El viaje comenzó bajo un cielo despejado, pero pronto la comodidad del camino principal quedó atrás.
Un par de días después de salir del Baluarte, el equipo llegó a un punto que hizo que el corazón de Rury diera un vuelco de nostalgia. Era el cruce de caminos donde, un mes atrás, se había despedido de sus primeros amigos. Se detuvo un segundo, mirando hacia el sur, recordando los primeros pasos torpes que dio en este mundo.
—¿Todo bien, Rury? —preguntó Bashi, notando su pausa.
—Sí —respondió la elfa, sacudiendo la cabeza y sonriendo—. Solo recordaba viejos tiempos. Sigamos.
En lugar de seguir la calzada imperial, Pedro se desvió bruscamente hacia la maleza, donde no había ni rastro de sendero.
—Por aquí es más rápido —aseguró el zorro, apartando ramas con su arco—. Si seguimos el camino pavimentado daremos un rodeo de dos días. Mi nariz dice que cortando por este valle llegaremos antes de la cena.
Confiando en su explorador, el grupo se adentró en terrenos difíciles, subiendo colinas y bajando quebradas rocosas.
A media tarde, emergieron frente a un asentamiento extendido a lo largo de un valle seco y árido. Un letrero de madera carcomida les dio la bienvenida: "Rocas Hambrientas".
El pueblo parecía tan seco como su nombre indicaba, con casas de adobe y formaciones rocosas que parecían dientes saliendo de la tierra.
Shilder se detuvo, mirando el letrero y luego a las rocas afiladas que rodeaban las casas.
—"Rocas Hambrientas"... —retumbó su voz grave—. Es un nombre... raro. Y poco acogedor.
—Estoy de acuerdo con el grandullón —dijo Bashi, mirando con desconfianza el lugar—. Suena a que si te duermes en el suelo, el suelo te come. Mejor no paramos aquí.
El grupo cruzó el pueblo a paso ligero. Los habitantes los miraban desde las sombras de sus porches, pero nadie les dijo nada. Salieron por el extremo este tan rápido como llegaron, dejando atrás el extraño asentamiento.
La caminata continuó, implacable. Sus botas golpearon la tierra durante horas interminables. Rury sentía el ardor en las pantorrillas, pero no se quejó; el entrenamiento con Bashi había mejorado su resistencia considerablemente.
Finalmente, tras doce horas continuas de marcha y con el sol ya ocultándose en el horizonte, el aire cambió. La temperatura subió drásticamente y un olor a azufre mezclado con humedad llenó el ambiente.
Frente a ellos, iluminado por las últimas luces del día y el resplandor rojizo de la cima de la montaña, apareció su destino. Era un pueblo construido en las faldas de una cadena de volcanes activos. Columnas de humo blanco se alzaban perezosamente hacia el cielo estrellado.
—Llegamos —anunció Pedro, respirando hondo—. El pueblo de Fuentes de Ceniza.
A pesar de la amenaza de los volcanes que retumbaban suavemente en la distancia, el lugar se veía hermoso de una forma extraña. El vapor surgía de todas partes; había piscinas naturales de agua turquesa humeante repartidas por todo el pueblo.
—Dicen que las aguas termales de aquí son un paraíso —comentó Bashi, mirando con deseo el vapor que subía de los baños públicos—. Un regalo de los dioses para curar cualquier dolor. Lástima que venimos a trabajar y no de vacaciones.
Esa noche, el equipo decidió darse un merecido descanso antes de la cacería.
Mientras el vapor cubría el ambiente, Rury y Bashi se sumergieron en una de las pozas termales privadas que alquilaron. El agua caliente deshizo los nudos en los músculos de Rury casi al instante.
—Esto es el paraíso... —suspiró la elfa, hundiéndose hasta la nariz.
Bashi se echó hacia atrás, apoyando la cabeza en el borde de piedra, riendo suavemente.
—Te lo dije. Disfrútalo, hermanita, porque mañana dormiremos sobre rocas frías otra vez.
Pasaron el rato charlando de cosas triviales, salpicándose agua y compartiendo un momento de paz que consolidaba su relación, no solo como compañeras de armas, sino casi como familia.
Mientras tanto, en la mesa de la posada, la planificación estratégica era... menos relajante.
Pedro dibujaba garabatos en una servilleta con un trozo de carbón.
—Escucha, Shilder, tengo un plan infalible —dijo el zorro con ojos brillantes—. Los mandriles son curiosos, ¿verdad? ¿Qué tal si me disfrazo de una banana gigante? Cuando se acerque a comerme... ¡ZAS! Tú le caes encima.
Shilder lo miró con su habitual estoicismo, parpadeando lentamente.
—Pedro... los mandriles comen carne. Y tú eres... un zorro. Si te disfrazas de fruta... solo te verás como un zorro estúpido.
—Bueno, ¿y si usamos un espejo? —insistió Pedro—. Se verá reflejado, pensará que es un rival, atacará el espejo y se cortará.
—Romperá el espejo... y luego te romperá a ti —corrigió el tanque, negando con la cabeza—. Mejor... nos apegamos a la formación clásica.
A la mañana siguiente, con el sol apenas despuntando sobre los picos volcánicos, el equipo se adentró en el bosque que rodeaba la base de la montaña. A diferencia del Bosque de Hongos, este lugar estaba lleno de árboles de corteza negra y hojas rojas, adaptados al calor del suelo.
Rury miraba nerviosa a todos lados, aferrando su báculo.
—Bashi... —preguntó en voz baja—. ¿Aquí hay algún espíritu guardián o elemental del que deba preocuparme? ¿Como en el bosque de Zang?
Bashi negó con la cabeza mientras revisaba el filo de su espada.
—No. Esta zona es tierra de nadie. No hay dioses ni guardianes aquí. Así que si necesitas soltar todo tu poder, no te contengas. Quema, explota y destruye lo que sea necesario. Tienes luz verde.
—Entendido —dijo Rury, sintiéndose un poco más aliviada al saber que no ofendería a ninguna deidad local.
Avanzaron un par de kilómetros hasta llegar a la zona de avistamiento. El silencio era inquietante.
- Jefa, ¿hueles algo?
Bashi arrugó la nariz, olfateando el aire en varias direcciones. Sus orejas lobunas giraban buscando sonidos.