Las cláusulas que me atan a ti

Capítulo 3

Julieta

—Buenos días —saludé, mientras atravesaba la recepción con pasos acelerados.

En estos primeros días de trabajo pude percibir que los asientos siempre mantenían ocupados por agentes nerviosos o jugadores de divisiones menores que esperaban con ansías una oportunidad.

Avancé por el pasillo largo que conectaba con el área deportiva, donde las oficinas del entrenador, el médico y nosotras, las fisioterapeutas, se alineaban como si fueran aulas de colegio.

—¡Julieta!

Linda elevó su mano en mi dirección desde la entrada del gimnasio, con su habitual sonrisa resplandeciente.

Ella llevaba dos años formando parte del club y agradecía que desde el primer minuto me hubiera recibido con calidez y gentileza. Seríamos las únicas fisioterapeutas y un buen trabajo en equipo era fundamental para el adecuado desempeño de nuestras funciones.

Sonreí de vuelta y me dispuse a caminar hacia ella, cuando vi a un jugador que conseguía inquietarme a pesar de conocerlo de toda la vida.

Camilo.

Me estaba mirando. Alzó el mentón a modo de saludo antes de desaparecer dentro del gimnasio.

Solté el aire despacio. El primer día intenté convencerme de que no significaba nada volver a verlo. Que era pasado. Que ya no me afectaba, pero los recuerdos comenzaron a llegar de una manera imposible de ignorar.

Camilo fue mi primer amor de colegio. El primer chico del que me enamoré. Por años lo vi desde las sombras, esperando que él también me notara. Era el arquero estrella del equipo de fútbol del colegio, el popular, uno de los más aclamados por las chicas. En cambio, yo, simplemente era la alumna que no destacaba más allá de sus notas... y la enemiga de su mejor amigo.

Sí, Camilo Martínez era el mejor amigo de Manuel y tenía entendido que, hasta el día de hoy, seguía siéndolo.

Eso, en mi historia, nunca fue un detalle menor.

Porque cuando Manuel intervenía en algo, nada quedaba intacto. Mucho menos yo.

Fue él quien convirtió aquel sentimiento inocente en la peor humillación de mi adolescencia.

—¿Todo bien, Julieta? —la voz de Diego me arrancó de golpe de mis pensamientos. Su mano se posó en mi espalda y me observó con atención.

Me había quedado de pie, a medio camino, atrapada en recuerdos que había guardado bajo llave en lo más profundo de mi memoria.

Linda, que notó la escena, se acercó también.

—Sí, todo bien. —Esbocé una sonrisa tímida.

—¿Ya iremos a la cancha? —preguntó Linda, alternando la mirada entre nosotros.

—Sí, ahora entrenaremos con el equipo juvenil. El señor Castro está organizando algo sobre un nuevo fichaje en la División A, así que estaremos con ellos en la tarde para conocerlo y darle la bienvenida al club —contestó él y las palabras "nuevo fichaje" consiguieron activar mi curiosidad.

Todavía seguía adaptándome a este lenguaje del fútbol y los protocolos que desconocía.

—¿Nuevo fichaje significa varios jugadores nuevos? —consulté, frunciendo el ceño.

Diego rio suavemente, con esa paciencia que parecía tener siempre con todos los que no éramos sus jugadores. Dentro de la cancha le exigía el cien por cien a su equipo y la palabra paciencia no formaba parte de su diccionario.

—No, no necesariamente. Puede ser solo uno. "Fichaje" se refiere a cualquier jugador que llega al equipo, aunque sea solo.

Asentí, esperando que el nuevo miembro no se convirtiera en un dolor de cabeza.

Aun no lograba memorizar los nombres de los jugadores del equipo principal ni sus posiciones, además, estaba en proceso de entrar en confianza con ellos, pero algunos hacían que la tarea pareciera titánica. Especialmente los más reconocidos. Al parecer, ser exitosos y famosos les elevaba tanto el ego que creían que te hacían un favor por dejar que los tocaras.

—Con tal de que no tenga el mismo carisma de Cartagena —mencionó Linda, arrugando la nariz con desagrado.

—¿Cuál es Cartagena?

—Ese de cabello super fino que nunca quiere ir a la oficina de fisioterapia. El que se rio de ti por no saber qué significaba tiki-taka.

Entrecerré los ojos, rememorando el vergonzoso momento.

—Sí, qué cruel —dije, negando con la cabeza.

—Sé que apenas estás empezando en esto de ser fisioterapeuta deportiva, Julieta, pero si no quieres ser la comidilla de los jugadores, tienes que poner empeño en entender lo más pronto posible nuestro vocabulario —intervino Diego, encogiéndose de hombros.

—Es verdad, yo lo sufrí mis primeros meses. Luego te adaptas y quedan como anécdotas graciosas —mi compañera intentó alentarme, poniendo su mano sobre mi espalda—. Bueno, iremos al santuario por nuestro equipo. Ya te alcanzamos —canturreó, dirigiéndose al entrenador.

Santuario era la forma en que Linda llamaba a la sala donde se almacenaba todo el arsenal terapéutico del club: camillas, vendas, electroestimuladores, balones medicinales, bandas elásticas, entre otros.

Siempre terminábamos en el santuario cuando hacía falta cualquier implemento, desde una simple venda hasta un electroestimulador. Y si el tratamiento requería las máquinas más grandes, el jugador no iba a la oficina y la consulta se hacía ahí.

Como llevaba menos de una semana trabajando, todavía no me había tocado una atención privada. Por ahora acompañaba entrenamientos, preparaba material y asistía en lo que hiciera falta. Según Linda, eso era parte del proceso. "Ya te llegará tu primer caso grande", me dijo en mi segundo día, con total tranquilidad.

Entramos al cuarto y tomé un par de bandas elásticas de resistencia y el foam roller que siempre dejaban apoyado junto a la pared. También guardé en el bolso un par de compresas frías y gel antiinflamatorio, por si alguno de los chicos decidía exigirse más de la cuenta.

Linda, en cambio, descolgó el botiquín portátil y revisó el contenido con la rapidez de quien ya sabe exactamente qué podría salir mal en una cancha llena de adolescentes con exceso de energía.




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