Elías dejó de sentarse cerca.
No por crueldad.
Por miedo.
Mara lo notó en los detalles:
en los silencios más largos,
en las miradas que no se quedaban,
en las palabras que se pensaban pero no se decían.
Una tarde, ella lo encaró.
—¿Te estás alejando?
Elías respiró hondo.
—Estoy tratando de no romperte más.
—No decides eso por mí.
—Mara… —dijo, cansado—. Yo ya perdí una vez por decir demasiado.
—Y yo me estoy perdiendo por no decir nada.
Se miraron como dos personas paradas al borde de algo irreversible.
—No sé cómo quedarme —admitió él.
—Yo no sé cómo pedirte que no te vayas.
Y eso dolió más que cualquier rumor.