La grieta del pasillo no se cerró.
Al contrario.
Se extendió.
Como si algo debajo de la academia estuviera empujando desde el otro lado.
Lyra retrocedió, con el corazón golpeándole el pecho. El aire se había vuelto pesado, como si la propia Némerys estuviera conteniendo la respiración.
—¡Evacuar el sector! —se escuchó una voz lejana—. ¡Ahora!
Pasos corriendo. Gritos. Órdenes.
Pero todo sonaba distante.
Irreal.
Lyra no podía apartar la vista de la grieta.
Porque dentro… había movimiento.
Huesos gigantes.
Pero no solo huesos.
Algo entre ellos.
Algo que aún… se movía.
—No mires demasiado —dijo Kael, sujetándola del brazo otra vez.
Lyra lo miró.
—¿Qué es eso? —susurró.
Kael tardó un segundo en responder.
—Lo que queda de los primeros dragones.
El silencio cayó más fuerte que el ruido del colapso.
Serah dio un paso atrás, pálida.
—Los primeros… dragones no existen en los registros…
Kael la miró de reojo.
—Porque los registros están escritos por gente que no quiere que lo sepáis.
El suelo volvió a temblar.
Esta vez más fuerte.
Y desde la grieta… una exhalación.
Un aire caliente.
Vivo.
Lyra sintió a Vharyx reaccionar dentro de su mente como nunca antes.
No era solo presencia.
Era rabia.
“No deberían estar despiertos.”
Lyra apretó los dientes.
—¿Quién? —susurró ella.
Pero la respuesta no vino de Kael.
Vino del suelo.
Un sonido profundo, antiguo.
Como una voz rota enterrada bajo el mundo.
“Jinetes…”
El pasillo entero se congeló.
Lyra se quedó inmóvil.
—¿Lo… escuchaste? —preguntó Serah, aterrada.
Kael no respondió.
Estaba mirando la grieta.
Como si supiera lo que venía.
La voz volvió.
Más cerca.
Más clara.
“Nos alimentaron…”
El suelo explotó hacia arriba.
Un fragmento de hueso gigante emergió, seguido de algo peor: una sombra atrapada dentro de él.
No era un dragón completo.
Era lo que quedaba de uno.
Deformado.
Roto.
Y aun así… consciente.
Los estudiantes comenzaron a gritar.
—¡Eso no puede ser un dragón! —gritó alguien.
Kael dio un paso al frente.
—No se muevan —ordenó.
Pero ya era tarde.
La criatura giró lentamente su “mirada” hacia ellos.
No tenía ojos.
Pero los veía.
Y entonces habló directamente dentro de todas las mentes.
“Nos olvidaron… pero seguimos aquí.”
Lyra sintió náuseas.
El aire se llenó de presión.
Vharyx rugió dentro de ella.
El sonido no era físico.
Era mental.
Tan fuerte que Lyra cayó de rodillas.
Kael la sujetó antes de que golpeara el suelo.
—Respira —dijo él.
—¡No puedo…! —respondió ella, temblando—. Está… en todas partes…
Kael la miró.
Más serio que nunca.
—No es solo un dragón.
Lyra lo miró.
—Entonces, ¿qué es?
Kael apretó la mandíbula.
—El recuerdo de lo que hicieron los jinetes.
Silencio absoluto.
La criatura bajo la academia comenzó a moverse otra vez.
Las paredes de Némerys respondieron.
Como si todo el edificio estuviera despertando con ella.
Y entonces… el techo se abrió.
No físicamente.
Sino como si la realidad se rasgara.
El cielo apareció.
Pero no era el cielo real.
Era otro.
Negro.
Llena de siluetas gigantes flotando.
Dragones.
Miles.
Muertos.
Observando desde algún lugar imposible.
Serah cayó al suelo.
—Esto… esto no es real…
Lyra temblaba.
—Sí lo es…
Kael la miró.
Y por primera vez su voz bajó casi a un susurro.
—Bienvenida al verdadero Némerys.
El suelo volvió a cerrarse de golpe.
Como si nada hubiera pasado.
Silencio.
Normalidad forzada.
Pasos a lo lejos.
Voces ordenando limpieza.
Todo como si el mundo no acabara de romperse.
Serah seguía temblando.
—¿Qué… acabamos de ver?
Kael soltó a Lyra lentamente.
—La razón por la que los dragones desaparecen.
Lyra lo miró.
—No desaparecen…
Kael asintió.
—Se quedan atrapados aquí.
Pausa.
—Debajo de nosotros.
Vharyx habló una última vez, más bajo.
“Y ahora nos han encontrado.”
Lyra cerró los ojos.
Y entendió algo horrible.
El vínculo no la había elegido.
La había marcado.
Como llave.
Para algo que llevaba siglos encerrado… esperando ser abierto.