Desde esa conversación, Elías empezó a sentarse cerca.
No con ella.
Cerca.
Lo suficiente para notar cuando Mara apretaba el bolígrafo hasta que sus nudillos se volvían blancos.
Lo suficiente para escuchar cuando suspiraba, como si cargar el aire fuera demasiado.
—No tienes que cerrar el cuaderno —le dijo un día, sin mirarla—. No estoy leyendo.
—No es por eso —respondió ella, más seca de lo que pretendía.
Él sonrió apenas.
—Nunca lo es.
Ese comentario se le quedó clavado.
Mara no sabía qué era peor: que él no insistiera… o que pareciera entenderla sin pedir explicaciones.