Elías la esperó afuera, como al principio.
—Hablaste —dijo.
—Sí.
—Y no te rompiste.
—Todavía no.
Él sonrió, cansado.
—Lo hiciste mejor de lo que yo pude.
Mara lo miró.
—No te fuiste.
—No —admitió—. Solo tuve miedo de quedarme mal.
Ella dio un paso más cerca.
—No necesito que me salves. Solo que no desaparezcas.
Elías cerró los ojos un segundo.
—Puedo intentar quedarme —dijo—. Pero no prometo hacerlo bien.
—Yo tampoco —respondió ella—. Pero ya no quiero hacerlo sola.
No se tocaron.
No hizo falta.