Las Cosas Que No Dije En Voz Alta

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Antes de los 15 años, antes del vestido, antes de la fiesta, vienen las fotos.
Y no cualquier foto.
Las fotos de los quince.
Las que quedan para toda la vida.
Las que una enseña con orgullo, las que se cuelgan en la sala, las que guardas en un álbum especial.
Las que deberían ser la representación de uno de los días más importantes en la vida de una adolescente.

Ese día, en el estudio de fotos, me sentí ilusionada.
Fue uno de esos pocos momentos donde pude desconectarme del asco de realidad que vivía.
Vestidos de princesa, peinados, maquillaje, luces, poses.
Parecía un pequeño sueño.
Y mi mamá, como siempre, ahí.
Haciendo todo lo posible para verme feliz, para que sonriera de verdad, aunque fuera por unas horas.

Ella, con lo poco que tenía, con todo lo que había sufrido, con todo lo que le habías hecho,
siguió dándome lo mejor.

GRACIAS, MAMÁ.
Por eso y por todo.
Por aguantar lo inaguantable.
Por no quebrarte cuando lo más fácil hubiera sido rendirse.
Por seguir poniéndonos a nosotros primero.

Ese día fue bonito, sí.
Ese día, por fin, me sentí especial.
Por fin no era “la hija del que se fue”.
Era una quinceañera feliz, aunque sea por un puto ratito.

Pero no te voy a mentir:
me faltó algo.
O mejor dicho:
me faltaste tú, cabrón.

Me faltó tener una foto con mis dos padres.
Como mis amigas del aula, que me enseñaban las suyas: ellas en el medio, radiantes, con mamá y papá a los lados, todos felices, todos elegantes.
¿Y yo?
Yo no tenía eso.
Y me dolía.
Me dolía más de lo que quería admitir.

Y lo más jodido no es que no apareciste en las fotos.
Lo más jodido es saber que sí estuviste en otras.

Sí, estuviste en las fotos de los 15 años de la hija de tu amante.
Tu hijastra.
La hija de la perra con la que destruiste nuestra familia.

¿Sabes lo que sentí cuando vi esas fotos?
¿Sabes lo que fue tener que tragármelas cuando por "X" razón llegaron a mis manos?
No me importa cómo llegaron. No me importa si fue el destino o una burla del universo.
Pero las vi.
Y me dolieron.
Me atravesaron el alma como un maldito cuchillo.

Y sí, quizás estoy mintiendo.
Quizás no fue el universo.
Fuiste tú el imbécil que me las enseñó.
Tú mismo me mostraste esa mierda de fotos.
¿En serio? ¿Tienes tan poca empatía?

¿Para qué carajo me las mostraste?
¿Para que me sintiera feliz por ti?
¿Para que te aplaudiera?
¿Para que dijera: “¡Oh wow, qué hermoso, mi papá sí asistió a los 15… de otra pendeja!”?

ME IMPORTA UNA MIERDA ESA GENTE.
ME IMPORTA UN CARAJO LO QUE HAGAN.
A esa mujer y a su hija me las paso por el forro.
Me importan diez mojones lo que vivan, lo que celebren o lo que sufran.
Porque yo soy tu hija. YO. No ella.

Y tú, con tus excusas de siempre, con tus ausencias, con tus prioridades deformadas,
estuviste ahí, bien vestido, sonriendo, posando como si fueras el mejor padre del mundo.

Pero en mis fotos, las reales, las de tu verdadera hija…
no estuviste.

No estuviste porque, según tú, no tenías dinero.
Porque estabas “complicado”.
Pero qué curioso… para esa otra sí tenías.
Porque si fue la otra mujer la que pagó para que tú salieras en esas fotos,
¿por qué no hiciste lo mismo por mí?

Si no tenías dinero, podías haber pedido.
A tus padres, a un amigo, a un vecino.
Pudiste haber ahorrado con tiempo, como hizo mi madre.
Ella sí se partió el lomo. Centavo a centavo. Mes tras mes. Año tras año.
Guardando lo poco que tenía, quitándose cosas para dármelas a mí.

Y tú, en cambio, desperdiciaste la plata en alcohol, en tus viajesitos, en emborracharte como un imbécil.
Ahí sí había dinero.
Ahí sí sabías dónde buscar.
Ahí sí eras generoso.

Pero para estar conmigo ese día, para darme ese momento tan importante, te hiciste el desaparecido.

Y después de las fotos, vinieron mis 15 como tal.
Mi cumpleaños.

Y una vez más, fue mi madre quien hizo TODO.
Ella, como siempre, dando el 100%.
Ella fue la que luchó para que lo pasara bien, para que no me faltara nada, para que pudiera tener un día feliz.
Y sí, dentro de todo, lo pasé bien.
Porque ella no me soltó la mano. Nunca.

GRACIAS, MAMÁ.
Por ser madre y padre.
Por ser fortaleza cuando yo solo tenía lágrimas.
Por enseñarme que el amor real no es el que posa para la foto, sino el que se parte el alma todos los días para verte sonreír.




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