Habían pasado cuatro meses desde el incidente con el Mandril en la Cordillera de Ceniza. El invierno comenzaba a retirarse, dejando paso a una primavera fresca en la ciudad minera.
El Gremio de Aventureros estaba, como casi siempre a esa hora de la tarde, a reventar. El equipo de Rury ocupaba su mesa habitual en la esquina, rodeados de jarras vacías y varios carteles de misión esparcidos sobre la madera.
—Absolutamente no —dijo Bashi, cruzándose de brazos y negando con la cabeza—. Me niego rotundamente.
Pedro agitó el cartel frente a ella con entusiasmo. —¡Pero jefa, piénsalo! "Limpieza de las cañerías del Barrio Bajo". Pagan un bono por toxicidad. ¡Es dinero fácil! Solo hay que taparse la nariz y matar algunas ratas gigantes.
—Pedro, la última vez que aceptamos una misión que implicaba "fluidos dudosos", tardé una semana en quitarme el olor a pantano del pelo —replicó Bashi, haciendo una mueca—. Además, tengo una imagen que mantener. Una paladín oliendo a alcantarilla no inspira mucho respeto.
Shilder, que estaba puliendo su nuevo escudo (comprado con los ahorros de tres misiones menores), soltó un gruñido de aprobación. —Apoyo a la jefa. Mis escamas se irritan con el agua sucia. Mejor tomamos esta: "Caza de Jabalíes de Piedra". Es simple, es brutal y pagan por colmillo.
Rury se rio, tomando un sorbo de su jugo de bayas. Se sentía cómoda, en paz. Ya no era la novata nerviosa de antes; ahora opinaba y bromeaba con naturalidad. —Yo estoy con Shilder —dijo la elfa, levantando la mano—. Prefiero que me golpee una piedra a oler mal. Además, necesito practicar mi puntería con objetivos en movimiento, y los jabalíes son perfectos.
—¡Son todos unos delicados! —se quejó Pedro, arrugando su cartel—. En mis tiempos, uno se ensuciaba las manos por una moneda de cobre...
La risa y el bullicio habitual del Gremio llenaban el aire: gritos de camareras, brindis de enanos y el sonido de dados rodando. Sin embargo, la puerta principal se abrió con un sonido suave, y aunque el ruido general no cesó, una extraña corriente de aire pareció entrar en el salón.
Un hombre entró. No parecía un aventurero, ni un mercenario. Su vestimenta era una mezcla curiosa entre la elegancia de la nobleza y la funcionalidad militar: un abrigo largo de tela azul oscuro con botones dorados, impecablemente limpio, y botas de cuero negro que brillaban como espejos. Pero lo más distintivo no era su ropa, sino sus rasgos. Tenía un par de orejas de gato, negras y aterciopeladas, sobre su cabeza de cabello corto y bien peinado. Era un semihumano, pero no tenía nada de salvaje. Su postura era recta, disciplinada, casi rígida.
Caminó directamente hacia el mostrador de recepción, ignorando las miradas de curiosidad de algunos borrachos. Sus pasos eran silenciosos, como correspondía a un felino, pero tenían peso.
La recepcionista, una chica joven con pecas, levantó la vista y parpadeó sorprendida por la formalidad del recién llegado. —Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? ¿Desea registrarse?
El hombre negó suavemente. Su voz era tranquila, educada, pero carente de cualquier calidez. —No. Busco información. Estoy rastreando a un individuo específico.
El semihumano sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo y lo abrió con precisión. —Busco a un aventurero que porta una armadura negra completa.
La recepcionista suspiró, recargándose en el mostrador. —Tendrá que ser más específico, señor. El negro es un color popular para ocultar la sangre y el óxido. Tenemos al menos a tres aventureros registrados con armadura negra ahora mismo: está "Gorn el Negro", el caballero errante del sur, y creo que uno de los mercenarios de los "Cuervos".
En la mesa del equipo, Rury estaba de espaldas al mostrador, pero sus largas orejas de elfa se movieron instintivamente, captando la conversación por encima del ruido de la taberna. Algo en el tono del hombre le llamó la atención.
El hombre gato asintió, como si esperara esa respuesta. —Entiendo. Permítame aclarar. —Hizo una pausa breve—. La característica principal de su armadura es el casco. No tiene visera estándar. Tiene una forma peculiar... similar a las mandíbulas de un escarabajo.
En ese instante, el mundo de Rury se detuvo. El vaso de jugo se quedó a medio camino de su boca. Sus ojos se abrieron de par en par, y un escalofrío eléctrico le recorrió la espalda, erizándole la piel.
Escarabajo. Armadura negra.
Solo había una persona en el mundo con esa descripción. El Caballero Oscuro.
La recepcionista arrugó la nariz, haciendo memoria, y luego chasqueó los dedos.
—¡Ah, ese tipo! —exclamó con naturalidad, ignorando la tensión que irradiaba el visitante—. Sí, lo recuerdo. Era un sujeto de pocas palabras. Vino aquí, tomó una misión de exploración profunda... eso debió ser hace unos seis meses.
La chica se encogió de hombros, volviendo a ordenar unos papeles con indiferencia profesional. —No se ha vuelto a parar por aquí desde entonces. Y siendo honesta, señor... cuando alguien toma una misión de ese calibre y no regresa en medio año, lo más probable es que esté muerto. Seguramente sus huesos ya están blanqueándose en alguna cueva.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto y aterrador.
De repente, el aire en el gremio se volvió pesado, como si la gravedad hubiera aumentado diez veces en un segundo. Una sed de sangre pura, densa y sofocante emanó del cuerpo del hombre gato. No fue un estallido de gritos ni movimientos violentos; fue una presión invisible que heló la sangre de los que estaban cerca. Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en líneas verticales finísimas y su mandíbula se tensó tanto que se pudo escuchar el rechinar de sus dientes.