Una luz tenue apareció frente a mí, oscilando en la oscuridad como una luciérnaga moribunda.
Los pensamientos de Rury estaban en órbita, desconectados de su cuerpo. No sabía dónde estaba, ni qué hora era. Sentía un zumbido agudo en los oídos que ahogaba cualquier otro sonido. Trató de moverse, de levantarse, pero sus extremidades no respondían; era como si sus huesos se hubieran convertido en plomo derretido.
Con un esfuerzo titánico, logró abrir los ojos un poco más. La imagen que la recibió le heló la sangre, más fría que cualquier invierno en el norte. A unos metros de ella, sobre la roca desnuda, yacía su equipo. Bashi estaba boca abajo, inmóvil, con su armadura abollada. Pedro estaba recostado contra una piedra, con el arco roto a su lado, y Shilder... Shilder ni siquiera se veía. Estaban molidos. Derrotados.
¿Qué pasó?, pensó Rury, mientras la conciencia se le escapaba de nuevo. ¿En qué momento todo salió mal?
Unos dias antes...
El ambiente en el Gremio de Aventureros de "El Baluarte" era el habitual: ruidoso, cargado de humo y lleno de optimismo.
Pedro estaba parado frente al Tablón de Misiones, pero esta vez ignoró la sección de recolección y escolta de bajo nivel. Sus ojos, afilados como los de un zorro, escaneaban los carteles de la sección superior, donde las recompensas tenían más ceros y los dibujos de los monstruos eran más aterradores.
—¿Qué traes en mente, Pedro? —preguntó Bashi, llegando junto a él con Rury pisándole los talones. La elfa ya lucía mucho más cómoda con su equipo, llevando su espada corta en la cintura con naturalidad gracias a las semanas de entrenamiento.
—Hay una interesante, jefa —dijo Pedro, arrancando un cartel con un gesto teatral—. Miren esto.
Les mostró el papel. El dibujo mostraba a una bestia simiesca, musculosa y con colmillos que sobresalían de su mandíbula inferior hasta la frente. —Caza de Mandril Demoníaco. Han avistado a uno en los picos bajos de la Cordillera de Ceniza.
Rury miró el dibujo con curiosidad. —¿Un Mandril? ¿Es peligroso?
—Son bestias raras —explicó Pedro, con los ojos brillando por la posible paga—. Solo aparecen una vez cada cierto tiempo, cuando las corrientes de magia se alteran en las montañas. Son territoriales, rápidos y muy fuertes. Pagan el triple que por los slimes.
Bashi se cruzó de brazos, analizando la propuesta. Shilder, que estaba detrás de ellas, miró el cartel y soltó un gruñido pensativo.
—¿Crees que estamos listos? —preguntó Rury, un poco nerviosa.
Bashi sonrió, una sonrisa llena de colmillos y confianza. —Claro que sí. Piénsalo, Rury. Desde que te uniste, las misiones anteriores han sido un paseo. Los goblins, los lobos, los bandidos... todos cayeron demasiado fácil gracias a tu magia y a mi espada. Nos hemos vuelto eficientes. Quizás... demasiado eficientes.
La paladín le dio una palmada fuerte en la espalda a Rury. —Ya es hora de subir la apuesta. Necesitamos un reto de verdad para probar tu entrenamiento con la espada y nuestra coordinación. Esta chica ya debe dejar de jugar a lo seguro y sentir la verdadera adrenalina de un combate de Rango Plata.
Pedro asintió, agitando el cartel. —Además, con el dinero de esta misión, estaremos un paso gigante más cerca de nuestra meta de los dos años. ¿Qué dicen?
—Yo digo que vamos a cazar un mono —sentenció Bashi.Una luz tenue apareció frente a mí, oscilando en la oscuridad como una luciérnaga moribunda.
Los pensamientos de Rury estaban en órbita, desconectados de su cuerpo. No sabía dónde estaba, ni qué hora era. Sentía un zumbido agudo en los oídos que ahogaba cualquier otro sonido. Trató de moverse, de levantarse, pero sus extremidades no respondían; era como si sus huesos se hubieran convertido en plomo derretido.
Con un esfuerzo titánico, logró abrir los ojos un poco más. La imagen que la recibió le heló la sangre, más fría que cualquier invierno en el norte. A unos metros de ella, sobre la roca desnuda, yacía su equipo. Bashi estaba boca abajo, inmóvil, con su armadura abollada. Pedro estaba recostado contra una piedra, con el arco roto a su lado, y Shilder... Shilder ni siquiera se veía. Estaban molidos. Derrotados.
¿Qué pasó?, pensó Rury, mientras la conciencia se le escapaba de nuevo. ¿En qué momento todo salió mal?
Unas horas antes...
El ambiente en el Gremio de Aventureros de "El Baluarte" era el habitual: ruidoso, cargado de humo y lleno de optimismo.
Pedro estaba parado frente al Tablón de Misiones, pero esta vez ignoró la sección de recolección y escolta de bajo nivel. Sus ojos, afilados como los de un zorro, escaneaban los carteles de la sección superior, donde las recompensas tenían más ceros y los dibujos de los monstruos eran más aterradores.
—¿Qué traes en mente, Pedro? —preguntó Bashi, llegando junto a él con Rury pisándole los talones. La elfa ya lucía mucho más cómoda con su equipo, llevando su espada corta en la cintura con naturalidad gracias a las semanas de entrenamiento.
—Hay una interesante, jefa —dijo Pedro, arrancando un cartel con un gesto teatral—. Miren esto.
Les mostró el papel. El dibujo mostraba a una bestia simiesca, musculosa y con colmillos que sobresalían de su mandíbula inferior hasta la frente. —Caza de Mandril Demoníaco. Han avistado a uno en los picos bajos de la Cordillera de Ceniza.
Rury miró el dibujo con curiosidad. —¿Un Mandril? ¿Es peligroso?
—Son bestias raras —explicó Pedro, con los ojos brillando por la posible paga—. Solo aparecen una vez cada cierto tiempo, cuando las corrientes de magia se alteran en las montañas. Son territoriales, rápidos y muy fuertes. Pagan el triple que por los slimes.
Bashi se cruzó de brazos, analizando la propuesta. Shilder, que estaba detrás de ellas, miró el cartel y soltó un gruñido pensativo.
—¿Crees que estamos listos? —preguntó Rury, un poco nerviosa.
Bashi sonrió, una sonrisa llena de colmillos y confianza. —Claro que sí. Piénsalo, Rury. Desde que te uniste, las misiones anteriores han sido un paseo. Los goblins, los lobos, los bandidos... todos cayeron demasiado fácil gracias a tu magia y a mi espada. Nos hemos vuelto eficientes. Quizás... demasiado eficientes.