El rumor ya no era un susurro.
Ahora tenía forma, nombre y versiones distintas dependiendo de quién lo contara.
Mara lo supo cuando dejó de existir en voz alta y empezó a ser señalada en voz baja.
—Escribió sobre alguien de aquí.
—Dicen que se cree mejor que todos.
—Por eso siempre está sola.
El cuaderno ya no era un refugio.
Era una amenaza.
En el baño, Mara se miró al espejo sin reconocerse. Tenía los ojos cansados, la mandíbula tensa. Cerró los puños.
No dije nada, pensó.
Nunca digo nada.
Pero el daño estaba hecho igual.
Cuando salió, Elías la esperaba en el pasillo.
—No tienes que enfrentarlos —le dijo—. No ahora.
—No quiero enfrentar a nadie —respondió ella—. Solo quiero que me dejen existir.
Elías apretó la mandíbula. Por primera vez, parecía molesto.
—A veces no te dejan elegir.
Y eso fue lo que más miedo le dio.