente, un gesto raro en ella. —No se me va a olvidar. Estábamos clavando el papel cuando él pasó por detrás de nosotros. Rury, ese tipo no caminaba, pesaba. Irradiaba un aura muy siniestra. No era solo magia oscura; se sentía como si la temperatura bajara diez grados a su alrededor. Hasta los veteranos que estaban bebiendo se callaron cuando pasó.
—Lo vimos una vez más después de eso —añadió Shilder, su voz grave resonando como piedras rodando—. Aquí mismo. En este pueblo.
—¿Aquí? —preguntó Rury, inclinándose sobre la mesa.
—Sí —dijo Pedro, jugando con una moneda—. Cruzó el pueblo sin hablar con nadie y se dirigió directo a la entrada norte. A la Mina Abandonada.
Rury frunció el ceño. —¿Por qué abandonada? ¿No dijeron que este pueblo vivía de la minería?
—De la minería en las vetas seguras —corrigió Bashi—. Esa sección específica está clausurada temporalmente. Hace unos meses, los mineros cavaron demasiado profundo y despertaron a esa cosa... la Bestia de Magma. Desde entonces, el Marqués prohibió la entrada. Nadie entra, nada sale. O eso se supone.
Rury miró a sus compañeros, apretando las manos sobre sus rodillas. Sabía que no podía seguir fingiendo simple curiosidad. —Tengo que decirles la verdad —dijo, tomando aire—. No pregunté por casualidad. Yo... estoy buscando a ese Caballero. Es la razón por la que vine a esta región.
Hubo un momento de silencio en la mesa. Bashi la miró con preocupación y Shilder parpadeó lentamente. Pero Pedro, fiel a su naturaleza directa y sin pelos en la lengua, soltó un suspiro largo y negó con la cabeza.
—Pues ahórrate el viaje, chica —dijo el zorro con brutal honestidad—. Porque ese tipo ya está muerto.
—No lo sabes —replicó Rury, sintiendo una punzada de defensa—. Es muy fuerte.
—No se trata de fuerza, Rury —insistió Pedro, inclinándose hacia ella con seriedad—. Es biología básica. Incluso si fuera el guerrero más fuerte del continente y pudiera matar a la bestia con un estornudo... el entorno lo mataría primero.
Pedro señaló hacia la montaña que se veía por la ventana. —Esa mina no solo tiene monstruos. Al estar cerrada y sin ventilación, se llena de gases tóxicos en cuestión de horas. Grisú, vapores de azufre, monóxido... ni los mineros con más experiencia y los mejores pulmones tienen la capacidad de aguantar ahí abajo sin equipo de bombeo de aire constante.
El arquero la miró a los ojos, sin intención de ser cruel, pero sin querer darle falsas esperanzas. —Lleva ahí abajo casi una semana, ¿verdad? Es imposible que alguien sobreviva tanto tiempo respirando veneno. Esa es la verdadera razón por la que esa misión es un suicidio y nadie la toma. Tu caballero, por muy siniestro que sea, ya debe ser un cadáver hinchado en algún túnel oscuro.