Las condenadas

Prefacio

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La vela roja se apaga cuando soplo sobre su llama danzarina. La mecha ardiente muere despacio para convertirse en una serpiente de humo blanco que asciende en forma de espirales hasta el techo de madera dejando una estela casi imperceptible ante mis ojos. Los tirantes redondos moldeados de troncos de árboles crujen bajo el frío que ha llegado hace unos días para azotar la aldea. También suelta un quejido el piso detrás de mí justo antes de quedarme en la penumbra. Casi toda la luz del lugar se ha ido en un segundo. Mi verdugo ha venido a buscarme de forma puntual, es la hora pactada, tal cual y decía en el comunicado que clavaron en la puerta principal de mi casa creando nuevas grietas en ella.

Hoy es el día en que debo morir colgada frente a la vista de todos los curiosos del pueblo y ahora, mis nuevos enemigos. No voy a engañarme creyendo que hay salida de esto; ni siquiera con lo que acabo de hacer. Tal vez en otra vida.

Artemis se esconde en lo alto del techo ocultando bajo sus pequeñas garras filosas el objeto que le dejé a cargo y cuidado. Creo que entendió lo que debía hacer con él apenas mis pies dejaran de danzar sobre la nada. La hermosa ave pasa desapercibida a pesar de lo enorme que es y de la blancura de su plumaje. No le harían daño alguno pero de todos modos no quiero que lo vean y como si la criatura supiera, decide ocultarse en un rincón entre las telas de araña del cielo raso.

Hay un espejo ovalado y grande frente a mí, tiene unas bonitas rosas talladas en la madera opaca. Estas se unen entre sí con tallos espinosos entrelazados que recorren toda la silueta del espejo. Solía contemplar esos bordes cuando era pequeña y trazar las flores con mis dedos mientras mamá me contaba la historia de cómo había llegado hasta ella a través de algunas generaciones y había sobrevivido un largo viaje en barco por el océano furioso. Puedo verme completa sobre el cristal gracias a los tenues rayos de luz que ingresan por la ventana redonda sobre la pared de madera. Su marco imita una cruz y su sombra oscura se calca perfecta en el piso bajo mis pies. Todas las señales apuntan hacia mi trágico fin.

Me he puesto un vestido rojo del color de mi largo cabello que ahora está lleno de bucles. El atuendo es simple y liso como los que uso siempre porque Dios no permita que las de nuestra clase lleven vestidos acampanados con adornos fabricados en hilo de plata. Este es simplemente rojo oscuro como la sangre espesa que nace de una herida recién causada o el vino tinto que permanece en el fondo de una copa cuando la fiesta se ha terminado. Parece la primera gota de sangre que asoma en la yema de los dedos luego de un pinchazo con la aguja. Creo que eso soy en este preciso momento; un daño colateral tonto y descuidado.

El vestido es ceñido en la cintura, tiene un escote pronunciado y deja la blanca piel de mi espalda bastante expuesta. Parece que lo confeccioné justo para la ocasión. Pensé que si iba a morir era mejor hacerlo causando impacto. Es el momento indicado para vestirme así ya que no tendré más oportunidades. Aquel pensamiento consigue sacarme una sonrisa incluso en tan dramático momento.

En la boca todavía saboreo las palabras amargas que dije antes de que la vela se apagara. Rondan mi cabeza y se trazan en imaginaria tinta negra detrás de mis párpados mientras el hombre corpulento de aliento horrible aprieta mi brazo flaco y me hace bajar las escaleras por la fuerza. Es él quien hizo crujir la madera antes perturbando mi paz y mi silenciosa despedida. La lengua me sabe a hierro y sangre y escucho al gran búho blanco aletear una última vez entre los tirantes. Se que se siente incómodo y nervioso ante la escena que ven sus redondos ojos. Eso sucede cuando sabes que nunca más verás a alguien a quien quieres. Nunca pensé que un animal podría brindarme un amor tan incondicional. Ya ni recuerdo cómo fue que esa criatura majestuosa llegó a mi ventana. Deben creer que es mi ayudante oscuro, un familiar, creo que ese el término que utilizan. ¡Qué gente ilusa! Ya no pienso en eso y me dedico a imaginar que algunas plumas de Artemis caen al suelo como lo hacen los copos de nieve afuera. Ha sido el invierno más crudo que he vivido desde que tengo uso de razón y ha sido arduo en varios aspectos; en la mayoría de ellos me atrevería a decir.

Al llegar a la planta baja escucho a mi madre sollozar sobre el pecho de mi padre que la envuelve con sus brazos protectores. Ella ni siquiera puede verme a los ojos ahora, solo se dedica a mojar la camiseta marrón de él con sus lágrimas. Papá sí me mira. Me echa un vistazo cargado de un profundo desprecio y creo que lo hace hasta con repulsión. Porque, ¿quién soy yo para decidir no casarme con un noble que pide mi mano en matrimonio? ¿Quién soy yo para negarle a Richard Callaghan el privilegio de recibir una dote de animales y dinero por casarse conmigo? Mi progenitor trabajó a sol y sombra para conseguir dicha dote y yo dejo que todo se eche a perder. Soy una egoísta desagradecida ante sus ojos. ¿Con qué derechos me creo para que a mi edad, veinticuatro años cumplidos hace un par de meses y ya una vieja para este mundo, piense que puedo elegir al hombre que quiero por amor y no conveniencia? El rostro tierno de Robert Eaton se desvanece como un fantasma entre la niebla de mi mente. Esta lo devora entero sin piedad; cara y cuerpo se esfuman como si estuvieran hechos de rocío. Será ahora un recuerdo más que me llevaré en el corazón. No digo a la tumba porque no creo contar con esa suerte. Las que están en mi condición no merecen el suelo sagrado o eso dicen los que llevan a cabo los juicios. Y esto de juicio no tiene nada, se saltaron los pasos para llegar directamente a la condena. Los cementerios no fueron hechos para nosotras y nuestros corazones oscuros. Aún así, al final del día, todos sangramos de la misma manera y nos volvemos polvo fácilmente cuando morimos. Algunos antes, otros después, pero todos seremos un eco del pasado y seremos olvidados con el inevitable paso de los años.




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