El pasado de Elías no llegó con gritos.
Llegó con un nombre escrito en la pantalla de su teléfono y una sensación antigua en el pecho.
—¿Todo bien? —preguntó Mara, aunque ya sabía la respuesta.
Elías tardó en asentir.
—No —dijo al fin—. Pero quiero intentar explicarlo.
Eso era nuevo.
Antes, él se habría ido.
—Me fui de mi ciudad porque dije algo que no debía —confesó—. No fue cruel… pero fue honesto. Y alguien se rompió por eso.
Mara no interrumpió.
—Desde entonces —continuó—, aprendí a callar. A medir cada palabra. A desaparecer cuando siento que importo demasiado.
Mara tragó saliva.
—Yo hago lo contrario —dijo—. Me desaparezco antes de importar.
Se miraron, reconociéndose en la herida del otro.