Julieta
—Y entonces fuimos a comprar un cohete para tener nuestra primera cita en la luna…
—Ah sí, genial —respondí, con la mirada perdida en la cancha.
—¡Julieta! —Linda se cruzó de brazos molesta, provocando que mi cerebro reaccionara—. No me estás prestando atención.
—Sí lo hacía —mentí, poniendo mis ojos sobre ella.
—Aja, porque es súper normal comprar un cohete y cenar en la luna, ¿cierto?
—Si el hombre con el que sales es un astronauta no me sonaría tan descabellado.
—La que está en la luna eres tú. ¿Me dirás qué te pasa?
Solté un suspiro. Precisamente intentaba evitar a toda costa pensar en lo que me pasaba. Como siempre, tenía que ser Manuel.
Ese abrazo de anoche no me había gustado. Para nada.
El hecho de que intentara mantener una interacción tranquila con él porque el trabajo nos obligaba a estar juntos, no significaba que le tuviera confianza. Y haber reaccionado así… me descolocaba.
¿En qué momento había bajado la guardia de esa manera?
Fruncí el ceño, molesta conmigo misma por haber caído en ese error.
Si quería lograr mis objetivos y que mi vida siguiera como siempre, tendría que ser más firme. Arango no podía sentir que nuestra relación estaba cambiando. Solo éramos fisioterapeuta y paciente. Nunca hemos sido amigos, ni lo seremos. Fin.
Cuando iba a responder su pregunta, su actitud cambió de repente. Comenzó a peinar su cabello oscuro con los dedos y se irguió en su lugar.
Su visión ahora era acaparada por una nueva presencia en el campo.
—¿Qué pasa? —la examiné con desconcierto.
—¿Me veo bien?
—Sí, ¿por qué?
Su mirada volvió al hombre. El agente de Manuel.
Ambos conversaban con Diego mientras los jugadores recogían sus cosas para irse.
—Es muy apuesto —comentó con intensidad, mordiéndose ligeramente el labio inferior.
Ladeé la cabeza.
—¿Quién? ¿Arango?
—¡No! Bolty.
—Oh.
—Quiero salir con él —aseveró, afirmando con la cabeza.
—¿Siquiera han conversado?
—Sí, hemos hablado un par de veces por mensaje, pero…
—¿Pero?
—Está un poco obsesionado por el progreso de su cliente.
¿Por qué no se me hacía raro?
Parecía que, de alguna forma, todo terminaba girando en torno a Manuel.
Incluso mi carrera estaba conectada con la de él.
Pff.
—Entonces cambia de objetivo, amiga. ¿A qué hombre le interesa más otro hombre que salir con una mujer como tú? —cuestioné, agitando la cabeza y liberando una respiración pesada.
—A un hombre comprometido con su trabajo —lo defendió, señalándome con el dedo—. Solo tengo que lograr que se relaje un poco.
—¿Y cómo se supone que harás que se relaje un poco? —hice comillas al decir “un poco”.
—Demostrándole que su cliente está en las mejores manos.
Alcé una ceja, esperando que terminara de hablar.
—Podríamos salir en grupo.
Parpadeé varias veces, sospechando hacia dónde se dirigía la conversación.
—¿Podríamos?
—Sí, él dijo que estaba pensando reunirse contigo y Manuel. Podemos ir las dos, como yo llevo más tiempo en el club, no tiene nada de raro que te acompañe. Es más —añadió, inclinándose un poco hacia mí—, podemos decir que es una cena para compartir opiniones profesionales sobre el progreso de Manuel, las posibilidades que tiene de recuperarse para la próxima temporada y ya luego ustedes nos dejan solos.
Hizo una pausa, luciendo satisfecha por su idea.
—Él se sentirá más tranquilo de conocer el estado real de su cliente y terminará pasando una noche maravillosa conmigo.
La miré unos segundos en silencio, procesando cada parte de su “plan perfecto”.
—Suena… conveniente —murmuré al final sin ocultar del todo el escepticismo.
—¡Lo es! —insistió de inmediato—. Es perfecto.
Me crucé de brazos.
—Es una reunión de trabajo, Linda. No una excusa para que intentes seducir al agente de mi paciente.
—Nuestro paciente —corrigió, señalándome—. Y no estoy intentando seducirlo… solo voy a darle una experiencia agradable.
Solté el aire por la nariz, negando levemente.
—Claro. Muy profesional todo.
—Julieta —alargó mi nombre con impaciencia—, no te estoy pidiendo nada imposible. Solo… acompáñame. Tú hablas de lo tuyo, yo hago lo mío, y todos ganamos.
Mi mirada volvió, casi por inercia, hacia el campo.
Manuel seguía ahí.
—No me gusta mezclar lo personal con lo profesional —murmuré, más para mí que para ella.
—No estás mezclando nada —replicó enseguida—. Literalmente es tu trabajo.
Eso era lo peor, que tenía razón.
Apreté los labios, molesta.
—Si esto se sale de control, es tu problema.
La sonrisa que se le formó fue inmediata.
—Entonces eso es un sí.
—Eso es un “lo voy a pensar” —corregí, dándole una última mirada antes de girarme—. No te emociones.
—Sí, como digas —canturreó—. Lo voy reservando entonces.
Liberé un suspiro, esperando que esa reunión no terminara siendo tan incómoda como ya la imaginaba.
⚽⚽⚽
Por primera vez, el balón no sonaba igual cuando Manuel lo tocaba.
En sus días de gloria había velocidad, fuerza, y un ritmo agresivo que solía caracterizarlo en la cancha.
Hoy, solo veía pequeños golpes secos contra el césped, medidos, casi calculados… como si cada movimiento tuviera permiso limitado.
Avanzaba despacio, guiando el balón con la parte interna del pie, cambiándolo de dirección en pasos cortos. Nada de giros bruscos. Nada de arranques. Solo control.
Demasiado control.
Me crucé de brazos, observándolo desde la línea lateral mientras el resto del equipo descansaba unos metros más allá. Diego hablaba con Camilo, ambos atentos a cada paso que Arango daba, como si en cualquier momento algo pudiera salir mal.
—No levantes tanto el pie —dije, sin moverme de mi sitio—. Mantén el balón pegado. No estás esquivando a nadie.
Editado: 28.03.2026