Se quedaron después de clases.
El aula vacía tenía un eco incómodo.
—¿Qué escribes cuando nadie te ve? —preguntó Elías.
Mara dudó.
Luego, sacó el cuaderno.
—Cosas que no debería sentir.
Él no pidió leer.
Solo dijo:
—Yo me fui de mi ciudad porque dije algo que no pude retirar después.
Ella levantó la mirada.
—¿Y dolió?
—Todavía.
Ese fue el momento exacto en que algo cambió.
Porque el silencio dejó de ser un refugio y empezó a ser una barrera.
Mara respiró hondo.
—Me llamo Mara —dijo—. Y tengo miedo de que, si alguien me conoce de verdad, se vaya.
Elías la miró como si esa confesión fuera un regalo frágil.
—Entonces quédate conmigo mientras no me vaya.
No era una promesa.
Era peor.
Era real.