Las Cosas Que No Dije En Voz Alta

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Pues ya vez. ¿Ves el daño? No es un daño visible, no es un moretón que pueda enseñar para generar compasión. Es un terremoto interno que ha resquebrajado los cimientos de todo lo que creía seguro. Y lo más triste, lo más desgarrador, es que todo este cataclismo en mi vida, en la de nosotros, no fue por una causa noble, no fue por algo inevitable. Fue por un simple capricho. Porque un día te levantaste y el mundo que habías construido ya no te gustaba. Porque el sofá estaba mal puesto, porque la rutina te sabía a poco, porque el amor, ese que juraste, se te había caducado.

He sido testigo silencioso. He escuchado esas conversaciones que creías privadas, susurradas, donde tu voz, esa voz que a mí me sonaba a hogar, se quejaba con amargura de su nueva mujer. "Estoy cansado", decías. "Estoy aburrido. Esto no es lo mío". Y cada palabra me alegraba, al fin te estaba pasando algo malo. Lo peor es que a mí también me lo dijiste, con una tranquilidad que me dejó sin aire: "La voy a dejar, ya no quiero seguir allí""Me cansa mucho". Lo dijiste como si anunciaras que ibas a cambiar de camisa, no como si estuvieras dinamitando una familia. ¿Y yo qué se suponía que hiciera con esa confesión? ¿Guardarla como un tesoro envenenado? ¿Sonreír y darte las gracias por la honestidad?

Lo que te pasa, papá, es que tienes el síndrome de la escapada. Eres como un niño que, cuando el castillo de arena se complica, lo patea y huye a construir otro lejos de ahí. No soportas el peso de las responsabilidades, te asfixia la idea de tener que enfrentar las consecuencias de tus actos. Te alejas de tus problemas, de tus "abrumaciones", como dices tú. Los miras de lejos, les das la espalda y te vas, convencido de que si no los ves, dejarán de existir. Pero no se van. Se quedan aquí, con nosotros, creciendo y pudriéndose.

Y usas la excusa más barata y a la vez más dolorosa: el niño. "Es por el niño", dices. Y me pregunto, con una rabia que me quema por dentro, ¿y nosotros? ¿Tus otros dos hijos? Esa separación, la primera, la que nos partió en dos a mi madre, a mi hermano y a mí, ¿esa sí te importó?Pues no, no te importó ¿En ese momento pensaste en lo que sería de nosotros? No. Te separaste de mamá y al carajo todo. Nos mandaste a la deriva en el barco de tu indecisión mientras tú te asegurabas de tener un bote salvavidas para ti solo. Ahí no hubo un "pobrecitos" que valiera. Ahí solo hubo tres almas a las que les arrancaste el suelo de un tirón y te fuiste silbando, limpio de culpa, hacia tu nueva aventura.

Y qué buena vida te has montado, ¿verdad? La vida del hombre libre, sin cadenas. Sales por ahí, haciendo Dios sabe qué, con quién y hasta cuándo. Haces lo que quieres, cuando quieres. Llegas a la hora que te place, sin dar explicaciones, sin ese peso muerto de una familia esperándote con la cena fría. Eres el fantasma de tu propia vida, apareciendo y desapareciendo a tu antojo. Y cuando el drama en tu nuevo mundo se te hace demasiado, cuando tu madre te agobia o tu nueva mujer deja de ser el juguete nuevo y divertido, ¿qué haces? Recoges tus cosas y te vienes otra vez aquí, a casa de tu madre, a refugiarte en el vientre del que nunca has querido salir del todo. Cambias de trinchera según te conviene. ¿A eso le llamas vida? Porque desde aquí, desde mi rincón de espectadora de tu circo personal, se parece más a una huida perpetua, a un juego de roles donde todos somos actores secundarios en la película de tu comodidad.

Sí, a veces me llamas. Suena el teléfono y ahí está tu nombre, iluminando la pantalla con una falsa promesa de normalidad. "¿Hola, y que Daly? ¿Cómo estás? ¿Cómo va la escuela?". Y yo, como una idiota, como la hija bien educada que no quiere dar problemas, trago saliva, me seco las llagas del alma y respondo con la mentira más grande: "Bien, papá. Todo bien". Aunque aquí dentro todo sea un desastre. Te lo digo porque sé, con una certeza que me enferma, que tal vez solo preguntas para cumplir. Para marcar la casilla de "padre presente" en tu agenda mental y poder dormir tranquilo, creyendo que, con una llamada de tres minutos, has saldado tu deuda semanal conmigo.

No sé lo que sientes. En realidad, no sé nada de ti. No conozco al hombre que hay detrás de las excusas y las escapadas. Solo conozco el vacío que has dejado a tu paso, la sombra larga de tu abandono disfrazado de libertad.

He llegado a una conclusión triste, madurada a fuego lento en esta soledad: no has sido un buen padre. Las palabras duelen al escribirlas, me siento traidora, pero es la verdad más cruda que habita en mí. Has sido el proveedor de cicatrices, el arquitecto de esta casa de naipes emocional que se derrumba con cada soplo de tu indiferencia.

Pero, al final, tal vez así tenga que ser. Tal vez todo no puede ser bueno en esta vida. Tal vez algunos tienen que cargar con el peso de los caprichos de otros para aprender, para endurecerse, para no cometer los mismos errores. Esta lección, la que me estás dando con tu ejemplo a la inversa, es la más dolorosa, pero también la más valiosa. Me está enseñando que no debo depender de nadie para ser feliz, que debo construirme sobre mis propias ruinas porque las promesas de los demás son castillos de humo.

Y esta noche, con el sonido de la lluvia como testigo, juro que no seré como tú. Que no huiré. Que mis hijos, si algún día los tengo, nunca tendrán que escribir un capítulo como este, lleno de un dolor silencioso y de la amarga pregunta de un "por qué" que nunca tendrá respuesta.




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