El señor Castro hablaba, pero sus palabras pasaban de largo por mis oídos como un sonido lejano e imperceptible. Manuel no despegaba su mirada de mí y yo no iba a desviar la mía para que creyera erróneamente que me intimidaba. Tenía que mostrarle que, aun con el paso de los años, mi carácter fuerte seguía intacto y que por más famoso que fuera ahora, mis sentimientos hacia él seguían siendo los mismos.
—Como ya habíamos acordado, el contrato será por un año. El club asumirá la rehabilitación completa de Manuel, salario base y bonos por minutos jugados.
Mi atención regresó de golpe. ¿Rehabilitación? ¿Entonces era cierto lo que dijeron los chicos del equipo juvenil? Al parecer tendría que empezar a ver el noticiero de ahora en adelante.
—Pero Manuel tendrá compromisos claros: cumplir el plan médico al pie de la letra, asistir a todas las sesiones de terapia y superar las pruebas físicas antes de integrarse oficialmente al once titular.
Noté la inconformidad en Arango. Seguía en silencio, aunque su mandíbula tensa decía suficiente.
Plan médico, pruebas físicas... desplacé la mirada hacia sus piernas casi por reflejo, entonces noté que se hallaba sentado con demasiada rectitud, como si cuidara la postura más de lo necesario.
—Si en los primeros seis meses no logra la readaptación competitiva, el club puede rescindir sin penalización mayor —añadió Castro—. Estamos apostando por él, pero necesitamos resultados.
Él no era un fichaje estrella, era una jugada arriesgada del club.
La presión empezaba a tomar forma y no solo recaía sobre Manuel. Como su fisioterapeuta, mi nombre quedaba ligado a su recuperación... y al riesgo que el equipo estaba asumiendo.
—Le garantizo que eso no será necesario. Cuando menos lo esperen, mi cliente estará en óptimas condiciones para volver a la cancha —aseguró su agente, palmeándole la espalda.
Me sorprendía el silencio de Manuel. Tan hábil con las palabras, y ahora parecía concentrado en algo más profundo que el orgullo. Por primera vez, no veía su arrogancia, veía la actitud de un hombre que pensaba cómo enfrentarse a un desafío.
—No me cabe duda —dijo el director—. Y no solo porque confío en las capacidades de Manny, sino porque Julieta llevará su caso. Es una gran fisioterapeuta. Estoy seguro de que ambos obtendrán resultados que beneficien al club... y a sus carreras.
Sonreí apenas, aceptando la responsabilidad con un gesto que intentaba parecer sereno. Linda había dejado claro que su agenda estaba saturada y que por eso yo asumiría el reto; aun así, él pudo haber reorganizado todo, quitarle a ella a cualquiera de sus pacientes y asignarle a Manuel. Era lo lógico. Lo seguro.
Y no lo hizo, me eligió a mí.
Una satisfacción profesional me recorrió el pecho, firme, cálida. Reconocimiento. Respaldo. La certeza de que mi criterio tenía peso y, al mismo tiempo, algo se contrajo bajo mis costillas, porque no se trataba de cualquier jugador.
De todos los profesionales en este edificio, justo yo tenía que asumir una recuperación de la que apenas empezaba a comprender el alcance... y que implicaba al hombre que más me marcó, y no precisamente de la mejor forma.
Honor y condena en la misma frase y todavía no sabía cuál terminaría imponiéndose.
—Entonces todo depende de ella —por fin se atrevió a hablar.
Su voz no llevaba burla. Sonó baja, controlada.
Volví a fijar mi mirada sobre él.
—Depende de tu disciplina —corregí, sin titubear—. Yo puedo guiar el proceso, pero si no sigues mis recomendaciones o decides adelantarte y saltar etapas, lo único que lograrás es el fracaso.
Una esquina de su boca se curvó apenas.
—Siempre tan optimista.
El señor Castro intervino antes de que pudiera responder.
—Julieta, la integración al equipo será progresiva. La lesión de Manuel es en la rodilla, así que deberán trabajar en fortalecimiento específico para estabilizar la zona. Luego vendrá el trabajo en campo sin contacto y solo cuando supere las pruebas funcionales podremos hablar de minutos oficiales. En los documentos que te entregaré está el informe médico completo.
En mi cabeza terminaron de conectar las piezas que hasta entonces eran solo indicios. Ahora entendía la rigidez que había notado en él.
—¿Cuánto tiempo durará esto? —se apresuró en preguntar.
—Necesito revisar tus estudios para darte un plazo preciso. Pero, en términos generales, una readaptación de este tipo puede tomar entre ocho y diez semanas antes de volver a entrenar con el grupo. Después de eso, todo dependerá de cómo responda tu cuerpo a la carga.
—Con ese plazo podremos tenerlo listo para la pretemporada, ¿verdad? —preguntó el agente.
—Si la evolución lo permite —respondí, sin suavizar el tono.
El señor Castro dio por terminada la reunión y me extendió una carpeta con el informe médico.
—Julieta, llévalo a tu oficina y revisen el plan de tratamiento. Quiero el cronograma firmado hoy.
Me puse de pie antes que él. Necesitaba moverme, recuperar el control.
Manuel hizo lo mismo.
Cuando pasé a su lado para dirigirme a la salida, su perfume —demasiado familiar— me golpeó sin permiso.
Abrí la puerta.
—Por aquí, Arango.
Usé su apellido a propósito.
Él sonrió como si hubiera notado el detalle.
—Claro, doctora.
La manera en que lo dijo provocó que la piel se me erizara.
En el pasado competíamos por todo. Quién sacaba mejores notas, quién ganaba medallas, quién era el mejor hijo, quién tenía la última palabra. Dos adolescentes empeñados en no ceder.
Ahora no se trataba de eso, no estábamos midiendo egos. El verdadero reto no era ganarle, era no dejar que me desarmara mientras intentaba reconstruirlo.
Y eso resultaba infinitamente más peligroso.
⚽⚽⚽
Detuve el auto frente a la casa de mis padres. Después de un largo día de trabajo —y que había empeorado con la llegada del nuevo jugador—, necesitaba contención familiar.
Editado: 04.03.2026