Demasiado tarde. Una mano peluda y enorme, rodeada de electricidad estática, surgió de la nada junto al arquero. El Mandril no había huido; había usado la distracción para flanquear. La bestia agarró a Pedro por el tobillo con una fuerza brutal y tiró de él. —¡Mierda! —gritó el zorro mientras era arrastrado violentamente hacia el centro del laberinto de rocas, adentrándose más en el rango de la bestia.
—¡Rompan formación! —ordenó Bashi, olvidando el plan.
El equipo se lanzó al rescate, corriendo hacia el peligro. Pero el Mandril era sádico. Levantó a Pedro en el aire y, con un movimiento casi imperceptible de su brazo libre, le propinó un golpe directo en el pecho.
Se oyó el crujido seco de las costillas rompiéndose. Pedro salió disparado como un proyectil, volando de regreso hacia sus compañeros y aterrizando violentamente a los pies de Rury, rodando por el polvo.
—¡Pedro! —Rury se arrodilló al instante, sus manos brillando con luz verde. Shilder se plantó frente a ellos como una muralla viviente, clavando su escudo en la tierra, esperando el siguiente ataque. Bashi se colocó a su lado, jadeando, con los ojos fijos en la oscuridad de donde había venido el ataque.
—Ya está... ya está curado —dijo Rury con la voz temblorosa. La magia de sanación había cerrado las costillas y detenido la hemorragia interna en segundos, pero Pedro seguía inconsciente por el shock del impacto.
El ambiente cambió drásticamente. El sol terminó de ocultarse tras los picos volcánicos, sumiendo el laberinto de piedra en una penumbra grisácea. El cielo sobre ellos se oscureció de una forma antinatural. Nubes pesadas de ceniza y humo negro se arremolinaron, bajando tanto que parecía que el cielo se fuera a caer sobre sus cabezas en cualquier momento, aplastándolos contra la tierra.
—Se acabó el juego —gruñó Shilder, mirando la oscuridad—. Ahora... él nos está cazando a nosotros.
El silencio que siguió a la amenaza de Shilder fue breve y aterrador.
No hubo sonido de pasos, ni crujido de ramas. Simplemente, el aire frente al hombre lagarto se desplazó violentamente. El Mandril Demoníaco apareció de la nada, materializándose a centímetros del escudo torre, sus ojos brillando con una malicia eléctrica en la oscuridad.
Shilder, con sus reflejos entrenados, intentó afirmar su postura para recibir el impacto. —¡No pasarás! —bramó el tanque.
Pero la bestia no intentó flanquear esta vez. Levantó un puño cargado de estática y golpeó el centro del escudo con una violencia que desafiaba la lógica. ¡CRACK! El sonido fue como un trueno. El escudo de acero reforzado se dobló hacia adentro como si fuera papel de aluminio. La fuerza del impacto levantó a Shilder —y sus doscientos kilos de peso— del suelo. El hombre lagarto salió disparado por los aires, atravesando la oscuridad como una piedra lanzada por una catapulta, hasta que el sonido de su cuerpo rompiendo árboles a la distancia marcó su caída.
—¡Shilder! —gritó Bashi, con los ojos abiertos de par en par por el horror.
Al ver caer a su defensa más fuerte, la paladín no huyó. Un rugido de furia pura escapó de su garganta. —¡Maldito mono! Bashi se abalanzó a toda velocidad, convertida en un borrón blanco. Su espada buscaba el cuello de la bestia, moviéndose más rápido que nunca en su vida.
El intercambio que siguió fue casi invisible para el ojo humano. Clang. Clang. Chishhh. Sparks volaron en la penumbra. Bashi atacaba, esquivaba y contraatacaba, pero el Mandril no solo igualaba su velocidad; la superaba. La bestia paraba los tajos de acero con sus antebrazos cubiertos de una piel dura como el diamante.
Fue cuestión de segundos. El Mandril encontró una apertura en la guardia de la paladín. Con un movimiento fluido, le propinó un golpe descendente en el hombro. Bashi se desplomó contra el suelo con un golpe seco, su armadura abollada y su espada saliendo de su mano. Quedó tendida boca abajo, inmóvil.
—¡Bashi! —chilló Rury.
El pánico se apoderó de la elfa. Sus manos temblaban incontrolablemente mientras comenzaban a brillar con luz verde. Tenía que curarla. Tenía que levantarla ahora mismo o morirían todos. —Oh, espíritus de la vida, tejan los hilos y...
No pudo terminar la frase. Ni siquiera vio moverse a la bestia. Solo sintió una ráfaga de viento caliente y olor a ozono golpearle la cara. Una sombra inmensa se alzó frente a ella, tapando el poco cielo que quedaba visible. Rury levantó la vista, encontrándose con los ojos crueles del Mandril a centímetros de los suyos.
Antes de que pudiera liberar el maná, una oscuridad pesada y dolorosa descendió sobre su mente. El mundo se apagó de golpe.
Un estruendo ensordecedor sacó a Rury de la inconsciencia.
Abrió los ojos de golpe, tosiendo agua. Una tormenta eléctrica brutal se había desatado sobre la montaña. La lluvia caía como piedras heladas y los relámpagos rasgaban el cielo negro cada pocos segundos, iluminando el campo de batalla con destellos fantasmales.
Rury se incorporó con dolor, el cuerpo entumecido. Lo primero que vio a través de la cortina de agua fue al Mandril Demoníaco. La bestia estaba agitada. Chillaba y se cubría las orejas, mirando al cielo con terror. La electricidad estática de la tormenta parecía interferir con su propia energía, confundiendo sus sentidos y anulando su capacidad de teleportación precisa. Con un último chillido de frustración, el monstruo dio un salto errático hacia la oscuridad de los picos más altos, huyendo del caos atmosférico.
Rury no perdió ni un segundo. Sabía que esta era su única oportunidad. —¡Tengo que sacarlos de aquí! —jadeó.
Se arrastró por el barro hasta llegar a Bashi y Pedro. Estaban vivos, pero respiraban con dificultad. Shilder estaba unos metros más allá, semi-enterrado en la tierra revuelta por su propio impacto. Rury, ignorando el dolor en sus costillas, canalizó el poco maná que le quedaba para reforzar sus músculos y envolver a sus compañeros en una brisa ligera que redujera su peso. —Vamos... vamos... —gruñó, arrastrando a sus amigos a través del diluvio.