La sangre todavía estaba fresca sobre las escaleras de piedra cuando Lyra Vael llegó a Némerys.
Nadie miró el cadáver.
Los estudiantes pasaban a su lado arrastrando maletas, armaduras o lanzas como si el chico muerto frente a la entrada fuera parte de la decoración de la academia. Algunos incluso reían.
Lyra se detuvo apenas un segundo.
El muchacho tendría su edad. Cabello rubio. Uniforme gris. Los ojos abiertos hacia el cielo ennegrecido.
—Primer año —murmuró una voz detrás de ella—. Cayó durante la prueba de vuelo.
Lyra giró la cabeza.
Una chica de cabello rojo observaba el cuerpo sin emoción alguna.
—¿Y nadie piensa bajarlo de ahí? —preguntó Lyra.
La chica soltó una pequeña risa.
—Bienvenida a Némerys.
El viento golpeó las enormes torres oscuras de la academia mientras un rugido atravesaba el cielo.
Lyra levantó la vista.
Dragones.
Decenas de ellos sobrevolaban las montañas envueltas en niebla: enormes criaturas escarlatas, plateadas y doradas batiendo alas entre humo y ceniza.
Su pecho ardió.
Instintivamente llevó la mano a la marca oculta bajo su ropa.
Otra vez esa sensación.
Como si algo estuviera observándola.
Entonces ocurrió.
Todos los dragones comenzaron a apartarse del cielo.
El ruido desapareció.
Y una sombra gigantesca descendió entre las nubes.
Negro.
Enorme.
Cubierto de cicatrices plateadas.
El dragón aterrizó sobre una de las torres con un estruendo capaz de hacer temblar el suelo entero.
Vharyx.
Aunque Lyra nunca lo había visto antes, su nombre apareció dentro de su cabeza como un susurro antiguo.
Los estudiantes retrocedieron aterrados.
Algunos inclinaron la cabeza.
Otros hicieron símbolos religiosos sobre el pecho.
Pero el dragón no miraba a nadie más.
La miraba a ella.
Directamente.
Los ojos azules de la criatura parecían atravesarle la piel, los huesos, los pensamientos.
Lyra sintió un escalofrío.
—No lo mires —susurró la chica pelirroja rápidamente—. Dicen que Vharyx mata a cualquiera que le sostenga la mirada.
Lyra tragó saliva.
Pero no apartó los ojos.
Y el dragón tampoco.
Durante un instante imposible, el mundo entero desapareció.
Solo existían ella… y esa criatura monstruosa.
Entonces una voz resonó dentro de su mente.
“Por fin regresaste.”
Lyra dio un paso atrás, horrorizada.
—¿Qué…?
El rugido de una campana gigantesca interrumpió todo.
Las puertas de Némerys comenzaron a abrirse lentamente.
Cientos de estudiantes avanzaron hacia el interior.
Lyra intentó recuperar el aire.
Quizá lo había imaginado.
Sí.
Tenía que haber sido eso.
Los dragones no hablaban.
¿Verdad?
—Muévete si no quieres perder la ceremonia —dijo la pelirroja mientras comenzaba a caminar—. Soy Serah, por cierto.
Lyra dudó un instante antes de responder.
Debía recordar quién era ahora.
No Lyra Vael.
Ese nombre estaba muerto.
—Lyria Morvane —mintió.
Serah sonrió apenas.
—Pues espero que sepas volar, Lyria. La mayoría no sobrevive el primer año.
Ambas cruzaron las enormes puertas negras de la academia.
El interior de Némerys parecía más una catedral funeraria que una escuela: antorchas azules iluminaban pasillos infinitos, estatuas de dragones decoraban las paredes y extraños susurros parecían recorrer el techo.
Lyra sintió algo extraño bajo sus botas.
Como si el suelo respirara.
Las paredes estaban calientes.
Vivientes.
Intentó ignorarlo.
No podía permitirse parecer asustada.
No aquí.
No después de todo lo que había hecho para entrar.
Mientras avanzaban hacia el salón principal, los demás estudiantes comenzaron a apartarse.
Alguien venía.
Pasos lentos.
Firmes.
Peligrosos.
Lyra levantó la vista.
Y lo vio.
Kael Draven.
Alto. Cabello oscuro. Uniforme negro perfectamente ajustado. Un guante cubría su mano derecha. Sus ojos grises eran fríos como acero.
Todos guardaron silencio cuando pasó.
Todos excepto Lyra.
Kael caminó junto a ella… pero se detuvo.
La observó de arriba abajo lentamente.
Como si intentara descifrarla.
—Tú eres nueva —dijo con voz baja.
Lyra sostuvo su mirada.
—Vaya. Pensé que el uniforme lo dejaba claro.
Por un segundo, algo parecido a diversión apareció en los ojos de Kael.
Duró muy poco.
—Ten cuidado en Némerys, novata.
Su voz descendió apenas.
—Los secretos duran poco aquí.
El corazón de Lyra se tensó.
¿Lo sabía?
No. Imposible.
Kael se inclinó apenas hacia ella.
Demasiado cerca.
—Y los mentirosos duran menos.
Después siguió caminando como si nada.
Pero Lyra sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
Porque por primera vez desde que llegó…
alguien parecía capaz de verla realmente.