Las Cartas -Dorsetshire 1

Capítulo 21

Leonard miró hacia su costado, donde iba caminando Josephine Lawrence y tuvo una sensación extraña. Allí estaba él caminando sobre unos zapatos improvisados de corteza y hojas, y debía admitir que lo agradecía cuando dejaron atrás el pasto y recorrieron senderos con piedrecillas, acompañado por dos niños enérgicos y un erizo domesticado y una joven que aún en silencio transmitía mucho. Estaba allí en Dorset, vivo, bajo la luz del sol, en esta pequeña aventura y casi tenía ganas de echarse a reír, porque se sentía feliz. Quizás , era la magia de caminar por el río Frome, como había sugerido su Balzac en las cartas, quizás era la inesperada compañía, pero por primera vez en mucho tiempo se sintió de verdad en casa, esa sensación de que aún una parte de él estaba en Crimea, ya no lo acosaba. Se detuvo un momento y respiró profundo para llenarse del aire puro ,Josephine se volteó a mirarlo.

-¿Está usted bien? – preguntó seria.

-Sí, lo estoy – dijo él y sonrió, con una sonrisa limpia de sombras. Tal vez los fantasmas volvieran a rondarlo pronto, quizás esa misma noche, pero ahora los sentía lejos.

Caminó sumido en esa sensación hasta que Josephine lo llamó, probablemente lo hubiera estado llamando desde hace rato, porque había cierta impaciencia en su tono.

-Señor Knigth – dijo ella y ahí le prestó atención.

-¿Sí?

-Nos despedimos aquí, llevaré a los niños a su casa – le explicó y él entendió la parte tácita. No estaba bien que él los acompañase más allá de ese punto.

Malcom y Millicent se acercaron a despedirse, la niña llevaba una corona de flores que su tutora había hecho para ella, Excalibur también llevaba una, y Leonard había estado tentado de decirle a Josephine que debería hacerse una para ella, pero no lo hizo. Apenas se conocían después de todo, aunque sus encuentros siempre eran peculiares.

Los niños se despidieron, prometieron volver a verse alguna vez. Josephine Lawrence solo hizo un breve gesto de despedida y se alejaron. Durante un buen rato, él los siguió con la mirada.

Josephine llevó a los niños a su casa y se despidió mientras ellos contaban atropelladamente a su madre sus aventuras del día. Luego se dirigió a su hogar.

-¿Qué pasó con tu cabello? –preguntó su hermana al verla entrar.

- Decidí darle libertad – respondió risueña.

-¿Los mellizos? – preguntó su madre entrando a la sala y ella asintió, era demasiado largo explicar que sus cintas para el cabello se habían convertido en parte de unos zapatos improvisados.

-Iré a descansar- avisó y subió a su habitación.

Después de cambiarse , fue hasta su biblioteca y tomó el libro Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac y al abrir sus páginas encontró algunas de las flores secas que le había enviado Leonard en sus cartas. Pensó que el título del libro era una ironía. Al menos habían compartido aquellas horas, y lo había visto sonreír, sonreír de verdad como si se estuviera curando poco a poco. Y eso era lo único que le importaba, que él pudiera dejar atrás su noche oscura.

Cuando Leonard entró a su casa, se sintió un niño travieso ante la mirada sorprendida de su madre.

-Leonard, ¿dónde están tus zapatos? ¿Y qué es eso?

-Mis zapatos fueron llevados por el río, y tuve la suerte de encontrarme con los mellizos Marshall y su tutora que improvisaron estos para evitar que volviera a casa- se explicó sin entrar en muchos detalles.

-Me alegra que te hayas topado con gente inteligente, porque empiezo a dudar de tu propia inteligencia- le dijo y él río ante el regaño. Y la cara de su madre se iluminó al verlo reír así, si era necesario que perdiera mil pares de zapatos y que llegara con los pies envueltos en hojas, que así fuera.

Al joven le dio un poco de pena deshacerse de sus zapatos improvisados, solo guardó las cintas del cabello de Josephine que habían sido sacrificadas por él, le debía unas nuevas. Y el momento de pagarle la deuda llegó una semana después.

Josephine había acompañado a su hermana y su madre a elegir telas, algunas para nuevos vestidos, otras para los atuendos del día de la boda. Estaba mortalmente aburrida, así que respondía automáticamente mientras vagaba por la tienda.

-Entonces este color verde te parece bien, ¿verdad? – preguntó su hermana y le mostró la tela que era de un horrible verde chillón.

-¡No usaré eso!- protestó.

-Entonces colabora, Jo – insistió su hermana y ella le sacó la lengua.

-Solo si me prometes que esta será tu única boda, no creo soportar los preparativos de otra – la molestó ella.

-Lo prometo, incluso me encargaré de la tuya para evitarte molestias- le retrucó su hermana.

-¿Es que vas a casarte? – intervino una vendedora y Josephine revoleó los ojos mientras miraba acusadoramente a su hermana.

-No por ahora, una por vez está bien- dijo su madre y solo recién, las Lawrence se dieron cuenta de que la señora Knigth y su hijo habían ingresado al local.

-Buenos días – dijo la señora Knigth y Leonard hizo un leve gesto.

-Buenos días- respondieron las Lawrence e intercambiaron algunas palabras de cortesía con la madre del joven. Luego cada cual siguió con sus compras.

Cuando se marcharon, Josephine respiró aliviada, le costaba ignorar la presencia de él al estar tan cerca. Pero no se habían alejado mucho cuando una de las ayudantes de la tierna se acercó llamándola.

-¡Señorita Lawrence! – la llamó mientras llegaba corriendo hasta ellas- Se le olvidó esto- dijo entregándole un pequeño paquetito.

-Gracias- contestó Jo confundida. Por suerte su madre y hermana estaban tan entretenidas en los preparativos que no hicieron ninguna pregunta, solo asumieron que realmente se había dejado olvidada su compra.

 

Recién al volver pudo abrir apresuradamente el paquete, aunque imaginaba lo que contenía y de quien era. Al abrirlo se encontró con nuevas cintas para el cabello en tonos azules. Amaba el color. Las acarició lentamente percibiendo la suavidad y la suave fragancia que desprendían ya que habían sido envueltas junto con una ramita de lavanda. Las contempló pensando en cielos y mares azules, y en el hombre que se las había enviado para saldar una deuda. Luego, las guardó junto a las cartas que atesoraba




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