Las condenadas

Capítulo 3

Me paso gran parte de la mañana del día de mi cumpleaños en la cama. Casi arruiné la noche anterior actuando como una loca a punto de desvanecerse frente a todos. Recuerdo como detesto las miradas de lástima. La tragedia no es lo único que soy ni debería definirme. La recepción de mi nuevo año de vida ha llegado de forma turbulenta. Por alguna razón no me gustan esas celebraciones así que es hora de dejar de obligarme a realizarlas.

Ya tengo veinticuatro años y mamá todavía deja sobre la mesita de luz una bandeja de madera cargada de masas dulces. Pero noto que debajo, en el suelo, hay una canasta llena de cosas y una tarjeta. Es un regalo de partida de mi amiga Lauren. También hay un café humeante que huele delicioso y un pequeño frasco con una cinta celeste contiene las hortensias azules más bonitas que he visto en muchos años. El otoño no ha podido acabar con el jardín de mamá y tampoco con su vivero en las afueras de la ciudad. Es allí donde se pasa la gran parte del día y creo que su vida. Sus flores decoran bodas, eventos municipales, sepelios y otras ocasiones. Papá nunca pensó que ella lograría tener los ingresos que obtiene cuando le prestó dinero para la inversión. Un punto para mamá. Las flores que me ha obsequiado conservan el bello color del mar en sus delicados pétalos. Las observo en detalle y encuentro un sentimiento de familiaridad en ellos que me es imposible de explicar. Tengo recuerdos de haberlas visto cubiertas de nieve alguna vez. Tal vez cuando era pequeña, en alguna excursión o paseo familiar al campo. No me es del todo claro y no creo que esa sea una cualidad que pueda pedirle a mi mente revuelta ahora.

Luego de desayunar en la cama busco la laptop para ponerla sobre mis piernas extendidas e intento escribir pero no hago más que subir y bajar por las páginas de ese primer capítulo al que decido darle una chance más. Se que Max me mira desde el archivo lanzando sus espadas curvas al aire y volviendo a atraparlas, esperando que cree más monstruos horrendos que aniquilar. Pero las palabras y las bestias se resisten a salir del escondite que han encontrado en el fondo de mi cabeza. Descansan en un nido cálido que las protege de la luz y allí quieren quedarse de momento.

Al no poder con eso, creo que es hora de salir a caminar por Lawrence para respirar aire fresco y tratar de encontrar la inspiración porque ella no vendrá a mí si me quedo encerrada en el cuarto. Creo que una librería es el mejor lugar para lograrlo y luego de una hora me meto en una que está junto a la tienda de mi abuela. Recorro los anaqueles polvorientos posando mis ojos en los títulos y mis dedos en los lomos de las novelas. Hay copias y ediciones tan bonitas allí que me las llevaría todas. Debe haber algunas joyas antiguas perdidas por el lugar que los demás ven solo como libros viejos.

Encuentro la sección juvenil sin buscarla y eso me sorprende. No pensé que en las librerías de mi ciudad estuvieran actualizados con el movimiento young adult. A veces creo que juzgo demasiado y eso no está bien. Me detengo en seco y una sonrisa se pinta en mis labios nacida de la nada. Hay una mesita redonda en el centro de la sala donde decenas de copias de mi libro forman una torre que alguien pasó bastante tiempo construyendo. Está acompañada de una foto mía en blanco y negro sobre la pila de libros con una inscripción que dice: AUTORA LOCAL ÉXITO EN VENTAS DEL NEW YORK TIMES. ¡Que nostalgia me produce! Con el paso del tiempo, otras librerías de Boston ya lo han retirado de las vidrieras. Otro punto para Lawrence. Creo que con ese ya van dos.

Es hora de escapar de allí por si al chico que está detrás del mostrador se le ocurre hacer sonar la alarma diciendo que me encuentro en la tienda. En este momento no soportaría tener que firmar primeras páginas y hablar de mi trabajo porque me siento una hipócrita. No he escrito nada luego de esa primera entrega. Además el muchacho tiene un rostro muy parecido al actor de You, y como suelo atraer la desgracia mejor me escabullo por la puerta y me meto al negocio de al lado.

Me encuentro a Nelly poniendo unas antiguas cajas musicales sobre las repisas que mas se ven cuando ingresas al lugar. Se me ocurre que lo que acabo de presenciar en la librería tiene algo que ver con ella pero descarto la idea. Debo darme algo de crédito y pensar que en Lawrence se sienten orgullosos de mí como en Kentwood lo hacen por Britney Spears.

—¿Emma? ¿Qué haces por aquí tan temprano por la mañana? Es tu cumpleaños, deberías quedarte durmiendo o comiendo cosas deliciosas —comenta levantando una ceja. En los rayos de luz que entran por las ventanas, las motas de polvo danzan como pequeñas hadas.

—Está bien, abuela. Estoy intentando salir de la cama un poco más y se siente bien. ¿Puedo ayudarte con aquella caja? Se ve más grande que las otras.

—¿Cuál? —pregunta y señala el objeto que está sobre el mostrador junto a la máquina registradora—. Seguro que pensaste que tu abuela no iba a regalarte nada. Esa no está a la venta ni produce música. Es para ti, querida.

—¡Te saliste con la tuya! Tenías que conseguirme algo. Podrías ser muy buena amiga de Lauren —digo sonriente porque aunque una se hace la modesta, ¿a quién no le gusta recibir regalos en su cumpleaños?

Sacudo la cabeza pensando en que ella debe haberle ayudado a Laurie con la fiesta y miro en la dirección que ella apunta con su dedo. Observo con más detalle la gran caja cuadrada. No está envuelta en papel de regalo ni tiene un adornado moño encima. Simplemente está allí y ahora me pertenece. Cuando me acerco noto que la madera es de un profundo color negro. Cada esquina del cubo oscuro tiene detalles en metal plateado. Un triángulo brillante que cubre todas las puntas a modo de bisagras que la mantienen armada. Levanto la tapa con mucha expectativa por lo que puede haber adentro y veo un libro. ¡Dios! Estoy hiperventilando. Un libro es uno de los mejores regalos que pueden hacerme. En Boston no podía creer que mis amigos no me obsequiaran novelas en ocasiones especiales. Conmigo no es difícil decidir qué regalo comprar.




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