Las condenadas

Capítulo 1

Pienso que volver a Lawrence significa la muerte. No de una manera literal por supuesto, pero en muchos aspectos tal vez lo sea. Una siempre tiende a ser un poco dramática cuando la vida decide pintarse de gris, pero con lo que me ha sucedido siento que retroceder es marchitar lentamente. Creo que iré a desvanecerme por completo en ese lugar. Si algo quedaba de mí, algún rastro, allí se esfumará. Este regreso de alguna manera significa una muerte porque es el final de un bello amor y quizá, de mi carrera escribiendo libros también.

Apenas terminé la escuela secundaria decidí no tomarme un año sabático como harían la mayoría de mis compañeros. Algunos iban a viajar por Europa o hacer voluntariados para sumar experiencia pero yo estaba muy decidida a seguir estudiando algo de inmediato. Dejé mi ciudad natal con sus viejas fábricas de paredes grises y húmedas sobre el río Merrimack y me mudé a Boston para hacer un Máster en Escritura Creativa. Amo los libros y el olor de sus páginas más que a cualquier otra cosa en este mundo. Devoro novelas y todo lo que puedo leer y en mis ratos libres también escribo. De todos modos sabía que cumplir ese sueño, el de ser una escritora profesional, iba a ser difícil y no pagaría con ello el alquiler del apartamento y los tantos otros libros que quisiera comprarme. Pero aun así perseguí el sueño con voluntad inquebrantable. Había días más decepcionantes que otros pero nunca bajé los brazos. Siempre me encontraba volviendo a esa pasión y haciendo algo cada día, por más mínimo que fuera, para lograr mi objetivo. Pensé que esos estudios que había elegido se adaptaban bastante a lo que me gustaba hacer así que me hallé en una etapa plena.

Luego de un tiempo de adaptación en la nueva ciudad y la universidad, cuando cumplí veintidós años conseguí trabajo promocionando los libros de una de las editoriales más famosas, de esas que tienen sucursales en varios países alrededor del mundo. Hacía reseñas y grababa videos opinando sobre las obras en un canal de Youtube. Después de varios meses de trabajar con ellos y también animarme a mostrar entre mis seguidores lo que yo escribía, conseguí que uno de los editores más influyentes de esa casa, leyera un manuscrito en el que había trabajado por años. Había pasado casi toda mi adolescencia escribiendo dicha historia, viendo las estaciones cambiar a través de la ventana mientras las páginas iban aumentando a medida que la trama se volvía más interesante. Era un juego para mí en verdad pero eso me llevó a conseguir mi sueño finalmente.

Cicatrices de tinta se convirtió en un éxito absoluto y demasiado rápido llegó a los primeros puestos en las listas de los más vendidos del New York Times. Mi héroe juvenil tatuado, Max, se robó el corazón de muchas lectoras que disfrutaban de historias paranormales que en ciertas escenas lograban subir la temperatura. Pero también atrapó a chicos, que al igual que yo, leían todo lo que los apasionara e hiciera complicada la tarea de irse a dormir temprano sin antes leer un capítulo más. Sobra decir que mi ultimo año en la universidad fue cuesta arriba y por eso abandoné mi carrera con la idea de retomarla en otro momento. Creo que ese no fue un movimiento inteligente de mi parte porque siempre es necesario tener un título de respaldo por el si el plan A sale mal. A pesar de tener sueños soy una persona que vive con los pies en la tierra.

Todo ese año me dediqué de lleno a promocionar el libro y recorrer distintas ciudades. Visité decenas de librerías en Estados Unidos, Canadá y algunas en México. En cada una de ellas siempre me esperaban los lectores con osos de felpa y posters con letras preciosas que formaban mi nombre y estaban adornadas con brillos. Grupos de chicas se habían hecho camisetas negras con el nombre de Max en blanco sobre la espalda y debajo aparecía su tatuaje más llamativo; ese que bastante me costó describir en la historia para que pudieran visualizarlo en sus mentes. Pude dar charlas en ferias de libros, escuelas y firmé unos cuantos autógrafos. ¡Qué locura! Supongo que al ser una autora joven los adolescentes y jóvenes adultos sentían mucha empatía conmigo. Me lo hacían notar en las redes sociales también. Creo que eso fue lo que me consiguió el contrato al fin y al cabo. La gran cantidad de gente que seguía mis redes sociales eran ventas aseguradas para la editorial. Incluso tenían proyectos para publicar mi obra en otros países e idiomas pero querían al menos dos libros más completamente terminados, como única condición. Debido al frenesí que estaba viviendo, no me parecía una tarea complicada. La historia de mi guerrero tatuado debía extenderse y no dudaba que con el correr de los años lo vería destruir demonios en la gran pantalla, alentado por sus fanáticos desde las butacas en los cines alrededor del mundo.

Luego de esa cansadora gira y cuando por fin estaba en calma luego de semejante experiencia llegó a mi cabeza una idea. Un cabo suelto que había dejado a propósito en el primer libro ahora pedía ser atado finalmente. Una nunca sabe cuando viejas historias pueden volver a retomarse. Cuando había logrado escribir un primer capítulo que lo tenía todo, que sabía que tenía el enganche necesario y del cual me sentí realmente orgullosa, Derek, mi prometido, murió en un terrible accidente automovilístico de camino a su trabajo en la compañía en la que se desempeñaba como asesor legal hacía unos cuantos meses.

Él era un abogado unos años mayor que yo y su familia era bastante acomodada en Boston. Nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de mi amiga Lauren. Todavía recuerdo su sonrisa blanca y los hoyuelos en sus mejillas bajo las lámparas blancas que colgaban de cables por toda la terraza del edificio donde vive mi amiga. Levantó su vaso a modo de saludo y me miró fijo a los ojos. Había estrellas sobre su cabeza y en el cielo. Creo que en mi mirada también. Fue como la escena de una película que nunca vas a olvidarte o una fotografía tomada en el momento justo. Luego de ese primer encuentro tuvimos varias citas. Salimos por más de un año hasta que ambos logramos el éxito que esperábamos en nuestras profesiones. Cuando Derek sintió que era el momento indicado me regaló un libro de Virginia Woolf. Era una enorme colección de todas sus novelas. Lo compramos en Brattle, mi librería favorita de Boston. Pero esta copia era diferente, única y especial porque traía una sortija dentro. Acepté el compromiso sin duda alguna. Hasta allí todo fue una historia feliz de sueños cumplidos.




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