Mara volvió a escribir.
No para esconderse.
No para protegerse.
Para existir.
Ya no rompía páginas.
Las firmaba.
El último texto del cuaderno decía:
No todas las palabras sanan.
Pero algunas te devuelven el nombre.
Y hoy, el mío, ya no me pesa.
Elías lo leyó semanas después.
—¿Puedo quedarme en este capítulo? —preguntó.
Mara sonrió, por primera vez sin miedo.
—Mientras no leas el final.