—¿Y cuándo dan respuesta sobre las maletas? —indagó Verónica desde el asiento del copiloto.
—Eh… tienen un par de días para solucionar —respondí, aunque sabía que las maletas ya eran un asunto perdido.
Precisamente de todas las mujeres de esta ciudad, Lourdes tenía que ser la del área de equipaje. Lo peor es que no tenía cara para culparla por su poco profesionalismo.
Me merecía eso y mucho más.
—Mañana mismo hay que ir de compras. No pienso repetir ropa en las fotos familiares —declaró con firmeza mi abuela, quien se hallaba sentada a mi lado.
—Tienes tanta ropa que una maleta menos no se notará, querida. El del problema soy yo. Ahí tenía mi afiche autografiado de pelé. —Eliza, detuvo el auto a causa de un semáforo en rojo, haciendo una mueca de tristeza al escuchar las palabras de mi abuelo.
—Y lo peor es que ya no puede pedirle otro —respondió, provocando que la pellizcara por la indiscreción.
—¡Auch!
Excelente. Ahora tenía dos culpas por cargar.
—¡Llegamos, familia! —anunció mi hermana pocos minutos después, sacándome de mis pensamientos—. ¿An, estás bien?
Me limité a asentir y fruncí el entrecejo cuando noté que no estábamos en casa de los abuelos, sino en casa de la familia Arango.
—¿Qué hacemos aquí? —la tomé del brazo, evitando que se bajara del vehículo.
Las únicas que continuábamos adentro éramos las dos.
—Mamá, papá, los Arango y yo, planeamos una bienvenida sorpresa para los abuelos. Lo sabrías si revisaras el grupo familiar. —Me enseñó su celular, más específicamente el mensaje donde anunciaban la fiesta—. Hasta Eliza lo sabía.
Genial, lo que me faltaba. No me sentía de ánimo para una fiesta y menos para enfrentarme a las personas que probablemente estarían aquí.
Vero se escabulló de mi agarre y me quedé unos segundos tomando aire e intentando reunir fuerzas.
Nada de pensamientos, nada de recuerdos, nada de culpas.
Los abuelos regresaron y es lo único que importa.
El auto de Esteban fue el siguiente en aparecer en escena. Los cinco nos detuvimos en la entrada, esperándolos. De todas maneras, no podíamos entrar con dos de cuatro abuelos.
Esteban y Manuel cargaron las maletas que llegaron invictas y noté un leve desequilibrio en él.
Me acerqué para ayudarlo.
Como su fisioterapeuta era mi deber cerciorarme de que sus movimientos no entorpecieran el proceso de recuperación.
La maleta tenía dos agarraderas así que tomé una.
—¿Qué haces? —consultó, observándome extrañado.
—Ayudándote a cuidar esa rodilla. —Señalé su rodillera.
—Puedo solo, Julieta. No soy un minusválido.
—No, pero sí un hombre lesionado que si no deja el orgullo a un lado no podrá volver a la cancha.
—Como ordene, doc —terminó por acceder, de mal humor.
Entramos a la casa y lo primero que nos recibió fue una lluvia de aplausos y serpentinas. Los dos empleados del servicio se acercaron con presteza, recibiendo nuestra carga.
—Gracias —les dijo Manuel, palmeándoles la espalda con cariño.
Ellos, junto a la chef de la casa, llevaban años trabajando para su familia.
—¡Sorpresa! —gritaron nuestros padres, abrazando a los suyos.
A lo lejos comencé a reconocer rostros.
Algunos empleados de la fábrica, ex alumnos del abuelo Klauss porque además de empresario era profesor retirado, compañeras de las abuelas Helena y Macarena de la academia de salsa a la que iban, Camilo y sus padres… y Mariana.
No era suficiente con que Camilo estuviera aquí, debía estar también ella, como la cereza que adorna el pastel.
Mariana, la ex de Manuel que no me soportaba.
O bueno, no lo hacía cuando teníamos diecisiete.
—¿Esa es Mariana? —Verónica corrió hacia a mí, abriendo la boca con asombro—. Y Camilo tu primer amor.
—Sí, hermanita. Si no lo dices no me doy cuenta.
—¿Quién es Mariana? —consultó Eliza. Aun estando concentrada en asaltar la bandeja de aperitivos, era incapaz de escapar del llamado del chisme.
Vero no se tomó el tiempo ni de parpadear para contestarle.
—La primera y última novia que tuvo Manuel antes de irse a Inglaterra.
Me quedé en silencio, mirándola.
Lucía muy guapa y su figura envidiable la hacía resaltar.
Incluso yo, que era delgada, me sentí gorda al ver semejante silueta.
Un vestido rojo ceñido al cuerpo destacaba sus proporciones, y su cabello rubio, largo hasta la cintura, y rizado, le brindaba un aura seductor.
—Está confirmado que los guapos se juntan con los guapos —señaló Eliza. Ahora las tres parecíamos acosadoras—. ¿Y por qué terminaron ella y Manuel? Porque…
Mi amiga no terminó su oración. Cerró la boca de inmediato, formando una expresión de disculpa.
Y yo conocía perfectamente el motivo.
—Ni lo digan —advertí, levantando mi dedo índice.
Las dos apretaron los labios, acatando mi petición.
Me dirigí hacia la mesa de cocteles y vi cómo Manuel se acercó a ella. Pasé por su lado, fingiendo que no los conocía. De vez en cuando sentía la mirada de Arango puesta sobre mí y la desviaba simulando que nada ocurría.
—Hola, Julieta. —Una voz masculina me habló a mis espaldas. Cerré los ojos un instante, reconociéndola—. Espero que aquí no finjas que no nos conocemos.
Giré despacio, tan despacio que parecía como si esperara que al voltear mágicamente Camilo hubiera desaparecido.
Sonreí e intenté seguir con mi mantra de NO pensar.
—Hola, Camilo.
Mentiría si dijera que ya no me parecía atractivo. Camilo siempre fue, y seguía siendo, una bomba de belleza. No había conocido a una persona que tuviera la piel más perfecta que él. Consideré que su ascendencia afro influía mucho en eso, a pesar de que yo igual la tenía.
Era trigueño, musculoso, alto y para mí, la versión colombiana de Michael B. Jordan, solo que con los labios menos pronunciados y con los ojos verdes.
Editado: 04.03.2026