Las cláusulas que me atan a ti

Capítulo 9

Llegué una hora antes de lo habitual.

Diego me había informado el día anterior que se realizaría una rueda de prensa para entrevistar a los muchachos ahora que llevaban tres victorias consecutivas en la primera temporada del año y que, además, estaban especulando que Manuel no conseguiría estar listo para el segundo semestre.

No estaban del todo alejados de la realidad.

Existía un cincuenta-cincuenta de probabilidades. 50% de probabilidad de que lo lograría. 50% de probabilidad de fracaso.

El problema es que yo también sería parte del interrogatorio.

Por ser su fisioterapeuta probablemente debía dar un informe claro de lo que esperaba conseguir en los próximos meses con su rehabilitación, así que, por eso, decidí venir temprano y ordenar un poco mis ideas antes de que llegara el momento de exhibirme al escrutinio público.

Cuando estuve prácticamente frente a mi consultorio, escuché un golpe seco. Fruncí el ceño, desviando la mirada hacia las canchas. Se suponía que a esa hora no teníamos programado ningún entrenamiento.

Di unos pasos más y entonces lo vi.

Manuel solo, sin el equipo, sin Diego, sin calentamiento supervisado y para rematar, corriendo.

No era un trote suave de rehabilitación. Era ritmo real y exigente. De esos que te pueden llevar directo a la clínica.

¡Ese imbécil! ¿Cómo se le ocurría hacer eso y más después de lo ocurrido en la última sesión?

La irá comenzó a apoderarse de cada partícula de mi cuerpo, pero intenté mantener la cordura. Seguí observando hasta qué punto llegaría su idiotez.

Su zancada era casi perfecta... casi.

Al tercer cambio de dirección lo noté. La rodilla tardó una fracción mínima en estabilizar. Un microsegundo que, cualquier persona inexperta en el tema, no notaría. Yo sí lo vi.

Aterrizó de un pequeño salto y su cuerpo compensó con la cadera. Un movimiento sutil, controlado y... peligroso.

—Esto debe ser una broma —murmuré, negando con la cabeza y cruzándome de brazos.

Él volvió a arrancar, esta vez más rápido, como si estuviera huyendo de algo invisible.

No terminó por llamar mi atención hasta que frenó en seco.

Fue ahí cuando lo hizo. Aquel sutil gesto.

Su mano descendió apenas hacia la rodilla, no para sujetarla, solo para comprobar.

La mueca de su rostro demostraba que le dolía.

Suficiente, mi paciencia no daba para más.

Caminé en su dirección, él se giró, quedando de espaldas hacia mí. Comencé a aplaudir, estando a pocos pasos de acercarme.

—¡Bravo, Manuel! ¡Sigue arruinando tu izquierda suprema que te llevó al éxito! ¿No es así cómo le decías en las entrevistas? —ironicé y al voltear lanzó un suspiro, desviando la mirada.

Claro que así le decía. No era fan de ver sus ruedas de prensa, pero nuestros padres sí. Siempre se jactaba de su “izquierda suprema” cada vez que lo entrevistaban por ganar un juego.

—¿Si lo sabes para qué preguntas? —sus ojos se fijaron en mí con molestia, apoyó la mano en su cadera, y su pecho subía y bajaba con agitación.

—Eres un descarado, ¿sabías? —lancé una risa seca y negué despacio, como si aquello ya no me sorprendiera.

—Sí, Julieta, me lo has dicho tantas veces que ya perdí la cuenta —respondió de manera cruda—. Ya es hora de que aprendas a separar lo personal del trabajo.

—¿De qué estás hablando?

—Hablo de que, si de verdad vamos a trabajar juntos, debes dejar fuera del consultorio la amargura que has cargado toda la vida. —Sus palabras, la manera en que las decía y su forma de mirarme como si yo fuera culpable y responsable de sus decisiones, comenzaron a exasperarme.

—¿Perdón? ¿Mi amargura? ¿Crees que estoy retrasando tu proceso de rehabilitación a propósito?

—Sí —contestó sin pensarlo—. Acabo de entrenar de maravilla durante media hora y mi rodilla está intacta. ¿Entonces por qué todo falló antier en tu sesión?

Indudablemente Manuel tuvo que haber llegado tarde a la repartición de neuronas porque no me cabía en la cabeza que estuviera diciendo semejante estupidez.

—¿Ah sí? ¿Estás súper bien? ¿Seguro?

No le di tiempo de responder, escuché pasos. El gimnasio ya había abierto y algunos de los jugadores comenzaban a llegar para entrenar.

Uno en particular llamó mi atención: Juandy.

El único que no lo admiraba. Aquel que lo confrontó en su primer día diciéndole que no era más que un ex jugador borracho.

Tragué saliva, pensando si debía o no hacerlo.

No obstante, el impulso terminó por ganarme.

Manuel estaba poniendo en duda mi profesionalismo y yo debía darle una lección.

—Juandy —elevé la voz, llamándolo.

Manuel me miró desconcertado.

—¿Qué estás haciendo?

Ignoré su pregunta.

Su compañero se acercó con curiosidad.

—¿Puedes ayudarme un segundo? —Juandy fijó los ojos en él con seriedad y luego en mí, esperando que terminara de hablar—. Vamos a hacer algo simple. Simula una presión por la izquierda. Nada agresivo… solo marca.

Soné tan técnica que me enorgullecí. Estas dos semanas en el club no estaban siendo en vano.

—¿Con Manuel? —él quiso ratificar.

—Sí.

Manuel soltó una risa incrédula.

—Julieta, no seas ridícula.

De nuevo simulé no escucharlo.

—Solo presión como sería en un partido. Quiero ver cómo responde.

Él dudó apenas un segundo. Después dio un paso atrás, preparándose.

Arango me sostuvo la mirada.

—No tienes que probar nada.

—Yo no —respondí, cruzándome de brazos—. Tú sí.

Juandy arrancó. Fue rápido, limpio y directo a su izquierda.

Manuel intentó girar sobre esa pierna confiado, no obstante, su rodilla no respondió con la misma seguridad. El movimiento se quedó a medias, un instante de inestabilidad y dolor que le borró la arrogancia del rostro.

Su compañero se detuvo.

—¿Todo bien? —preguntó, demasiado neutral para ser inocente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.