Mara no dejó de escribir.
Pero ya no lo hacía para esconderse.
Meses después, el cuaderno seguía ahí, gastado en las esquinas, lleno de páginas imperfectas. Algunas hablaban de miedo. Otras de esperanza. Ninguna pedía perdón por existir.
Elías estaba a su lado, no siempre cerca, no siempre seguro, pero real. Habían aprendido que quedarse no significaba prometerlo todo, sino elegirlo cuando se podía.
—¿Te arrepientes de haber hablado? —le preguntó él una tarde.
Mara pensó en los rumores, en las miradas, en las noches difíciles.
Luego negó con la cabeza.
—Me arrepiento de no haberlo hecho antes.
Elías sonrió.
No era un final perfecto.
Era uno honesto.
Y por primera vez, eso fue suficiente.