Julieta
—¿Ustedes también quieren empanadas? —consulté cuando el mesero me entregó la carta.
Sinceramente no tenía ni que mirarla. Me conocía casi de memoria el menú de esta cafetería y mi elección siempre era la misma: Empanadas de pollo y un delicioso café.
Amaba las empanadas y el café de mi país. Si algún día abandonara Colombia, no sabría cómo sobrevivir sin la gastronomía tan espectacular que nos caracterizaba.
—Yo sí quiero empanadita, pero de carne —señaló Vero, dándole una ojeada a la carta—. Y un jugo natural de lulo.
—Yo quiero pastel de pollo y café —secundó Eliza, retirándose sus lentes de sol.
—Y yo lo de siempre... —me quedé con la boca abierta porque ambas me interrumpieron, recitando mi pedido.
—Dos empanadas de pollo y un café con azúcar y sin leche.
Sonreí con inocencia, recogiendo los menús y devolviéndoselos al joven.
La mañana estaba perfecta. El clima soleado acompañado de unas brisas refrescantes, el cielo azul y despejado, y el murmullo constante del río deslizándose frente al café como si también estuviera despertando.
Este lugar nos encantaba no solo por la calidad de la comida, sino por la magnífica vista y el contacto con la naturaleza que solo aquí se podía conseguir. En medio de tanto caos de la ciudad, este rincón era perfecto para liberarte de preocupaciones y recordar las pequeñas cosas maravillosas que tenía la vida.
—¿Y cómo te fue en tu primera semana como fisioterapeuta de los Dragones de Caltasarez? —preguntó Eliza. Aparté la mirada del río y la puse de nuevo sobre ellas.
—Pues quitando el hecho de que justamente Manuel Arango es el nuevo jugador y que tengo que dedicarme 100% a él y a su rehabilitación, no me puedo quejar —comenté con una pizca de ironía, encogiéndome de hombros.
Las dos se miraron entre sí.
—Por favor, no creo que pueda ser tan malo, ¿o sí?
No pude responder porque Verónica lanzó una risa.
—Se odian desde que empezaron a caminar —informó, inclinándose levemente hacia adelante. Mi hermana disfrutaba con descaro el drama ajeno.
—No lo digas así porque suena como una rivalidad sin fundamento. Y créeme que no lo es —rectifiqué, cruzándome de brazos con disgusto—. Manuel regresó igual o peor que antes. Se cree la última maravilla porque jugó en Europa. Es un engreído.
—Engreído y todo, pero hay que admitir que es guapo —resaltó Vero, sacudiendo su dedo índice en el aire.
—Iugh, Verónica, ¡Es tu cuñado! —la reprendí, negando con la cabeza.
—¿Y qué? No significa que sea ciega. Mis suegros hicieron con mucho amor a sus hijos.
—Verónica tiene razón. Manny Arango es el hombre soñado de todas las mujeres —continuó Eliza con la lluvia de halagos, provocando que entornara los ojos.
—Si solo hablamos de lo físico, sí. Pero más allá de eso, no hay nada.
—¿Admites que te parece un papasito? —instó mi amiga, mirándome con picardía.
—¡No! No me parece un papasito. Es lindo, nada más. —Me crucé de brazos, con seriedad.
—Dice que no y ya lo ha visto hasta desnudo —susurró mi hermana, cubriéndose fallidamente con un mechón negro de su cabello, y hablándole a Eliza.
—¡Fue un accidente! —ya me empezaban a sacar de quicio estas dos.
—¡¿Desnudo?! —Eliza se cubrió la boca, pasmada por la declaración.
—Suficiente. No voy a hablar más de Manuel. —Negué, levantando ambas manos en señal de alto, dando por cerrado el interrogatorio.
—¿Y está bien dotado?
—¡Eliza!
Las dos rompieron a carcajadas, disfrutando de mi evidente enojo e incomodidad. Entorné los ojos y al mismo tiempo sentí un calor que me subía por el cuello de manera traicionera.
—Son detestables —murmuré y el mesero llegó con los pedidos.
No tardé en llevarme la taza a los labios para disimular el nerviosismo que me recorría.
Porque lo peor no era la pregunta. Lo peor era que mi mente había respondido antes que yo.
⚽⚽⚽
Después del desayuno nos dirigimos hacia el aeropuerto.
La felicidad no me cabía en el pecho. Iríamos a recibir a nuestros abuelos, quienes llevaban un mes paseándose por Las Bahamas.
Cuando cumplieron los setenta, decidieron que querían conocer el mundo, viajar, disfrutar de la vida sin preocupaciones y sin responsabilidades. Y así estaba siendo. Ya llevaban como diez países recorridos y la casa familiar llena de llaveros y calcomanías de recuerdo.
Eliza estacionó el auto en el garaje del aeropuerto y bajamos con rapidez. Llevábamos casi quince minutos de retraso y la abuela Helena ya debía estar con ganas de estrangularnos.
—¿Crees que no hayan traído regalos o más llaveros? —preguntó Verónica, haciendo una expresión reflexiva que me causó diversión.
—Al menos ustedes reciben llaveros de sus abuelos. Los míos no traen ni un dulce cuando viajan —bromeó Eliza y las tomé de los brazos, obligándolas a correr.
—Si no nos apuramos, el obsequio que recibiremos es un bolsazo de la abuela Helena —advertí entre risas, sintiendo cómo la emoción me empujaba más que el retraso.
Atravesamos las puertas automáticas casi patinando.
—Vuelo de Nassau, puerta tres —leyó Verónica desde su celular.
Nassau. Solo pronunciarlo sonaba a mar turquesa y me imaginaba la cantidad de fotos divertidas que se habrían tomado.
Nos abrimos paso entre la gente hasta quedar frente a la salida internacional. Y entonces los vimos. A los cuatro y no se hallaban solos. Esteban y Manuel sí fueron puntuales.
Macarena y Antonio, los abuelos de ellos —y nuestros abuelos adoptivos—, parecían estar discutiendo entre sí, mientras Esteban intentaba calmarlos y el otro se reía en sus caras.
Mi abuelo Klauss, desvió la mirada, dándose cuenta de que ya habíamos llegado. Les indicó a ellos sobre nuestra presencia y caminaron en nuestra dirección. Él, arrastrando dos maletas que parecían haber sobrevivido un apocalipsis y tenía puesto un sombrero gigante y extravagante. Su amplia sonrisa hacía que se le marcaran todas las arrugas.
Editado: 04.03.2026