—Tengo miedo —admitió Elías esa tarde, sentados en las gradas vacías.
Mara lo miró, sorprendida.
—¿De qué?
—De acostumbrarme a esto —dijo—. A quedarme. A pensar que las cosas pueden salir bien.
Ella bajó la mirada.
—Yo tengo miedo de que un día te canses de todo esto… de mí.
El silencio se instaló entre ellos, pesado pero honesto.
—No sé cuánto dure —dijo él finalmente—. Pero hoy estoy aquí.
Mara asintió.
—Eso es suficiente por ahora.
No era una promesa eterna.
Era una decisión diaria.
Y eso la hacía más valiosa.