El quiebre llegó un lunes.
Un papel doblado dentro de su mochila.
Una copia de uno de sus textos.
Subrayado. Comentado. Expuesto.
Mara sintió el estómago caer.
No supo quién lo había sacado.
Solo supo que ya no era suyo.
Esa noche, rompió una página del cuaderno. Luego otra. Luego otra más.
Elías la encontró así, sentada en el suelo, rodeada de pedazos de palabras.
—Para —dijo, arrodillándose frente a ella.
—No sirvió —sollozó—. Nada sirvió.
Él tomó uno de los fragmentos. Leyó.
—Esto… —tragó saliva— esto es hermoso, Mara.
—Es peligroso.
—Es verdad.
Ella lo miró, rota.
—¿Y si decirla me cuesta todo?
Elías dudó.
Y esa duda fue una respuesta.