Las cláusulas que me atan a ti

Capítulo 5

Manuel

Tomé una respiración honda antes de tocar la puerta de su consultorio. Después del incidente de ayer y haberle recordado lo de la cámara, sabía que su actitud defensiva saldría a flote en la consulta.

Julieta podía aparentar profesionalismo frente a cualquiera, pero yo había sido testigo de lo que pasaba cuando algo la hería. Cuando éramos jóvenes sus impulsos reaccionaban antes que su raciocinio y siempre terminábamos arrasando con todo.

Di dos toques suaves y en cuestión de segundos abrió.

—Pasa —habló con indiferencia, sin siquiera mirarme.

El consultorio olía a desinfectante y menta. Todo debidamente organizado e impecable, algunos cuadros recién colgados, un estante de madera, una camilla, y una caja en la esquina que al parecer contenía decoraciones a las que aun no les daba un lugar.

Cerré la puerta detrás de mí.

—Y bueno … ¿Qué haremos hoy, doc? —me senté frente a su escritorio, ella seguía sin verme.

No sabía si me disgustaba más que peleara conmigo o que me ignorara. Sus ojos recorrían con detenimiento la pantalla de su computadora y puse las manos sobre mis rodillas. Desde que llegué al país era la primera vez que salía con la rodilla descubierta, prefería cubrirla con pantalones largos para que nadie preguntara sobre la rodillera negra que se había convertido en mi accesorio principal.

—Dame un momento, estoy revisando algo en tu expediente —habló y me limité a asentir.

Seguí fingiendo que detallar su consultorio me parecía lo más interesante del mundo, intentando que el momento de silencio no resultara más incómodo de lo que ya era. Una fotografía enmarcada llamó mi atención de manera particular. Una mini Julieta, sin dientes delanteros, sonriendo y aferrada al cuello de Klauss, su abuelo. Klauss lucía sorprendentemente joven y ella… tan tierna que parecía un espejismo.

Julieta nunca fue tierna.

Al menos no desde que ambos tuvimos la capacidad de hablar.

Aun recordaba el día en que todo comenzó, con total y completa claridad.

Yo tenía seis y ella cinco. Sus padres la llevaron a casa por mi fiesta de cumpleaños, y usaba un vestido de rosita fresita que cuidaba con todas las fuerzas de su ser. La vi sola en una esquina, mirando a todos los niños que jugaban conmigo y pude compadecerme de ella. Me acerqué, pensando que sería su salvador, invitándola a un partido de niños contra niñas y lo único que recibí fue una mirada asesina y un no rotundo. «No terminaré sucia y revolcada en el barro como tú» fue la explicación a su negativa. Sus palabras de verdad que me molestaron y sobre todo el gesto despectivo con el que me examinó.

Las temporadas de lluvia ya habían llegado a la ciudad y admitía que el jardín, lleno de charcos y tierra mojada, no te permitían salir impune, pero no iba a tolerar que una mocosa vanidosa me humillara. ¡Éramos niños!, ¿Qué clase de niño se preocupa por no ensuciarse?

En mi mente, aquello fue una guerra declarada. Y un ataque se responde con otro ataque. Eso hice.

Apenas tuve la oportunidad, lancé el balón tan cerca de ella que terminó con el vestido empapado de barro y llorando a gritos desesperados. Mentiría si dijera que eso me consoló de la forma en que esperaba. Tuve un breve momento de arrepentimiento. Pero se disipó cuando Julieta me acusó. Porque para ella fui el niño que estropeó su vestido sin motivo alguno. Y para mí ella fue la niña que despreció mi intención de entablar una amistad.

A partir de ese día, supe que las batallas no pararían. Y Julieta pasó a ser una espina que nunca conseguí arrancar.

—¡Arango! —tronó sus dedos frente a mí. Sacudí la cabeza, enfocándola. Ella frunció el ceño e hizo un mohín con sus labios, mirándome como si fuera una…cucaracha. —Llevaba como cinco minutos hablándote.

—Lo siento, me distraje —murmuré, aclarándome la garganta—. ¿Ahora sí me dirás qué haremos hoy?

Afirmó con la cabeza.

—Ya leí tu resonancia. Desgarro parcial del menisco medial en la rodilla izquierda. No es una sentencia, pero tampoco es algo que puedas apresurar. —No estaba diciendo nada que ya no supiera—. Como llevas una semana sin tratamiento haremos una evaluación del estado actual de la rodilla. ¿Cuánto tiempo llevas usándola? —señaló la rodillera.

—Seis días, creo.

—La compresión ayuda, pero no sustituye el tratamiento. —Se puso de pie—. Quítatela y recuéstate en la camilla.

Seguí su orden. Me puse de pie con un poco de dificultad, un dolor punzante consiguió hacerme tensar. Ahora, ella no despegaba su mirada de mí.

Su evaluación ya había comenzado.

Me acomodé boca arriba. Julieta se situó a un lado, cruzó los brazos por un instante y comparó ambas rodillas en silencio.

—La izquierda tiene un poco más de volumen —señaló al fin—. Todavía hay inflamación. Es esperable cuando la rodilla no ha empezado rehabilitación.

—Sabía que no era algo del otro mundo. He jugado con cosas peores —comenté con frustración.

Ella me sostuvo la mirada, desafiante.

—Cuando apenas empezabas los veinte y tu capacidad de regeneración era distinta.

—¿Me estás llamando viejo?

—Si hablamos de fútbol profesional, con casi veintinueve años... —ladeó la cabeza—. Sí, lo eres

Lo sabía. Le duró muy poco el profesionalismo.

—Veintiocho todavía —corregí, me incorporé en la camilla con cuidado, negándome a darle el gusto de verme vulnerable—. Y sigo siendo mejor que muchos de veintidós. No solo en la cancha.

Sonreí con arrogancia.

Para mi sorpresa, ella también.

Se inclinó hacia mí, acercando su rostro al mío y apoyó su mano en mi pecho.

—Recuéstate. Aun no termino.

Suprimí una risita, volviendo a mi posición anterior. Mi rostro se contrajo en una mueca de dolor. No debí hacer eso.

No te muevas.

Flexionó la pierna con firmeza, sosteniéndola por debajo del muslo. El movimiento fue lento al principio… y después ya no. Un pinchazo seco me recorrió por dentro. No dije nada.




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