El silencio después del vínculo era peor que cualquier grito.
Lyra seguía de rodillas en el centro del anfiteatro, con la respiración rota y el cuerpo temblando. Sentía la marca en su pecho arder como si estuviera viva… como si acabara de despertar.
Y quizá lo había hecho.
Vharyx ya no estaba frente a ella.
Pero lo sentía.
Dentro.
En todas partes.
—Esto no está pasando… —murmuró alguien entre las gradas.
—Un dragón negro en la sala de vínculo…
—Eso es un mito…
—¡Es imposible!
El director de Némerys bajó las escaleras del balcón a toda velocidad, su máscara girando hacia el círculo apagado.
—¡Bloqueen la sala! —ordenó con voz cortante—. Nadie sale.
Los soldados de la academia comenzaron a moverse.
Pero Kael Draven no se movió.
Seguía de pie entre los estudiantes, mirando a Lyra como si intentara encajar una pieza imposible en su cabeza.
Sus ojos grises no parpadeaban.
Lyra levantó lentamente la cabeza.
El mundo aún le daba vueltas.
—Lyria Morvane… —dijo Serah desde las gradas, casi en shock—. Tú…
Lyra intentó responder, pero no pudo.
Porque la voz volvió.
Dentro de su mente.
“Levántate.”
El cuerpo de Lyra obedeció antes de que ella pudiera resistirse.
Se puso de pie.
Un suspiro recorrió la sala.
—No es normal… —susurró un profesor—. El vínculo no debería activarse así…
Kael dio un paso adelante.
—Detenedla —ordenó con calma.
Dos soldados avanzaron hacia Lyra.
Pero cuando uno de ellos la tocó…
gritó.
Se cayó al suelo, llevándose las manos a la cabeza.
—¡Está… dentro de ella! —gritó—. ¡El dragón está dentro!
El anfiteatro estalló en caos.
Lyra retrocedió instintivamente.
—¡Yo no he hecho nada! —dijo, más fuerte de lo que esperaba.
Pero la energía a su alrededor no obedecía a sus palabras.
El círculo en el suelo volvió a encenderse… aunque estaba destruido.
Negro.
Vibrante.
Respirando.
Kael la observaba ahora más cerca.
Demasiado cerca otra vez.
—No eres una jinete normal —dijo él en voz baja.
Lyra lo miró con rabia.
—No me digas.
Kael ignoró el tono.
—El dragón no te eligió… —sus ojos se entrecerraron—. Te reconoció.
Antes de que Lyra pudiera responder, el aire cambió.
Un sonido grave llenó la sala.
Como un latido.
Uno.
Dos.
Tres.
Las luces parpadearon.
Y entonces…
las sombras del anfiteatro comenzaron a moverse.
—¿Qué está pasando ahora? —gritó Serah.
Lyra dio un paso atrás.
Las sombras… no eran sombras.
Eran escamas.
Negro puro.
Subiendo por las paredes.
Como si algo enorme estuviera atravesando la realidad desde dentro.
El director gritó:
—¡Evacuen la sala ahora!
Pero el techo se agrietó antes de que nadie pudiera moverse.
Un rugido atravesó el edificio entero.
Vharyx.
No dentro de la sala.
Sino en todas partes al mismo tiempo.
Lyra se llevó las manos a la cabeza.
—¡Basta! —susurró—. ¡Para!
El dragón respondió.
“No he empezado.”
El suelo explotó.
La sala se llenó de polvo y luz negra.
Cuando Lyra recuperó la visión, estaba sola en el centro del anfiteatro… completamente vacío.
Sin estudiantes.
Sin soldados.
Sin Kael.
Solo ella.
Y el círculo aún latiendo bajo sus pies.
—¿Dónde… están todos? —susurró.
Una sombra apareció detrás de ella.
No era un cuerpo.
Era una presencia.
Kael Draven emergió de entre las grietas del suelo, como si hubiera saltado desde otro lugar.
Tenía polvo en el rostro. Pero seguía intacto.
Sus ojos estaban más fríos que antes.
—Esto no es un vínculo —dijo él—. Es una anomalía.
Lyra lo miró.
—¿Qué significa eso?
Kael dio un paso más cerca.
—Significa que ese dragón no debería existir.
Silencio.
El aire se volvió pesado otra vez.
Lyra sintió un escalofrío.
—Eso no tiene sentido… —susurró ella.
Kael la observó fijamente.
—En Némerys, todo lo que no tiene sentido… es lo más peligroso.
El suelo volvió a temblar.
Esta vez más fuerte.
Desde las grietas del círculo, una voz antigua volvió a hablar dentro de Lyra.
“Diles la verdad.”
Lyra cerró los ojos.
—¿Qué verdad? —susurró.
El dragón respondió.
“Que esta academia está construida sobre cadáveres que aún respiran.”
Kael la miró con más intensidad.
—¿Qué estás escuchando?
Lyra abrió los ojos lentamente.
Y por primera vez… entendió algo.
El vínculo no era un regalo.
Era una puerta.
Y algo acababa de cruzarla.