Cassi llevaba tres noches sin dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, el mismo bosque se apoderaba de su mente. El mismo cuerpo tendido sobre la tierra húmeda. La misma mujer. El mismo cuchillo.
Pero había algo nuevo: una voz. Un murmullo incomprensible del que no lograba recordar las palabras exactas, solo la escalofriante certeza de haberlo escuchado.
Se levantó de la cama, arrastrando los pies hasta la cocina, y abrió la heladera. Vacía.
—Perfecto —masculló.
La cerró. Volvió a abrirla por pura inercia. Seguía igual de vacía.
—Definitivamente necesito un trabajo. O un milagro.
Se preparó un té y se sentó frente a la ventana a contemplar el amanecer. Fue entonces cuando lo vio: un pájaro negro posado sobre el cable de electricidad. La observaba fijamente con sus ojos oscuros.
Cassi frunció el ceño.
—¿Qué miras?
El ave no se movió ni un milímetro.
—No me gustan los pájaros —añadió ella.
El animal inclinó suavemente la cabeza. Cassi suspiró, rindiéndose.
—Bueno, veo que a ti tampoco te importa.
En ese instante, el teléfono sonó sobre la mesa. Un número desconocido iluminaba la pantalla.
—¿Hola?
—¿Cassi?
—Sí.
—Soy Alexander Black.
Cassi cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz. Claro. El detective.
—¿Qué quiere?
—Necesito hablar con usted.
—Ya hablamos.
—No fue suficiente.
—Para mí sí lo fue.
—Para mí no.
Cassi exhaló un largo suspiro.
—¿Dónde?
—En la comisaría.
—No.
—¿No?
—No pienso volver a ese lugar.
—Entonces tendremos que buscar un punto neutro.
Cassi lo pensó un par de segundos.
—¿Una cafetería?
—Bien.
—Y usted paga.
—¿Por qué tendría que pagar yo?
—Porque usted me está citando.
Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea.
—Está bien —cedió el detective.
Cassi sonrió con satisfacción.
—Perfecto.
Alexander llegó diez minutos antes de la hora pactada. Cassi, quince minutos tarde.
—Llegas tarde —dijo él en cuanto ella se sentó a la mesa.
—Usted llegó temprano.
—Eso no cambia el hecho de que no fuiste puntual.
—Sí lo cambia.
Alexander la examinó con incredulidad.
—¿Siempre discutes por todo?
—¿Siempre intenta tener la razón?
—Sí.
—Entonces nos vamos a llevar terriblemente mal.
Alexander dio un sorbo a su taza de café antes de ir al grano.
—Necesito preguntarte algo y quiero que seas sincera.
—Adelante.
—¿Conocías a Adrián Valdés?
Cassi negó con firmeza.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Nunca antes lo habías visto?
Cassi se quedó inmóvil. El rostro del hombre de su visión reapareció de golpe en su mente: la sangre, el bosque, la mujer alzando el cuchillo.
—No —mintió.
Alexander notó esa imperceptible pausa. No dijo nada de inmediato; simplemente la observó, analizando cada uno de sus gestos.
—¿Qué viste, Cassi?
Ella levantó la mirada, intentando mantener la compostura.
—Nada.
El detective apoyó la taza sobre la mesa con firmeza.
—No te pregunté qué sabes. Te pregunté qué viste.
Un escalofrío le recorrió la espalda a Cassi. Ese hombre era demasiado perspicaz para su propio bien.
—Nada que pueda ayudarte.
—Eso me corresponde decidirlo a mí.
—No.
Alexander frunció el ceño.
—¿No?
—No puedo decírtelo —murmuró ella, poniéndose de pie y tomando su abrigo—. Porque no me creerías.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y abandonó el local. Alexander la siguió con la mirada desde la ventana. No tenía idea de lo que ocultaba, pero estaba seguro de una cosa: Cassi era la pieza central de ese asesinato. Solo faltaba averiguar cómo encajaba.
Esa misma noche, al regresar a la comisaría, Alexander encontró un sobre amarillo sobre su escritorio. No tenía remitente ni estampilla.
Lo abrió con cuidado. En el interior había una sola hoja doblada con unas pocas líneas escritas:
Busque a la persona que conocía los secretos de Adrián.
Alexander frunció el ceño. Al pie de la página figuraba una firma peculiar:
Huginn y Muninn.
—...¿Quién demonios son ustedes? —murmuró para sí mismo.
A varios kilómetros de allí, en la penumbra de su cocina, Cassi estaba sentada frente a su escritorio. Tenía la pluma cargada de tinta entre los dedos y la mirada fija en una segunda hoja de papel.
Había dudado durante horas antes de enviar la primera nota, pero sabía que Alexander necesitaba una pista. Algo que ella acababa de descubrir gracias a una revelación más clara.
Dobló la hoja, la introdujo en un nuevo sobre y escribió al frente con letra pulcra: Detective Alexander Black.
Volvió a firmar en el reverso: Huginn y Muninn.
Dejó escapar un suspiro cansado.
—Solo una carta más... —se dijo a sí misma.
Pero en el fondo sabía que se estaba engañando. Porque esa noche no solo había escuchado la voz del muerto...
Esta vez, en la visión, había logrado ver con total claridad el rostro de la mujer que sostenía el cuchillo.
"¡Atención lectores! Ya sabemos qué significaba el cuervo de la ventana... ¿Qué opinan del seudónimo Huginn y Muninn? ¿Creen que Alexander descubrirá pronto que Cassi es quien le envía las cartas? ¡Dejen su voto y comentario para subir el Capítulo 4!"
Editado: 02.10.2026