No tengo muchas cosas buenas que decir de ti.
Y no es porque no quiera, es porque no diste tiempo para eso.
No diste espacio para que los recuerdos bonitos crecieran.
Fuiste como un mal sueño que se repite cada noche, pero esta vez en carne viva.
Lo que sí tengo, es una puta montaña de cosas malas para decir.
Un montón de heridas abiertas que aún escuecen cuando las pienso.
Cuando todo se destapó, no te quedaste a enfrentar nada.
Recogiste tus mierdas y te fuiste con la otra.
Como si no tuvieras responsabilidades.
Como si no hubieras formado una familia.
Como si no fuéramos tus hijos.
Y lo más hijo de puta: no te fuiste del todo.
Ibas y venías.
Una semana allá, entre las piernas de tu amante —como si no te hubieras casado nunca—
y luego unos días acá, no porque nos extrañaras, sino porque esta era la casa de tus padres y, claro, los hijos siempre vuelven, ¿no?
Pues yo no quería que volvieras.
Porque cuando entrabas, el aire se volvía más denso.
Más sucio.
Mi madre nunca tuvo casa propia.
Desgraciadamente, tuvo que quedarse ahí, en la casa de tus papás.
Porque no teníamos a dónde más ir.
No teníamos ni un rincón que no oliera a traición.
Y teníamos que seguir comiéndonos tu sombra todos los días.
Yo empecé a fallar en la escuela.
De ser una niña aplicada, pasé a tener notas de mierda.
Mi mamá tuvo que ir varias veces a hablar con los profesores porque yo ya no me concentraba.
No me daba hambre.
No me interesaban ni los dibujos que antes me volvían loca.
Solo existía el puto dolor.
Ese que se te mete en el pecho y no te deja vivir.
Estaba ida.
Perdida.
Intentando endurecerme por dentro, levantar una coraza, mientras al mismo tiempo trataba de aguantar las mierdas que salían por la boca de tu papá, mi abuelo,
que siempre quería tener la maldita última palabra en todo.
No podía con él.
No podía con su arrogancia, con sus comentarios hirientes, con su manera de minimizar todo como si fuéramos muñecos rotos.
Poco a poco dejé de hablar con los demás en esa casa.
La mayoría eran cómplices por omisión.
Cómplices por callar.
Y sí, me llegué a molestar incluso con mi hermano.
El inocente.
El pequeño.
El que no tenía ni puta idea de lo que estaba pasando, pero igual se llevaba mi rabia.
A veces le gritaba sin razón.
Le respondía feo.
Y no se lo merecía.
Pero yo era una olla a presión,
llena de rabia, de ira, de dolor, de enfado, de estrés, de frustración, de asco.
Y tú, mientras tanto…
vagando.
De allá para acá.
Sin importarte una mierda lo que estaba pasando dentro de tus hijos.
Sin preguntarte si estábamos bien, si necesitábamos algo, si aún respirábamos entre tanta mierda.
Quizás mi hermano no lo sentía tanto, porque era un niño.
Demasiado pequeño para entender la magnitud de tu abandono.
Pero yo sí, cabrón.
YO SÍ.
Y mi madre también.
Esa mujer que te dio su amor, que creyó en ti, que te hizo padre.
Pero claro, para ti todo estaba de puta madre.
Tú tenías tu vida nueva, tu otra cama, tu otra mujer.
Para ti, ya no existíamos.
Y ni hablar de tus padres.
Siempre con la misma excusa de mierda:
> “Es que ya no hay amor.”
¿Quién carajo les dijo a ellos que era así?
¿Le preguntaron a mi madre si aún te amaba?
¿Se sentaron un puto día a preguntarle si todavía tenía esperanzas?
No. Nunca.
Porque para ustedes solo valía tu versión.
Solo contaba tu comodidad.
La única verdad que servía era la tuya.
Pasaron meses así.
Meses en los que tú seguías igual.
Con tus visitas intermitentes, tu presencia tóxica, tu silencio cobarde.
Y nosotros, intentando no rompernos más de lo que ya estábamos rotos.
Sobreviviendo.
Hasta que llegó el momento de cumplir mis 15 primaveras.
ESE momento.
Uno que para muchas niñas es un día feliz, especial, único.
Y tú, una vez más,
volviste a demostrar que tus hijos te importaban una soberana mierda.