La ansiedad comenzó a apoderarse de mí, mientras imaginaba diferentes escenarios de fracaso que probablemente no pasarían, pero que me resultaban imposibles de ahuyentar de mi cabeza. La mente tenía una manera retorcida de jugar con los sentimientos de sus portadores. No me cabía duda.
—Señorita Serna —escuché la voz de la mujer en la recepción.
Me detuve, porque ya llevaba dando vueltas infinitas alrededor de la sala.
—Sí, dígame —dije, acercándome con pasos cautelosos.
No quería que mi desesperación por conseguir el empleo fuera más evidente.
—Ya puede pasar, el señor Castro y su hijo la esperan. Buena suerte. —Sonrió y le devolví el gesto.
Tomé una gran bocanada de aire, y exhalé lentamente.
—Vamos, Julieta. Tú puedes —me dije a mí misma, caminando hacia la oficina.
La recepción era sencilla: una fila de asientos, un garrafón de agua a la izquierda y una sola oficina, así que resultaba imposible confundirse de puerta.
Di dos toques leves y desde el interior me concedieron permiso de abrir.
—Buenos días —saludé con firmeza y ni parecía que era la misma persona que, minutos antes, estaba echa un mar de nervios.
El primero en ponerse de pie fue Diego.
Llevaba puestos unos anteojos, su barba más crecida y sus rizos negros revueltos. Con solo ver su aspecto y su ropa deportiva, cualquiera podría acertar con facilidad su profesión como entrenador.
Nada comparado con el porte de su padre.
El señor Castro usaba pantalones de jean oscuros, camisa blanca perfectamente planchada, correa de cuero negra y un blazer del mismo tono. Las canas ya adornaban su cabello, pero eso no quitaba su atractivo y elegancia.
—¿Cómo estás, Julieta? —consultó Diego, acercándose a mí y dándome un beso en la mejilla.
—Muy bien, gracias —respondí usando mi máxima capacidad de simpatía—. Señor Castro. —Extendí la mano en dirección al hombre, quien sonrió y la estrechó por un breve momento.
—Siéntese, señorita Serna. Mi hijo me ha hablado maravillas de usted, tanto que siento como si la conociera de toda la vida —comentó y mis labios se elevaron con timidez mientras que su hijo y yo tomábamos lugar frente a su escritorio.
—Les agradezco mucho a ambos.
—Sabes que Eliza es tu mayor fan, así que yo solo comparto las palabras que dice mi mujer sobre ti.
—Les agradezco a ambos y a Eliza —corregí, inclinando un poco la cabeza.
—Bueno, tengo pendiente una videoconferencia con un agente, así que seré muy claro con usted, Julieta. —El señor buscó entre unas carpetas que tenía sobre su escritorio y tomó un paquete de documentos. Les dio una revisión rápida y los deslizó sobre la mesa hasta dejarlos frente a mí—. No la llenaré de preguntas porque sé de antemano por Diego y su novia que es una gran profesional que busca una oportunidad para ascender. Así como también sé que es parte de una de las familias más importantes de este país y, a pesar de eso, no ha recurrido a sus conexiones para facilitar su camino, confiando únicamente en su capacidad y dedicación.
Asentí, observándolo con atención. Resultaba un poco contradictorio que dijera eso porque de cierta manera estaba aquí por la conexión de mi amiga y su hijo; sin embargo, su mirada transmitía sinceridad, y por primera vez en mucho tiempo, me recordé que mi preparación y esfuerzo también contaban.
—Es por eso que más que hacerle un interrogatorio, quiero saber una sola cosa. —Hizo una pausa y el pecho se me agitó en consecuencia de los latidos desenfrenados de mi corazón—. ¿Cree usted que tiene la pasión, la convicción y la vocación de servicio necesaria para ser la fisioterapeuta de este club de fútbol? Tenga en cuenta que en sus manos estará el futuro de muchos jóvenes, tanto los que ya están en la élite, como quienes aún luchan por encontrar su lugar en el deporte y en la vida.
Hubo un breve momento de silencio.
No tenía mucho que pensar.
Así fueran deportistas, niños, universitarios o adultos mayores, la fisioterapia no se trataba de preferencias; se trataba del amor y el empeño que ponías en cada terapia que permitiera mejorar la vida de tu paciente, en la sonrisa y el afecto que recibías al darte cuenta de que volvían a confiar en sí mismos.
Si había alguien que tenía vocación de servicio y pasión por esto, esa era definitivamente yo. Lo supe desde el día en que me ofrecí como voluntaria en la enfermería de mi escuela, y lo sabía, con la misma certeza, hasta este momento.
Así que, sin tanto preámbulo, hablé:
—Sí la tengo, señor Castro. Sé que soy la persona correcta para este puesto porque la fuerza de mi compromiso no está solo en mis manos, sino en mi corazón y en mi voluntad; y tengo claro que mi trabajo no es solo reconstruir cuerpos sino también confianza, sueños y vidas.
Diego y él se observaron entre sí y por un instante temí que mi respuesta hubiera sonado genérica. El hombre se recostó levemente en su silla y ahora sus ojos se fijaron en mí, con una atención evaluadora. El aire me volvió a los pulmones cuando su expresión seria fue reemplazada por una de satisfacción.
—Eso era lo que necesitaba escuchar. —Me señaló con el dedo, enérgico—. Aquí tiene el contrato. Léalo con calma porque después de que firme no acepto indecisiones ni arrepentimientos.
Tomé los documentos entre mis manos y comencé a leer con atención. El contrato era claro, directo, sin rodeos. Un año de duración, con posibilidad de renovación automática. Exclusividad total con el club. Una cláusula de confidencialidad estricta y otra que dejaba claro que cualquier renuncia anticipada implicaba sanciones económicas considerables.
Nada fuera de lo normal, me dije.
Mis ojos se detuvieron un instante en un apartado específico: disponibilidad absoluta para atender de manera exclusiva a cualquier jugador que la directiva considerara necesario, sin posibilidad de rechazar asignaciones. Fruncí apenas el ceño, pero enseguida continué leyendo. Al fin y al cabo, ese era el trabajo.
Editado: 04.03.2026