Ese fin de año fue una patada en el estómago.
Uno pensaría que, después de todo lo que habías hecho, te guardarías algo de respeto, algo de vergüenza, algo de dignidad.
Pero no.
No solo no la guardaste, sino que te arrastraste más abajo todavía.
Porque llevaste a la Otra.
Sí, para mí así se va a llamar siempre: LA OTRA.
La facilona.
La descarada.
La que se metió con un hombre que tenía hijos y esposa.
La que nunca se preguntó a cuántas personas estaba ayudando a destruir con su "historia de amor".
La que llegó como si nada, como si todo fuera suyo.
Y tú la llevaste ahí, a esa casa, como si tuvieras 13 años, como un adolescente tonto, nervioso por presentar a su nueva novia.
Solo que tú no eras ningún niño.
Tú eras un cabrón adulto y padre de familia.
Y por si fuera poco, la llevaste con la hija.
¡Con su hija, carajo!
¿Qué clase de animal hace algo así?
¿Tú de verdad pensabas que eso estaba bien?
¿Que ibas a tener un recibimiento alegre?
¿Pensabas que yo iba a salir a abrazarla?
¿A decirle “bienvenida” mientras pisaba el mismo piso que antes fue el de mi madre?
Ese día nunca se me va a olvidar. Jamás.
Me desperté temprano.
No podía dormir.
La ansiedad me comía por dentro.
Así que me encerré en el cuarto y puse una película, intentando distraerme, aunque era imposible.
Y tú llegaste.
Tú, con ese par de parásitas.
Yo, por supuesto, ni me inmuté.
Ni los miré.
Ni levanté una ceja.
Seguía con mi película, con mis paredes, con mi rabia.
A las 10 de la mañana, mi abuela entró al cuarto:
—¿No piensas salir a saludar?
Ay, Dios bendito… Padre celestial...
Solo tú sabes la carcajada que solté en su cara.
Me reí con una rabia que no me cabía en el pecho y le solté:
—No. No voy a saludar a nadie.
Mi abuela se indignó, claro, y me dijo que eso era de mala educación.
Le dije que me importaba una mierda, que no iba a saludar.
¡Y punto!
Y se fue del cuarto.
Una hora después volvió con la misma pregunta.
Y yo con la misma respuesta:
¡NO VOY A SALUDAR!
Después me ganó el hambre.
No había desayunado ni merendado.
Así que salí del cuarto rumbo a la cocina.
Y ahí estaba esa...
Esa mujer parada como si fuera dueña del lugar.
Ni la miré.
Ni un pestañeo.
Me serví mi comida, comí en silencio, como si no existiera.
Porque para mí no existe.
Luego mi abuelo hizo lo mismo.
Entró al cuarto con las mismas preguntas de "educación", de “por qué no sales”, de “tienes que ser cordial”.
Y yo firme:
No me interesa saludar a esa mujer.
Salí de la casa un rato.
Mentí.
Dije que iba a ver a una amiga.
Pero lo que hice fue irme al parquecito de la esquina, a sentarme sola.
A esperar que pasara el tiempo.
A ver si al menos el aire me quitaba el asco de estar bajo el mismo techo que esa tipa.
Sabía que se quedarían unos días.
Pero cada minuto lejos de ella era un alivio.
Cada segundo fuera de la casa era respirar un poco.
Cuando volví, tú te atreviste a regañarme.
¡A mí!
¡Tú!
Con qué cara, con qué vergüenza.
Te pusiste a dar una charla barata, como si tuvieras alguna autoridad moral:
—Tienes que ser educada…
—¿Para qué te quedas si solo te vas a encerrar?
—Tienes que aceptar que ya tu mamá y yo no estamos juntos…
¿Y sabes qué?
En ese momento me quedé callada.
Me asustaste un poco.
Me hablaste fuerte.
Me sentí acorralada.
Pero ahora, ahora que estoy escribiendo esto, te voy a responder porque ya tengo 22 años. Porque ya se que decir sin pelos en la lengua.
¿POR QUÉ MIERDA ME REGAÑABAS?
¿POR NO SALUDAR A ESA?
¿A ESA?
¿A ESA MUJER QUE NO ES NADA PARA MÍ?
¿QUIÉN CARAJO ES ELLA PARA QUE YO TENGA QUE SALUDARLA?
¿Qué me debe?
¿Qué le debo?
¿Quién la puso por encima de mi madre?
¿Dónde coño está escrito que yo tengo que rendirme a esa?
¿Quién lo dice?
¿Tú?
¡Tú, que no tuviste un gramo de educación conmigo, ni con tus hijos, ni con tu esposa!
No exijas respeto si tú no lo diste.
No reclames modales cuando tu vida entera fue una falta de respeto.
¿No te da vergüenza haber dejado a tus hijos por una mujer cualquiera?
¿No te arde la conciencia por haber traído a esa a la casa como si nada? Pues no, no te arde la conciencia.
Si quería estar encerrada,
¿A ti qué mierda te importa?
Si no te importó lo que yo sentía cuando rompiste todo,
¿por qué carajo me debería importar a mí lo que siente ella?
¿O tú?
¿Y qué eso de que “ya no había amor”?
No me jodas.
¡Mentira!
El amor se trabaja, se lucha.
Todos los matrimonios tienen peleas, diferencias, días malos.
Pero tú no querías arreglar nada.
Porque ya tenías a otra.
Porque ya estabas metido en otra cama, en otra historia.
Y por eso te dio igual todo.
Nos soltaste como si fuéramos cualquier cosa.
Pero yo no te voy a soltar.
Yo voy a recordarte todo esto.
Con cada palabra, con cada línea, con cada grito escrito.
Yo no me voy a callar.
Nunca.