La cabeza me pesaba y dolía tanto que sentía como si en cualquier momento me fuera a explotar. Intentaba mantener la concentración en el juego, seguir el balón, analizar pases, pero todo se movía medio segundo más lento de lo normal. O tal vez era yo la que iba retrasada.
Diego hizo sonar su silbato y el sonido me atravesó. Me tapé los oídos por instinto, buscando amortiguar el ruido.
—Bien, eso es todo por hoy, chicos.
El sol caía directo sobre la cancha y cada grito de los niños rebotaba dentro de mi cabeza como un eco malintencionado. Ellos se despidieron y salieron corriendo hacia las gradas en busca de sus pertenencias.
Eso me ganaba por embriagarme justamente un domingo. Estaba viviendo las consecuencias de la peor manera.
Fue un error táctico.
Grave.
—Estuvo buena la fiesta, eh —comentó Linda, acercándose a mí con una sonrisa picarona.
Comenzó a guardar las cosas en su maletín.
—Tan buena que mi mujer me confundió con Leonardo Di Caprio en su época dorada —intervino Diego, tomando su botella de agua, que también se encontraba junto a mí.
Mi mañana consistió en ser la asistente desde la banca. La cuidadora de los implementos y la que fingía estudiar y documentar cada movimiento de los jugadores cuando en realidad solo pensaba en tomarme un suculento caldo de costilla con limón para el desenguayabe.
—Dios, eso ya es otro nivel. —Linda se rio al escuchar la confesión del hombre.
—Lo siento, Diego. No fue mi intención enviarla ebria a casa —mencioné, cubriéndome el rostro con la mano.
—Tranquila, Julieta, no te estoy culpando por nada. Más bien te aconsejo que vayas por una aspirina.
Sollocé, esta vez recostando la cabeza entre mis piernas.
—Una aspirina y un poco de maquillaje para disimular tu cara de muerta. No queremos que Manuel encuentre a su fisioterapeuta hecha un zombie, ¿o sí? —bromeó mi compañera, pero no contaba con ánimos para rebatir.
Manuel.
Dios, anoche fui más directa de lo que hubiera querido. La vergüenza me consumía cuando pequeños fragmentos de mi borrachera se reproducían en mi cabeza.
Específicamente un momento donde admitía que se me hacía guapo.
¿Qué tan perdida debía estar por el trago para haberle dicho aquella estupidez?
Ni siquiera cuando éramos jóvenes y hormonales sucumbí ante el impulso de decirle eso y anoche, tras años intentando demostrarle que no conseguía deslumbrarme como al resto del mundo, metía la pata de semejante manera.
Levanté la cabeza, tomando una bocanada de aire lo suficientemente grande para retomar fuerzas. O al menos la mitad de ellas.
Los muchachos de la División A aparecieron uno a uno en la cancha y el aire que segundos atrás tomé, abandonó mi cuerpo por completo. La respiración se me cortó cuando vi a Manuel acompañado de Camilo. Los dos lucían frescos como una lechuga, a diferencia mía.
Claro, es que ellos no se bebieron hasta el agua del florero.
Diego se dirigió hacia los dos, dándoles indicaciones que, desde mi lugar y con mi condición, no lograba entender. Linda no tardó mucho en unirse a él.
Yo continué en mi posición, esperando que mi paciente viniera a mi encuentro.
Y así fue, no tardó mucho en estar frente a mí.
—Vaya, te ves como si un camión te hubiera arrollado —comentó, examinándome con esa mirada burlona que tanto me irritaba.
Graciosito como siempre.
—Jódete —respondí, volcando los ojos—. Vamos al santuario, está libre.
—¿Me quieres llevar a un lugar donde nadie nos interrumpa? —pronunció sugerente, enarcando una ceja.
—Bueno, si quieres que todos tus compañeros vean tu proceso de recuperación, quedémonos acá. Ya traigo las colchonetas, por mí no hay problema.
—¡No! —se apresuró en contestar cuando me puse de pie—. El santuario o tu consultorio está bien.
Precisamente esa respuesta imaginaba.
Alguien tan orgulloso como él no permitiría que lo vieran débil. Ya tenía suficiente con soportar la carga de que justamente yo fuera su fisioterapeuta.
Noté cómo se irguió, caminando a mi lado con cautela. Ese empeño suyo por parecer intacto a veces me hacía temer que lo llevaría directo a la ruina. Y conmigo a su paso.
Cuando llegamos, cerré la puerta detrás de nosotros.
—Siéntate —señalé la colchoneta.
—Pensé que después de nuestro momento de ayer hoy serías más... dulce.
—¿Qué momento? —me hice la desentendida, la que no tenía ni la más mínima idea de qué estaba hablando.
—Cuando te cargué en mis brazos y me dijiste que era el hombre soñado para todas —pronunció con suavidad y detenimiento, seguramente buscando que cada una de sus palabras se quedara grabada en mi memoria.
Negué con la cabeza, apretando los labios.
—El hombre de mis pesadillas será —corregí, y se me daba tan bien fingir que me sorprendía.
—Claro —musitó, ladeando la cabeza—. Incluso te fijaste más segundos de lo normal en mis labios, pero supongo que yo aluciné con que querías besarme.
—¡Que te sientes! ¿O acaso te duele sentarte? —alcé la voz, esta vez comenzando a desesperarme por su actitud.
Me hablaba con tanta confianza, como si fuéramos amigos de toda la vida y tuviera el derecho de hacerlo. Si seguía así terminaría perdiendo los estribos.
—Pero qué geniecito. —Levantó las manos en señal de paz—. Y no, no me duele sentarme.
—Entonces cállate y hazlo.
A regañadientes y con expresión indignada, terminó por obedecer.
Al menos su conversación tan "agradable" consiguió que todos mis malestares se esfumaran.
Me arrodillé frente a su pierna y la tomé con cuidado.
—Extiende —le indiqué, esta vez moderando mi tono de voz.
No quería terminar con una demanda por lesiones personales y abuso de poder.
Él lo hizo, esta vez sin bromas y con la seriedad que la sesión ameritaba.
Deslicé los dedos por la cicatriz, evaluando temperatura, tensión, respuesta muscular. Pude percatarme de que su piel se tensó bajo mi contacto.
Editado: 04.03.2026