Una vez que los hombres se fueron, Bashi se volvió hacia Rury y arrugó la nariz, olfateando el aire un par de veces. —Y nosotras... tenemos otra misión. —¿Ah, sí? —preguntó Rury, estirando los brazos doloridos.
—Sí. Olemos a sudor, a camino y todavía tengo restos de gelatina de slime pegados en el pelo —dijo Bashi, haciendo una mueca—. Mi nariz de lobo me dice que hay un río limpio a unos quinientos metros al este.
Bashi rebuscó en su mochila y sacó una toalla y jabón. —Vamos a darnos un baño rápido antes de cenar. El agua fría nos vendrá bien para los músculos. ¿Vienes?
Rury sonrió, agradecida por la idea. —Definitivamente. Me siento pegajosa desde la batalla.
Ambas dejaron sus armas junto al equipaje y se adentraron en el bosque, guiadas por el olfato agudo de la paladín, dejando atrás el sonido de Pedro empezando a gritar sus plegarias exageradas a las rocas.
El baño en el río subterráneo había sido helado, pero revitalizante. Ya vestidas y secas, ambas se sentaron sobre un tronco caído cubierto de musgo suave, bajo el resplandor violeta de un hongo gigante.
Rury intentaba desenredar su largo cabello purpura con los dedos, haciendo muecas de dolor cada vez que encontraba un nudo rebelde.
Bashi la observó por un momento, con una expresión suave que rara vez mostraba frente a los chicos.
—Ven aquí —dijo la mujer lobo, sacando un cepillo de cerdas duras de su bolsa de viaje—. Si sigues tirando así, te vas a quedar calva. Déjame hacerlo.
Rury dudó un instante. En su cultura, tocar el cabello de otro era un acto de mucha confianza. Pero al ver la mirada maternal de Bashi, asintió y se giró, dándole la espalda.
—Está bien. Gracias, Bashi.
La paladín comenzó a pasar el cepillo con movimientos rítmicos y cuidadosos, desenredando las hebras purpuras con una delicadeza sorprendente para alguien que manejaba una espada bastarda.
El silencio entre ellas era cómodo, acompañado solo por el murmullo del río.
—Sabes... —rompió el silencio Bashi, su voz un poco más baja de lo habitual—. Tu cabello me recuerda al de mi hermana menor. Tenía la misma textura fina. Y era igual de terca con los nudos.
Rury sintió un cambio en el ambiente.
—¿Tienes una hermana? Pedro mencionó que eras de su misma aldea, pero no dijo nada de ella.
La mano de Bashi se detuvo un segundo antes de continuar cepillando.
—Tenía —corrigió Bashi—. Ella y yo... bueno, nuestra historia no es bonita. Nuestros padres nos abandonaron cuando éramos muy pequeñas. Simplemente se fueron y nos dejaron a merced del mundo. Éramos unas niñas vulnerables, con frío, hambre y sin el calor de una familia.
Bashi suspiró, un sonido cargado de años de peso.
—Pero sobrevivimos. Lo único que nos mantuvo vivas, lo que evitó que nos congeláramos en las noches de invierno, fue nuestro amor. Nos teníamos la una a la otra. Yo juré que la protegería de todo.
Rury bajó la mirada, sintiendo el dolor en la voz de su amiga.
—¿Qué le pasó? —preguntó suavemente.
Bashi continuó cepillando, pero ahora con un poco más de fuerza, como si intentara peinar un recuerdo doloroso.
—Pereció —dijo con voz ronca—. Nuestra aldea fue invadida por una horda de demonios salvajes. No eran ciudadanos de Azmar, eran bestias sin mente. Yo intenté pelear... intenté sacarla de ahí. Pero era débil. No fui lo suficientemente fuerte para protegerla. La perdí entre el fuego y los gritos.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla peluda de Bashi, pero ella la limpió rápidamente con el hombro.
—Por eso me hice Paladín. Para que nadie más tenga que sentirse tan indefensa como nosotras ese día.
Rury se quedó en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. Ahora entendía la actitud protectora de Bashi, su obsesión con la defensa y el escudo de Shilder.
Bashi terminó de peinarla y dejó el cepillo a un lado. Miró hacia el cielo cubierto por los hongos.
—Rury, te voy a contar un secreto —dijo Bashi, recuperando un poco de su sonrisa habitual, aunque sus ojos seguían tristes—. Al igual que ese viejo zorro de Pedro, yo también tengo una fecha límite. Voy a dejar el grupo en dos años.
—¿Tú también? —Rury se giró para mirarla—. ¿Por el dinero?
—Sí. En dos años habré juntado la suma exacta que necesito.
—¿Para qué? —preguntó Rury—. ¿Para comprar una casa y vivir tranquila sin peligro?
Bashi negó con la cabeza, sus ojos amarillos brillando con una determinación feroz.
—No. El dinero no es para mí. Quiero abrir un orfanato.
»Voy a viajar por todo el continente demoníaco buscando a las almas desamparadas, a los niños que, como mi hermana y yo, fueron olvidados por el mundo. Quiero darles un techo, comida y, sobre todo, una familia. Quiero ser la fuerza que les faltó a nosotras.
Bashi le puso una mano en el hombro a Rury y sonrió con calidez.
—Ese es mi sueño, Rury. Y estoy a solo dos años de cumplirlo.
Rury miró el perfil de Bashi, iluminado suavemente por el resplandor de los hongos. La historia de la mujer lobo era devastadora, y sin embargo, ahí estaba: fuerte, líder, riendo con Pedro y cuidando de todos.
—Bashi... —murmuró Rury, con la voz temblorosa—. Si has sufrido demasiado... si perdiste lo que más amabas de esa forma... ¿cómo puedes ser feliz? ¿Cómo tienes la fuerza para sonreír cada día?
Bashi suspiró y miró el agua correr. —Porque es normal, Rury. La vida sigue. El sol sale aunque no queramos, y el mundo no se detiene a llorar por nosotras. Se giró y clavó sus ojos dorados en los de la elfa. —Pero los recuerdos que uno lleva consigo... ese es el verdadero combustible para seguir adelante. No son una carga, son el motor. Mi hermana no hubiera querido que me rindiera. Ella odiaría saber que mi vida terminara de una forma que... bueno, de una forma que no debería ni mencionar la palabra. Sería un insulto a su memoria si yo me dejara vencer por la tristeza. Bashi le dio un leve apretón en el hombro. —Por eso trato de ser lo más perspicaz posible. Busco la luz en medio de la porquería, porque es la única forma de honrar a los que ya no están.