El grupo se mantuvo en guardia, con los nervios a flor de piel. Sin embargo, la figura de armadura negra no hizo ningún movimiento hostil. Simplemente giró la cabeza ligeramente hacia ellos, como si estuviera observando insectos que acababan de entrar en una habitación.
—Vaya... al parecer han entrado más —dijo el Caballero con una voz profunda y metálica que resonó a través de su yelmo, carente de sorpresa o emoción.
Rury, superando el shock inicial de verlo, dio un paso al frente impulsada por la incredulidad.
—¡Espera! —exclamó la elfa—. ¿Cómo es que sigues vivo? Llevas mucho tiempo desaparecido... ¿Cómo puedes sobrevivir a los gases tóxicos de esta mina? Y más aún... ¿cómo has podido sobrevivir sin agua ni comida en este infierno?
El Caballero se quedó en silencio un momento, ignorando por completo las preguntas sobre su supervivencia física, como si fueran detalles irrelevantes para él.
—¿Quién eres tú? —preguntó secamente—. No te conozco.
Rury parpadeó, sintiendo una punzada de decepción, pero comprendió rápido. Para él, ella era solo una extraña.
—Tú... tú me salvaste —dijo Rury con firmeza, llevándose una mano al pecho—. Fue en el Puesto Fronterizo. Nos salvaste a mí y a mis conocidos de aquel demonio de cuatro brazos que estaba destruyendo todo.
El Caballero ladeó ligeramente el casco, como si buscara en los archivos de su memoria.
—¿Puesto Fronterizo? —repitió pensativo—. Ah... ya me acordé. Aquel monstruo que estaba en llamas.
Hizo un gesto vago con la mano guanteada, restándole importancia al asunto.
—Sí... solo estaba de paso. Me dirigía a toda velocidad hacia este lugar buscando a mi objetivo y me topé con esa cosa en el camino. Simplemente lo quité de en medio.
Rury sintió un escalofrío. Para ellos había sido una batalla de vida o muerte; para él, solo un obstáculo menor en su carrera hacia esta zona.
—Ya veo... —murmuró Rury, bajando la mirada con humildad—. De cualquier forma, muchas gracias por salvarme a mí y a mis conocidos en esa zona. Sin ti, estaríamos muertos.
—No te preocupes por eso —cortó el Caballero, volviendo su atención hacia la oscuridad de la caverna—. Eso es pasado. Lo más importante ahora es salir de este lugar y eliminar a esta bestia.
El Caballero apretó el puño, y el metal de sus guanteletes crujió.
—Tengan cuidado. Su poder es completamente descomunal.
El Caballero miró las interminables galerías de roca volcánica y soltó un suspiro metálico, revelando por primera vez una debilidad: no de fuerza, sino de orientación.
—Este lugar es un embrollo y, para ser honesto, actualmente estoy perdido —admitió con franqueza—. Hay trampas por doquier y no encuentro una forma completa de ubicarme. No importa cuánto avance, es como si todos fueran pasajes sin fin que se repiten una y otra vez.
Bashi intercambió una mirada rápida con Pedro y luego dio un paso adelante, extendiendo el pergamino que el zorro había dibujado bajo las instrucciones de Rury.
—Nosotros tenemos un mapa parcial de la zona —dijo Bashi, ofreciéndoselo—. Es algo rústico, lo dibujamos hace unos momentos, pero está bien detallado gracias a las habilidades cartográficas de mi colega Pedro y la detección mágica de Rury. Toma.
El Caballero tomó el mapa y lo estudió detenidamente bajo la tenue luz rojiza de la caverna. Su dedo guanteado trazó las líneas hasta detenerse en el centro.
—Ya veo... Al parecer, este punto masivo que está en medio de la zona es el monstruo o jefe —dedujo, asintiendo levemente—. Okey, esta es una información valiosa. Con esto ya sé dónde está el núcleo.
Levantó la vista hacia el grupo y adoptó una postura de mando.
—Miren, hagamos esto: yo iré directamente hacia esa bestia y la derrotaré. Es la única forma de romper este dominio y salir de aquí.
El grupo asintió vigorosamente; tener a alguien tan fuerte en la vanguardia era su mejor oportunidad. Sin embargo, el Caballero levantó una mano, deteniendo su entusiasmo.
—Pero hay un problema —añadió con seriedad—. Esa bestia me aleja cada vez que entro en su lugar o cada vez que me detecta. Su magia de teletransporte reacciona violentamente contra mí. Por eso no he podido acercarme lo suficiente.
El Caballero miró fijamente a Bashi y a Rury.
—Necesito una distracción. Ocupo que ustedes llamen su atención el tiempo suficiente. Si logran distraerla, podré entrar a toda velocidad por un punto ciego y acertarle los golpes necesarios para neutralizarla antes de que active su defensa.
—Esto es una muy mala idea, Bashi —gruñó Slider, sacudiendo la cabeza—. Estamos hablando de enfrentarnos a una amenaza nivel ciudad. Nosotros no estamos...
—¡Pero si no hacemos algo, ¿cómo diablos salimos de aquí, Slider?! —lo interrumpió Bashi, con la voz cargada de frustración y urgencia—. Es la única opción viable que tenemos actualmente. El oxígeno de esta cueva se nos acabará pronto y los gases tóxicos que emanan del suelo ya están jugando en nuestra contra. Si no actuamos ahora, moriremos asfixiados antes de pelear.
El hombre lagarto apretó los dientes, sabiendo que su líder tenía razón, pero su instinto protector no le permitía ceder tan fácil. Miró a Rury y a Pedro, luego volvió su mirada reptiliana hacia Bashi.
—Entonces... déjame estar al frente —sentenció Slider con determinación absoluta—. Yo seré la vanguardia y quien reciba todos los ataques, aunque eso me cause la muerte.
El grupo lo miró sorprendido, pero Slider continuó sin titubear.
—No sabemos qué tipo de bestia es, ni qué ataques tiene. No sabemos nada. Si entramos todos al mismo tiempo o en grupo, es probable que nos lance una habilidad de área y nos cause una muerte instantánea a todos. Si voy yo primero, al menos podré resistir lo suficiente para que ustedes vean sus patrones.
El Caballero Oscuro, que escuchaba en silencio, asintió con un gesto que denotaba aprobación y gracia ante la valentía del tanque.