Las Cartas de Huginn y Muninn

La mujer del bosque

La primera vez que Cassi vio al hombre muerto, todavía estaba vivo.

Lo vio en su visión.

Estaba de pie en medio del bosque, con la camisa manchada de sangre y una expresión de terror que ella jamás había visto en un rostro humano.

Cassi intentó acercarse.

—¡Espere!

El hombre levantó la mirada y movió los labios, pero no consiguió escuchar lo que decía.

Entonces apareció una mujer detrás de él.

Cassi quiso gritar. La mujer llevaba algo en la mano: un cuchillo.

Y justo cuando estaba a punto de alcanzarlos...

Cassi abrió los ojos.

Se incorporó de golpe en la cama, respirando con dificultad. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Su habitación. Su cama. Las cuatro paredes que conocía perfectamente. Nada más.

Se llevó una mano al pecho.

—Otra vez no...

Había aprendido a convivir con las visiones. O, al menos, eso era lo que intentaba convencerse a sí misma. Habían aparecido en su vida cuando menos las esperaba: algunas eran imágenes sin sentido; otras mostraban lugares que jamás había visitado.

Y algunas... algunas terminaban ocurriendo.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera la noche era demasiado oscura. Miró el reloj: 2:17 de la madrugada.

—Perfecto —murmuró. Sabía que no volvería a dormir.

Se preparó un café y se sentó en la cocina intentando distraerse, pero no funcionó. La imagen del hombre seguía fija en su mente. La sangre. El bosque. La mujer. El cuchillo. Y aquella mirada.

Cassi cerró los ojos.

—Ayúdame...

Los abrió de golpe. Un susurro. No había nadie en la cocina y el café tembló entre sus dedos.

—No —murmuró—. No voy a hacerlo.

Se alejó de la ventana intentando persuadirse de que solo había sido una alucinación más. Hasta que la voz volvió a sonar, pegada a su oreja:

—Ayúdame.

Cassi se quedó inmóvil. Esta vez la voz había sonado demasiado real para ignorarla. Tomó su abrigo sin saber exactamente hacia dónde iba; solo sabía que, si se quedaba allí, esa voz no la dejaría en paz.

El bosque estaba más oscuro de lo que recordaba. Avanzó con la débil luz de una pequeña linterna, y cada rama que crujía a sus espaldas le pedía a gritos salir corriendo.

—Esto es una pésima idea —se recriminó en voz baja.

Siguió caminando hasta que lo vio: un cuerpo tendido sobre la tierra húmeda.

Cassi dejó de respirar. Era él. El hombre de la visión.

Se acercó lentamente y se agachó para buscar su pulso. Nada.

Retrocedió sobre sus pasos cuando el chasquido de una rama la hizo girar.

—¿Quién está ahí?

Silencio absoluto.

Volvió la mirada al cadáver y, en ese instante, una ráfaga de luces rojas y azules ilumina los árboles. Un automóvil policial.

—No... —susurró.

Las puertas se abrieron y dos agentes bajaron encandilándola.

—¡Aléjese del cuerpo! —gritó uno de ellos.

Cassi levantó las manos de inmediato.

—Yo no lo maté.

Intentó explicar lo ocurrido, pero cuanto más hablaba, peor sonaba. Estaba sola en medio de la nada, de madrugada, junto a un cadáver con el que no tenía relación alguna.

Mientras el agente le ajustaba las esposas en las muñecas, Cassi miró por última vez el cuerpo. Fue entonces cuando lo vio: una pequeña marca en la piel de su mano. Un símbolo.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Estaba segura de que ya había visto ese símbolo antes, pero no lograba recordar dónde.

Al otro lado del bosque, oculto entre la sombra de los árboles, un hombre observaba las luces parpadeantes de la policía desde el interior de su vehículo.

Alexander Black apretó el volante con fuerza. Otro asesinato. Otra noche que terminaba mal.

Sin embargo, había algo que no encajaba. Fijó la mirada en la mujer a la que acababan de subir a la patrulla. No tenía el aspecto de una asesina, y eso era precisamente lo que más le preocupaba.

Porque si ella no lo había hecho... ¿quién demonios había dejado ese cadáver en el bosque?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.