Y eso era más aterrador de lo que Mara había imaginado.
En los pasillos ya no se escuchaban risas abiertas, sino silencios largos. Miradas que dudaban antes de apartarse. Gente que no sabía si acercarse o fingir que nada había pasado.
Mara caminaba con la espalda recta, aunque por dentro todo temblara.
Así se siente existir, pensó. No era cómodo. Pero era real.
Elías no dijo nada ese día. Solo caminó a su lado. A la misma velocidad. Como si le recordara que no estaba sola, sin necesidad de palabras.
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