Las condenadas

Capítulo 2

Contemplo con fascinación un remolino de cabellos rojos que se revuelve en el agua sucia llena de ramas y hojas secas. No veo su rostro completo pero sus ojos aparecen detrás del pelo. Y luego desciende despacio, como la cara de una muñeca de porcelana. Cuando el agua se tranquiliza y se vuelve clara parece un espejo en el que se refleja algo. Levanto la mirada para ver pies que flotan en el aire siguiendo una danza secreta. Ya no hay agua debajo de ellos. Las bailarinas están sujetas por sus bonitos cuellos y las cuerdas se vuelven tensas de repente y zumban en el silencio más letales que serpientes. Causan el impacto de mil látigos poderosos sobre espaldas. Hay unos hermosos copos de nieve volando por todo el lugar, se desprenden desde gordas nubes grises en el cielo y son atrapados por pestañas cual trozos de algodón. Envuelven todo como las cenizas que quedan flotando sobre la ciudad luego de un gran incendio. También descubro dedos tiznados en las manos que descansan a ambos lados del cuerpo sin vida de la mujer que ya no baila en el aire. Un precioso vestido carmesí cae como un telón y llueven plumas blancas con manchitas grises en las puntas. Aparece una santa de capa majestuosa y sonrisa traviesa rodeada de árboles que quieren rasguñar el cielo y frente a ella una mujer con los ojos vendados aplaudiendo. Contemplo manos que se sueltan de otras desgarrando almas y lágrimas que trazan senderos en mejillas sucias; últimos latidos de un corazón que amó con fuerza. Polillas enormes van y vienen. Traen la muerte y la vida sobre sus alas hermosas que hacen cosquillas en el rostro.

Despierto sintiendo dos cosas. Caricias en el rostro que me hacen estremecer y un dolor terrible en el pecho que parece un infarto. Me lleno de miedo porque no puedo articular palabra para pedir ayuda. Siento que es mi hora y tal vez Derek me está esperando al final de la escalera rodeado de luz. Pero los minutos pasan y no hay desenlace trágico, ni siquiera un brazo con dolor. Aquello es una mezcla de algo físico y una pena inexplicable que se ha instalado en mi corazón. Experimento angustia y rabia en partes iguales. Todo eso decide aferrarse a mi pecho con filosas garras y no me permite respirar. Creo que es incluso peor que un ataque. También me arde la garganta por dentro y por fuera se siente como si la piel estuviera en carne viva y me quemara. Por suerte dejé un vaso con agua a medio terminar por la noche sobre la mesa de luz. A pesar de que tengo las ventanas cerradas huelo humo. Alguien debe estar quemando hojas secas en su jardín, supongo, porque es demasiado temprano como para estar haciendo una barbacoa.

Ya han pasado varios días desde mi llegada a Lawrence y todavía no se alejan esas pesadillas horribles que comenzaron en Boston. Quería echarle la culpa a este lugar pero no estaría siendo honesta conmigo misma. Los sueños comenzaron días después de la muerte de Derek. No eran tan reales al principio y las imágenes eran menos claras pero no puedo decir que no haya soñado con algunas de estas cosas. Inconscientemente pensé que al volver a mi ciudad natal, a la casa familiar, todo eso terminaría. Bueno, por lo visto no es así.

Trato de alejar la horrenda sensación que ha venido a atacarme tomando el celular para buscar alguna distracción en redes sociales donde sigo cuentas de libros. Un cuadro me notifica que tengo un mensaje nuevo de mi amiga Lauren o Laurie, como yo le digo.

Apróntate y ponte linda que te llevaré a almorzar. Eso dice el texto y tiene unos emoticones que imitan comida. ¡O sea que Lauren ha venido a mi ciudad! Es ahí cuando lo sé y una idea se mete en mi cabeza. Debe estar organizando una fiesta sorpresa por mi cumpleaños. ¡Voy a matarla! Sabe cuanto detesto esas cosas y las ese tipo de celebraciones. No creo que sea el momento más apropiado.

Luego del desayuno y cuando pasan unas horas, me pongo un vestido blanco liviano a pesar de que el otoño ha llegado con sus hojas marrones, rojas y amarillas. Esa prenda siempre ha sido mi favorito. Le agrego un cinto oscuro para cortar con tanta claridad. Este define muy bien mi cintura. Me pongo unos zapatos que no tienen un taco muy alto. Para finalizar, sobre el vestido me pongo un saco de hilo fino de un tono más oscuro. Arreglo mi pelo negro en una cola de caballo alta, como siempre, y decido darle algo de color a mis mejillas, párpados y labios. Todo en tonos muy naturales que no llaman demasiado la atención. Creo que estoy lista y sonrío porque me veo con un poco más de vida que los días anteriores. Pongo lo necesario en un pequeño bolso de cuero y escucho el timbre sonar en el piso de abajo. Mamá hace un escándalo y se que está dándole la bienvenida a Laurie. En el fondo me alegra que la conozcan, en realidad lo hicieron pero otro era el contexto. Ella es mi mejor amiga y ha estado ahí siempre cuando la necesité. Incluso en momentos en los que no lo merecía.

Bajo las escaleras rápidamente con el riesgo de rodar hacia abajo y tengo que detenerme un segundo porque siento un escalofrío recorrerme de pies a cabeza. Tengo que aferrarme a la baranda de madera. Por un momento la pared llena de retratos familiares se transforma en otra. No creo que mis padres hayan remodelado la casa de la noche a la mañana. Solo es una simple pared de madera pintada de celeste y los escalones son más rústicos. Se ven gastados y llenos de vetas en la madera. Respiro profundo y visto mi rostro con una sonrisa enorme, los retratos vuelven a su lugar al igual que el color pastel de la casa. ¿Qué demonios me está pasando? Agito la cabeza para alejar las imágenes que huyen de mi como cuervos asustados.

Llego hasta Lauren y le doy un fuerte abrazo y mi mamá hace uno de esos sonidos tiernos, como si soltara un chillido. Hablamos por unos minutos luego de que la presento como corresponde y ella dice que se está alojando en un hotel en el centro y que serán unos días hasta que pase mi cumpleaños. Papá ya le había ofrecido una habitación en la casa. La idea no me disgusta para nada porque Lauren me ata a otra parte linda de mi vida, a unos años muy felices en Boston. Pero ella declina la oferta, siempre ha sido muy independiente.




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