A veces parecías querer hacer algo bueno.
Muy de vez en cuando.
Un gesto. Una compra. Una visita.
Una mierda de intento de demostrar que aún existías como padre.
Pero te voy a decir algo:
cada vez que hacías una cosa buena, al rato la cagabas.
La manchabas con tus acciones miserables.
Y así, todo lo poquito que podías haber sumado, lo convertías en una gota de mierda más en el vaso que se iba llenando de odio y rencor.
¿Y sabes qué?
¿Qué buenas acciones puede hacer un hombre que abandona a sus hijos por una mujer?
Por una mujer que sabía perfectamente que estaba destruyendo un hogar.
Por una mujer que jamás te detuvo, que te dejó ir de cabeza a la cobardía.
Mejor no respondo esa pregunta.
Porque no quiero vomitar mientras escribo.
Pero… no todo fue un infierno.
Hubo momentos de respiro.
Vacaciones.
Unas pocas vacaciones en las que pude distraerme.
A veces me olvidaba de ti, de tu incompetencia, de tu ausencia.
A veces lograba reír.
A veces sentía que el dolor se adormecía por unos días.
Fue en esas vacaciones cuando comencé a escribir de verdad.
Aunque ya desde antes me inventaba historias detrás de las libretas de clases,
escribía diálogos, imaginaba personajes.
Pero fue en esas vacaciones que mi pasión por escribir se volvió más fuerte.
Era la única forma que tenía de no ahogarme.
Era lo único que me ayudaba a sacar todo lo que me estaba comiendo por dentro.
Y al terminar las vacaciones, llegó un nuevo ciclo.
Comenzaba el Preuniversitario.
Una etapa que, en teoría, debía ser de risas, locuras, amistades nuevas, experiencias nuevas.
Y sí, eso fue… pero a medias.
Mi pasado no fue fácil.
Tampoco fue el más complicado del mundo.
Pero lo complicado llegó en ese primer año de pre.
Fue ahí cuando mi mente se cerró del todo.
Cuando el dolor que venía arrastrando explotó en silencio dentro de mí.
Al principio, todo iba… bueno, más o menos.
Sobrevivía.
Sonreía lo justo.
Fingía lo necesario.
Hasta que llegó la etapa de navidad, y ahí todo se desmoronó de nuevo.
Como tú bien sabes, en las fiestas de fin de año la gente viaja.
Mi mamá y mi hermano viajaron a casa de su madre.
Pero yo no quise ir.
No quería moverme.
No quería ver gente.
No quería hablar con nadie.
Solo quería estar encerrada en mi cuarto, sola con mis pensamientos.
Sola con mi rabia. Sola con mi vacío. Sola conmigo misma.
Ese fue el último fin de año que pasé con mi abuelo.
Y tú lo sabes bien.
Él me quería.
Yo también lo quería.
Sus abrazos eran suaves, reconfortantes.
A veces parecía que con solo abrazarme podía calmar un poco la tormenta.
Pero ¿sabes qué?
Por más amor que me tuviera,
también falló.
No supo ponerte en tu lugar como padre.
No te detuvo.
No te exigió.
No te gritó las verdades en la cara como lo merecías.
No te sacudió los hombros y te dijo: “¡Reacciona, cabrón! ¡Tienes hijos!”
No.
Te dejó seguir con tu juego estúpido.
Te dejó hacer tus idas y venidas.
Te dejó destruir sin consecuencias.
Y por eso, también lo culpo a él.
Porque los padres tienen que corregir a los hijos,
tienen que marcarles el camino.
Pero parece que él prefirió quedarse callado.
Y tú, por supuesto, no quisiste aprender nada.
Nunca.