Manuel
—Otra vez sube con la izquierda —dijo Julieta, frunciendo el ceño y observándome con concentración.
Parecía una abuelita supervisando los primeros pasos de su nieto. Pensarlo me causó gracia, pero me abstuve de reír. No quería ser sacrificado por irrespetar sus métodos de trabajo.
—No estoy muy conven…
—No es una montaña, Manuel. Son veinte centímetros —contestó con disgusto, cruzándose de brazos.
Asentí y apoyé el pie sobre la caja, empujando mi cuerpo hacia arriba. El músculo tembló como en ocasiones anteriores, solo que esta vez conseguí completar el movimiento sin sentir que iba a desplomarme.
—¡Bien! —Julieta aplaudió, con una sonrisa amplia iluminando su rostro.
Respiré agitado por el esfuerzo.
Al final iba a tener que admitir que esos “ejercicios absurdos” de mi fisioterapeuta sí servían para algo.
Desde la rueda de prensa la dinámica había cambiado un poco entre nosotros. Ya no veía como un imposible que conviviéramos en armonía.
De vez en cuando el momento, donde le respondía al periodista, se reproducía en mi mente, arrebatándome una sonrisa traicionera. Las mismas que solía despertarme cuando éramos un par de adolescentes.
Siempre pensé que, probablemente, si nos hubiéramos preocupado menos por competir, por destacar y por atacar; y hubiéramos comunicado más, hoy en día seríamos grandes amigos… o algo parecido.
—Ok, mañana el doctor te hará unos exámenes de rutina, nada del otro mundo —se sentó en su escritorio y empezó a escribir en su libreta de monitoreo—. Con eso completaré el informe de avances de tu primer mes. Si continúas así, siguiendo mis instrucciones y cuidándote, estarás en la cancha incluso antes de los seis meses, Arango.
Arango… bueno, todo no era perfecto aún.
—Entendido, doc —contesté, simulando un saludo militar.
Ella negó con la cabeza y entornó los ojos, aunque noté diversión en su expresión.
—Es todo por hoy, puedes irte.
Asentí y me acomodé la rodillera antes de ponerme de pie.
—Por cierto, ¿vas a ir hoy a la reunión familiar? —pregunté—. ¿Tu hermana te dijo para qué nos citaron o también te tiene en suspenso?
Ladeó la cabeza unos segundos, terminó de escribir y cerró el cuaderno.
—No, nada de nada.
Julieta comenzó a guardar las cosas en su bolso y ambos nos dirigimos a la puerta.
—Pero no sé si iré. Mi auto está en el taller y Eliza tuvo que hacer doble turno, así que no tengo…
—Si quieres yo te llevo —propuse, provocando que ella entrecerrara los ojos.
Me miró con sospecha, como si no creyera que tanta afabilidad pudiera provenir de mí.
—No sé…
—¿Por qué? Vamos para el mismo lugar, ¿qué tiene?
—Que no quiero que piensen que ya somos los más grandes amigos —señaló, demostrando que para ella eso no era una posibilidad—. Tienes claro que no lo somos, ¿no?
—Tranquila, no he dicho que lo seamos. —Arrugué el entrecejo y alcé ambas manos, intentando que le bajara un cambio a su revolución.
Solamente le estaba ofreciendo un aventón, no le estaba pidiendo matrimonio.
Se quedó en silencio ante mi respuesta y seguí caminando hacia la salida. Ella se mantuvo unos pasos más atrás.
Al llegar afuera, las gotas de lluvia resbalaban por el parabrisas de mi auto, y las hojas de los arboles se movían al compás del viento. Las personas comenzaron a correr por las calles, cubriéndose con sus chaquetas, en búsqueda de un lugar donde resguardarse.
Miré a Julieta, quien observaba el panorama con preocupación. No obstante, decidí callar. No le insistiría más para que aceptara mi ofrecimiento. Después terminaría pensando que mis intenciones reales eran concretar un plan de destrucción en su contra o, peor aún, que me había convertido en un acosador.
—Adiós, doc —hablé, abriendo la puerta del vehículo.
Me adentré en él y cuando estuve a punto de ponerlo en marcha, escuché su voz.
—¡Espera! —pidió, asomándose por la ventana del copiloto. Permaneció callada por un momento, parecía que le costaba pronunciar palabra alguna. Ambos éramos orgullosos, de eso no me cabía duda. Tener que aceptar ayuda de mi parte podía ser la peor humillación para ella—. Llévame.
Claro, Julieta no tendría la humildad de “pedir el favor”. Incliné la cabeza, sonriendo y abrí la puerta para que entrara.
Ella tomó su lugar, aun en silencio, puse el auto en movimiento y ninguno de los dos se preocupó por decir algo.
Dos semáforos después, tanto mutismo comenzaba a desesperarme. Encendí el estéreo, conecté mi celular y la canción “Sentada aquí en mi alma” de Chayanne se reprodujo.
Julieta por fin me miró.
—No pensé que todavía escucharas baladas —comentó de manera inesperada, apretando los labios.
¿Acaso quería burlarse de mí?
Las baladas románticas eran mi gusto culposo.
Por más que aparentara ser ese hombre imposible de capturar, de espíritu libre y que dominaba todo en su vida, adentro y fuera de la cancha, había algo en esas canciones que me calaba hondo.
Y casi podría asegurar que, a todos, alguna vez en la vida, les pasaba.
—¿Se lo contarás a los periodistas? —consulté, viéndola de reojo.
Ella bajó la cabeza y desvió la mirada hacia sus manos, jugando con el cinturón de seguridad entre sus dedos. No hizo ningún comentario; simplemente se encogió de hombros y arqueó levemente las cejas.
Avancé unos metros más, el parabrisas cubierto de lluvia y la caída progresiva de las gotas, parecían marcar el ritmo de nuestro silencio.
Era el viaje en auto más apagado que tenía en años y, sorpresivamente, no me incomodaba.
Respiré hondo y apreté ligeramente el volante, noté que se abrazó a sí misma.
—Hace frío —murmuró.
Sin decir nada, bajé el aire que venía directo hacia ella y subí un par de grados la calefacción. No era mucho, solo lo suficiente para que se acomodara mejor.
Editado: 28.03.2026