Las Caras Del Amor - Recopilación de historias

Desamor

Tema: Desamor
Consigna: Escribe una metáfora del corazón roto que NO involucre cristales, pedazos u objetos quebrados.
Advertencia: no leer escuchando la canción que fue escuchada de base mientras se redactaban estas palabras: My Heart Of Stone - Six The Musical

El eco de mis pasos en el pasillo vacío suena a rendición. Me detengo frente al espejo y lo que veo no es un rostro, sino un mapa de lugares donde él solía habitar. Mis ojos tienen el brillo apagado de una lámpara que se quedó encendida demasiado tiempo, esperando a alguien que ya no tiene las llaves de esa casa que alguna vez fue un hogar.

Él decía mi nombre y yo sentía que mi piel se volvía de humo, moldeándose a la forma de sus manos. Me convertí en su sombra favorita. Si él tenía frío, yo quemaba mis propios recuerdos para mantener su chimenea encendida. No dolió al principio; la entrega se sentía como un río fluyendo hacia un océano que prometía refugio. Le di mis silencios, mis domingos y esa risa que solo me pertenecía a mí. Ahora, cuando intento reír, el sonido se queda atascado en mi garganta como ceniza seca.

Él no me amaba. Él amaba la forma en que yo lo reflejaba, la manera en que mi mundo se detenía cuando él entraba en la habitación. Yo no era su compañera; era un altar donde él sacrificaba mi identidad cada tarde.

Siento un peso muerto donde antes latía algo cálido. No hay grietas aquí, no hay sonidos de algo rompiéndose. Lo que siento es una petrificación. Mi corazón no se ha endurecido; se ha vuelto una piedra lisa, pesada y fría, hundiéndose en el fondo de un pozo de agua estancada.

El dolor no es un estallido, es una inundación silenciosa. Me falta el aire porque mis pulmones se han olvidado de cómo respirar por su cuenta. He pasado tanto tiempo siendo "nosotros" que el "yo" es un idioma extranjero que ya no sé hablar. Me toco los brazos y no reconozco la textura de mi propia piel. Soy una casa abandonada con las puertas abiertas de par en par, donde el viento de su indiferencia lo ha barrido todo.

Entonces, la piedra se calienta.

Un calor súbito me sube por el pecho, una marea de azufre que me quema los labios. ¿Cómo se atrevió a tomar mi luz y usarla para iluminar sus propias sombras? Me veo en el reflejo y odio la docilidad de mis manos. ¡Eran mías! Mis manos, mi cuerpo, mi voluntad. Él no los tomó, yo se los serví en bandeja de plata mientras él bostezaba.

La rabia es un incendio necesario. Quiero gritar hasta que las paredes retumben, hasta que el rastro de su perfume desaparezca de mis sábanas. No soy una extensión de su ego. No soy la alfombra que pisa para no ensuciarse los pies. Soy fuego, y el fuego no pide permiso para existir.

El incendio se apaga, dejando solo tierra fértil.

Me siento en el suelo, cierro los ojos y por primera vez en años, escucho el silencio. Ya no espero el sonido de sus llaves. Busco entre los rincones de mi mente esos fragmentos de mí que enterré para que él tuviera más espacio. Encuentro un viejo libro que me gustaba, un color que él odiaba y que ahora quiero pintar en todas las paredes, un sueño que guardé en un cajón con llave.

Mi corazón sigue siendo de piedra, sí. Pero las piedras no se destruyen. Las piedras son cimientos. Son la base sobre la cual se construyen los castillos.

Me pongo de pie. Mis piernas tiemblan, pero sostienen mi propio peso. Abro la ventana y el aire frío me llena los pulmones de una manera nueva, cruda y eléctrica. No sé quién soy todavía, pero estoy ansiosa por presentarme.

Hoy no espero a nadie. Hoy salgo a buscarme a mí.

Me giro hacia el escritorio que estaba junto a la ventana y observo un cuaderno cuyas hojas están vacías, el papel frente a mí ya no es un enemigo. Durante años, fue un desierto blanco que no me atrevía a cruzar, temiendo que mis palabras lo despertaran a él o, peor aún, que me despertaran a mí. Él decía que mis diarios eran "excesivos", que mi intensidad era un ruido molesto en su frecuencia de radio perfecta. Así que guardé la pluma, dejé que la tinta se secara hasta volverse costra y enterré mi voz bajo capas de complacencia.

Tomo el bolígrafo y el simple peso del metal contra mi dedo medio se siente como el reencuentro con un amante antiguo y fiel. No hay miedo. Apoyo la punta y la primera línea es un surco en la tierra seca. Escribo mi nombre. Luego escribo "libertad". La palabra se ve extraña, con sus curvas y sus ángulos, pero al verla ahí, grabada en el papel, recupero un centímetro de mi territorio perdido.

Siento cómo la petrificación de mi pecho comienza a ceder, no porque se ablande, sino porque la escritura es el cincel que le da forma a la roca. Ya no soy una piedra informe en el fondo de un pozo; soy una escultura que yo misma estoy tallando. Cada frase que nace es una parte de mi alma que regresa a casa, un fragmento de voluntad que rescato del olvido. Escribo sobre el frío, sobre el incendio y sobre el sabor amargo de haberme regalado a quien no sabía qué hacer con un tesoro.

Mis dedos están manchados de tinta negra, como si mis venas finalmente hubieran encontrado una salida para todo lo que callé. Ya no me importa si el relato es "excesivo". El exceso es vida. El dolor, cuando se escribe, deja de ser un verdugo para convertirse en un maestro. A través de estas líneas, transformo mi vacío en algo tangible, algo que puedo observar desde fuera y decir: esto fue real, y sobreviví.



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En el texto hay: romance, amor, relatos cortos

Editado: 13.03.2026

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