Las Caras Del Amor - Recopilación de historias

Amor de Amistad

Tema: Amor de Amistad
Consigna: Diálogo entre dos amigos que se reencuentran después de 10 años. Uno de ellos guarda un secreto de amor.

Advertencia: Toca temas sensibles como la falta de alguien amado, leer con precaución

El vapor del café se mezcla con el aire denso de la tarde. Lucía y Carlos están sentados frente a frente en una mesa pequeña de una panadería que milagrosamente sigue igual que hace una década. Él nota que ella tiene gestos más internacionales, una forma de mover las manos más pausada; ella nota que él tiene la piel curtida y una mirada que parece haberlo visto todo.

—Estás distinta, Lucía. Más... ¿cómo decirlo? —busca la palabra mientras juguetea con el sobre de azúcar.

—¿Más vieja? —suelta una carcajada limpia, la misma que él recuerda en los pasillos del liceo.

—No, para nada. Tienes una mirada más firme. Se nota que el frío de allá afuera te curtió.

—Fueron diez años, Carlos. Diez años limpiando mesas, estudiando de noche y extrañando este caos. Pero mírate tú —lo señala con la cucharilla —. Sobreviviste a todo el caos de aquí. Te veo más ancho de hombros, más serio.

—No quedó otra —sonrie con amargura —. Aquí el que no corre, vuela, y el que no, pues se inventa las alas. Hubo días en que pensé que no llegaría a fin de mes, pero mírame, logré levantar el negocio. Fue una guerra diaria, pero sigo de pie.

Lucía suspira, mirando hacia la calle donde los mototaxis esquivan el tráfico. —Me alegra tanto. De verdad. Siempre fuiste el más terco de la sección B.

—¿Terco yo? ¿Y tú qué? —se inclina hacia adelante, sus ojos brillan por primera vez en la tarde —. ¿Te acuerdas de la escapada a Ocumare después del examen de química? Casi nos deja el autobús porque te empeñaste en ver el atardecer desde el rompeolas.

—¡Es que el sol estaba riquísimo! —se ríe, cubriéndose la cara —. Llegué a mi casa con la espalda como un camarón y mi mamá casi me quita el teléfono por un mes.

—Valió la pena. Ese día... —la mira fijamente — Ese día fue la última vez que te vi realmente feliz antes de que te fueras.

El silencio cae de golpe, pero no es incómodo. Es un silencio cargado de preguntas que se han acumulado por una década. Carlos tamborilea los dedos sobre la mesa, tratando de disipar la tensión.

—Y bien... ¿cuándo sale tu vuelo de regreso? ¿Te vas la semana que viene?

Lucía deja su taza y lo mira fijamente. Hay una chispa de misterio en su expresión.

—Solo hay una cosa que me haría quedarme, Carlos. Una sola..

—¿Ah sí? ¿Qué cosa? ¿Un contrato millonario? ¿Un apartamento frente al Ávila?

Carlos suelta una risa nerviosa, pero luego su semblante cambia. Se pone serio, cel peso de los diez años se le viene encima en un segundo. Aparta la taza de café y toma aire.

—Lucía, yo... yo no pasé esta década solo tratando de no hundirme. Pasé cada día de estos diez años pensando en ti. Cada vez que las cosas se ponen realmente feas, cuando se va la luz y el taller está vacío, o cuando el país parece que se nos cae encima, yo cierro los ojos y te veo a ti. Me digo a mí mismo: "Tengo que lograrlo, tengo que estar bien para cuando ella vuelva".

Lucía se queda inmóvil, sus manos se congelan a mitad de camino hacia su cabello.

—Tú fuiste mi motor —continúa él, con la voz un poco más ronca —. Si estoy de pie hoy, es porque te amo. Te he amado desde que nos bautizamos juntos y nunca tuve el valor de decírtelo porque te ibas. Pero ya no puedo más con este secreto. Fuiste mi motivación cada segundo.

Él guarda silencio, esperando un rechazo, una explicación o un adiós. Sin embargo, Lucía no dice nada. No hay palabras, ni confesiones de vuelta, ni promesas inmediatas.

Ella simplemente lo observa. Sus ojos se humedecen un poco, pero mantiene una sonrisa serena, profunda y llena de una verdad que no necesita ser pronunciada todavía. Es una sonrisa que parece decir que, por fin, ha llegado a casa.

El cielo comienza a teñirse de un naranja encendido, casi violáceo. El ruido de la ciudad parece alejarse, dejando a los dos amigos en una burbuja de nostalgia y confesiones suspendidas. Carlos mantiene la mirada fija en Lucía, con el corazón latiéndole en la garganta tras haber soltado el peso de diez años de silencio.

—¿No vas a decir nada? —tiene la voz quebrada por la incertidumbre —. Lucía, te acabo de decir que eres la razón por la que no me rendí.

Ella no lo mira de inmediato. Sus ojos se pierden en el horizonte, donde el sol empieza a ocultarse tras las montañas. Una brisa fresca le mueve el cabello, y por un segundo, parece que su figura se vuelve etérea, casi traslúcida bajo esa luz dorada.

—Mira, Carlos... el sol ya se está poniendo —su voz sale con una suavidad que duele —. Ya debemos volver a casa. Se hace tarde.

—No me importa la hora —insiste él, extendiendo la mano para tocarla, aunque siente que sus dedos solo rozan el frío del aire —. Necesito saber. Necesito una respuesta.

Lucía gira la cabeza. Su sonrisa es ahora más amplia, más pura, pero cargada de una tristeza infinita.

—Sí, Carlos. Yo también te amo. Siempre fue así. Pero ahora... ahora es tu turno de volar. Ya no tienes que sostenerte de mi recuerdo para estar de pie. Ya aprendiste a caminar solo en la tormenta, estás en esa carrera que ambos nos esforzamos por ganar, solo que ahora yo te espero en la meta.



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En el texto hay: romance, amor, relatos cortos

Editado: 13.03.2026

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