—¡Cumpleaños feliz, te deseamos a ti, que los sigas cumpliendo, hasta el año cien mil! —terminamos de cantar y la sala estalló en aplausos.
Mi hermana Verónica sonreía ampliamente, con las manos juntas y los ojos brillantes.
En la familia ella era quien más amaba los festejos de cumpleaños. Sobre todo, si se trataba del suyo.
—Uno, dos, tres... —empezamos a hacer el conteo que se hacía tradicionalmente hasta llegar a su edad—... ¡treinta y cinco!
Su esposo Esteban se acercó de inmediato y le sujetó su largo cabello ondulado para que pudiera soplar las velas con tranquilidad.
—El otro año ya no podemos darnos el lujo de contar. Ya son muchos números —comentó mi padre con diversión, consiguiendo que Verónica frunciera el entrecejo con disgusto.
—¡Papito, los treinta son los nuevos veinte! ¿Acaso no sabías? —intervine, defendiendo el honor de la primogénita Serna.
—Y los cincuenta los nuevos treinta —añadió Martina, rodeándola con un abrazo dulce y confiado.
Mi mamá observaba la escena desde el otro extremo de la sala, con una sonrisa tranquila y a su lado, Alejandro, el esposo de Martina, levantó su copa en silencio, aprobando la broma con una leve inclinación de cabeza.
—Solo faltan los abuelos para que el día sea perfecto —dijo Vero, esperando que la empleada de la casa terminara de servir las copas de vino.
—Y nuestro querido Manuel —secundó Alejandro, acercándose a su esposa y acariciándole el brazo con delicadeza.
Un sabor amargo se me instaló en la lengua cuando escuché su nombre.
Manuel.
Mi dolor de cabeza. Su insoportable hijo menor. El único hombre que era incapaz de tolerar.
Desde pequeña tuve que cargar con su incesante presencia en mi vida por ser el hijo de los mejores amigos de mis padres. Y ahora, gracias a la unión entre Verónica y Esteban, ostentaba además el desagradable título de mi concuñado.
Nunca tuve nada en contra de los Arango. Alejandro, Martina, Esteban e incluso los abuelos, siempre han sido un pan de Dios: Gentiles, solidarios, leales, grandes amigos.
Manuel, en cambio, parecía el hijo adoptado porque no tenía ni una pizca de esas cualidades.
Mi padre asintió, siendo el siguiente en tomar la palabra.
—Es cierto. Los partidos de fútbol no son iguales sin Manuel.
—Cariño, siempre termina venciéndote —señaló mamá, negando con la cabeza.
—Por eso mismo, es el único oponente digno.
Entorné los ojos y tomé mi copa con ligereza, escabulléndome para no seguir escuchando la forma exagerada en que siempre lo alababan.
Me dejé caer en uno de los muebles y saqué mi celular para fingir que hacía cosas muy interesantes en el artefacto. Sin embargo, la vida se empeñaba en burlarse de mí y refregarme aquel dicho que enfatizaba en que, si algo no te gusta, te dan dos tazas.
"El colombiano estrella Manny Arango sigue dando de qué hablar la Premier League. Aunque los recientes escándalos que ha protagonizado tienen a Manny en el ojo del huracán, su presencia en la cancha solo reafirma que aún es considerado como un prodigio del deporte. No se pierdan esta noche la final de la Royal Premier Cup, donde el Ravenfords FC de Arango se enfrentará al aguerrido Redsley Castle"
—Sí sí, bla bla —musité al terminar de leer el caption en la publicación la cual contenía, además, una foto de él elevando uno de los tantos trofeos que su equipo ha ganado.
Que no se note el favoritismo.
Instagram nunca fallaba en recordarme que Manuel Arango era el centro del universo para media Caltasarez.
Diez años desde que se fue del país, ocho desde que logró consagrarse en la Premier League, y la ciudad todavía seguía babeando por ese futbolista arrogante y prepotente. Había colombianos más inteligentes, más creativos, que de verdad aportaban algo a la humanidad... pero no, ellos preferían que el noticiero girara en torno a la vida del "gran Manny"
Sabía que cualquiera que me escuchara hablar así de él pensaría que soy una envidiosa de mierda, pero yo sabía que no lo era. Con Manuel nunca se trató de eso.
—¡Julieta! —la voz de mi madre me sacó de mis pensamientos y bloqueé la pantalla del celular, guardándolo de nuevo en el bolsillo de mi pantalón—. Llevo horas llamándote. Ya vamos a pasar al comedor.
—Perdón, me distraje —me limité a decir, poniéndome de pie.
Ver cómo salían uno, dos y hasta tres empleados a organizar la mesa, me recordó que, aunque intentaba cada día salir adelante por mi cuenta, el dinero sí daba felicidad. Y, sobre todo, paz.
—¿Y cómo va la búsqueda de empleo, Julieta? —consultó el señor Alejandro cuando nos hallábamos degustando el primer platillo.
Y ahí iba de nuevo a mi argumento anterior. Por dármelas de independiente, llevaba un año desempleada y me encontraba a pocos días de quedarme sin dinero. No tendría siquiera para pagar la renta.
Por razones lógicas, no podía permitir que ellos lo supieran. Estaba desesperada, sí. Sin embargo, no quedaría como la fisioterapeuta fracasada.
Cuando elegí la carrera, mis padres no estuvieron de acuerdo. El sueño de ellos era que estudiara negocios, o economía, administración, cualquier profesión relacionada con el manejo de una empresa.
Solían decir que, para ser exitoso en este país, debías tener contactos y el mundo de la fisioterapia no estaba ni recónditamente al nivel del suyo. Desde ahí, auguraron que sería difícil para mí encontrar trabajo en ese campo. Y sí, lo fue. Obtuve el primer empleo y aunque de cierta manera me explotaban pagándome una miseria, me enorgullecía lograrlo sola. El fracaso llegó cuando la clínica cerró y volví a formar parte de la lista extensa de desempleados.
Con una sola experiencia laboral en mi currículo, podrían intuir la cantidad de rechazos que he recibido.
—Bien, bien. Tengo en la mira unas cuantas ofertas. —Forcé una sonrisa.
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Editado: 09.02.2026