Las Cosas Que No Dije En Voz Alta

10

Se supone que el final del año, y el inicio de otro, es un momento de alegría.
De estar juntos. De abrazarse y dar gracias por la vida.
Un instante en el que, por un segundo, el mundo entero parece hacer una pausa para celebrar que estamos vivos.
Donde la gente se abraza, ríe, come junta. Donde los deseos se repiten en cada rincón:
Dinero, salud, paz, amor, prosperidad.
Y mientras todos pedían esas cosas, yo solo pedía desaparecer.

No quería regalos, ni abrazos, ni brindis.
Yo solo quería que esa mujer se esfumara del planeta.
Que se perdiera por ahí. Que se cayera con esos malditos tacones ridículos. Que se doblara un tobillo, o que simplemente nunca más regresara.

Ese ha sido el peor fin de año de mi vida.
Y tú fuiste el protagonista de ese desastre emocional.
Tu falta de conciencia, tu egoísmo, tu inmadurez, tu forma de vivir tu "nueva vida" sin importar a quién pisabas.
Fuiste tú quien arruinó esa fecha.
Fuiste tú quien hizo que mi único deseo fuera desaparecer.

Después de eso, vinieron días muy oscuros.
Pensamientos raros comenzaron a invadirme.
Ideas que antes no estaban.
No sé en qué momento comencé a cambiar.
Solo sé que, sin darme cuenta, dejé de ser luz y me fui apagando.

La tristeza no se notaba en mi cara, pero quemaba por dentro.
Mi forma de vestir cambió.
Negro. Siempre negro.
Era lo único que me representaba: oscuridad, vacío, ausencia de color.
Mis ojos, mi boca, todo se volvió negro.
Como si pintarme así pudiera protegerme del dolor.
Escuchaba canciones pesadas. Rock, heavy metal, cosas que gritaban por mí lo que yo no podía decir.
Ni siquiera entendía muchas letras, pero me hacían sentir acompañada en mi oscuridad.
Sentía que alguien más también quería desaparecer.

Y así empecé a pensar cosas que me dan escalofríos ahora.
Pensamientos suicidas.
Ideas repetidas sobre lanzarme a la calle.
Cerrar los ojos y que algún carro hiciera lo que yo no podía.
Comencé a cortarme los brazos, a llevar esa rabia en la piel.
Porque el dolor físico, por estúpido que parezca, era más soportable que el dolor emocional.
Y así, poco a poco, me fui metiendo en un mundo cada vez más cerrado.
Me juntaba con personas extrañas, algunas igual de heridas.
Gente rota, como yo.
Que no sabían ni cómo se sentían, ni qué buscaban, pero al menos no fingían estar bien.

Llegaba a casa y no hablaba.
Menos aún que antes.
Me encerraba en mi cuarto, ponía los audífonos a todo volumen y solo quería que nadie me viera, nadie me hablara, nadie me exigiera nada.

Y todo eso fue una mierda. Una basura absurda.
Porque al final, ¿para qué carajos vas a desaparecer por alguien que no te valoró?
¿Para qué vas a cortarte por un hombre que se fue y nunca miró hacia atrás?

Tal vez sabes esto. Tal vez no. Pero si en algún momento lo supiste, no fuiste capaz de sentarte a mi lado y llorar conmigo. O decirme que te perdonara. O que hacer eso estaba mal. Que yo merezco mucho más. Que me quieres, o me hubieses dado un abrazo.
Pero eso nunca pasó.

Por suerte, apareció la ayuda.
Un psicólogo.
Un profesional que me escuchó de verdad.
No me juzgó.
No me mandó a "portarme bien" ni a "salir a saludar".
Simplemente me dejó sacar el veneno, y poco a poco fui volviendo a ser yo.

No fue rápido.
No fue fácil.
Y tampoco salí completamente entera.
Seguí rota.
Pero al menos podía respirar sin que me doliera el pecho cada minuto.

Volví a acercarme a mi mamá.
Recuperé ese lazo que nunca debió romperse.
Volvimos a hablarnos más, a acompañarnos.
Y fue entonces cuando entendí:
No valía la pena llorarte más.
Y no lo hice.

Fue ahí cuando Dios decidió darme un regalo.
Puso en mi camino a alguien que no vino a dañarme, sino a sanarme.
Alguien que se convirtió en mucho más que un novio.
Porque a veces los novios no son solo parejas, son héroes, salvadores, compañeros de batalla.

Él me ayudó a renacer.
A reconstruirme desde los pedazos que quedaron.
Él me enseñó a confiar de nuevo, a volver a creer en el amor, en la alegría, en los planes.
Cosas que tú jamás supiste enseñarme.

Y ¿sabes qué?
Deberías agradecerle.
Sí.
Agradecerle a ese hombre que tú criticaste, del que hablaste mal.
Porque sí, yo sé lo que dijiste.
Y él también lo sabe.
Y ningumo de los dos te dijimos nada, porque no valías un enfrentamiento.

Él se quedó callado por respeto a mí.
Cosa que tú no tuviste nunca.

Tú, que jamás supiste amar a tus hijos como se merecían.
Tú, que abandonaste tu rol como padre y después exigías respeto.
Tú, que ahora pretendes juzgar desde afuera, cuando jamás entraste de verdad.

Y él, en cambio, sí se quedó.
Sí me sostuvo.
Sí me escuchó cuando lloraba de madrugada.
Sí me ayudó a entender que no era mi culpa.

Contigo aprendí lo que no quiero.
Con él aprendí lo que sí merezco.

Contigo conocí el abandono.
Con él, la presencia.

Contigo conocí el silencio que duele.
Con él, la conversación que sana.

Tú tuviste tus prioridades.
Yo decidí no ser una de ellas.
Y gracias a eso, me construí sola.
Con dolor, con esfuerzo, pero con verdad.

Y si hoy estoy donde estoy, es gracias a mí, a mi madre, a mi pareja, y a Dios.
No gracias a ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.