Y ahora, tres años después, me digno a escribir este último capítulo.
Tres años. Parece poco cuando se dice en voz alta, pero es una eternidad cuando se vive con una herida abierta. Han pasado demasiadas cosas desde entonces. Algunas me rompieron un poco más; otras me enseñaron a seguir respirando aunque sintiera que me faltaba el aire. Podría contarlas todas, una por una, pero ya no tiene sentido. No quiero que este final sea otro inventario de desgracias. Quiero que sea el punto donde dejo de cargar con un peso que nunca me correspondió.
Solo le pido a la vida una cosa: que algún día me sonría. Que tenga la delicadeza de regalarme un poco de paz después de tantos años de guerra conmigo misma. Que me permita recordar mi infancia sin sentir ese nudo en la garganta. Que me enseñe a pronunciar la palabra "papá" sin que venga acompañada de una sensación de abandono.
Aunque, si soy completamente sincera, sé que eso probablemente nunca ocurra.
Hay dolores que no desaparecen. Solo aprenden a quedarse en silencio. Se esconden durante meses, incluso años, hasta que un olor, una canción, una fecha o una simple llamada los despierta otra vez. Entonces vuelven con la misma fuerza, como si nunca se hubieran ido.
He intentado apartar el odio. He peleado contra la angustia. He tratado de arrancarme esa obsesión enfermiza de despreciarte, porque descubrí que odiar también cansa. Cansa más de lo que imaginaba. Es como cargar una piedra todos los días, incluso cuando ya no quieres hacerlo. Pero hay recuerdos que siguen vivos. Hay escenas que mi cabeza reproduce una y otra vez, y cada vez que vuelven siento que retrocedo años en un solo segundo.
Tal vez estoy sanando.
O tal vez solo me estoy acostumbrando al dolor.
Solo Dios lo sabe.
Lo que sí sé es que ya no soy la misma persona que empezó a escribir estas páginas. Tú también cambiaste algo dentro de mí. Me enseñaste sentimientos que jamás imaginé experimentar hacia la persona que debía hacerme sentir protegida. Me enseñaste el resentimiento. La decepción. La desconfianza. La ansiedad de esperar a alguien que nunca termina de quedarse. Me enseñaste que una persona puede sentirse huérfana incluso teniendo a su padre vivo.
Y eso es, quizás, la herencia más cruel que pudiste dejarme.
De todas formas... gracias.
Gracias por mostrarme, sin proponértelo, la clase de persona que nunca quiero ser. Gracias por convertirme, a fuerza de ausencias, en alguien que aprendió a sostenerse sola. Gracias porque cada lágrima, cada noche de rabia y cada pregunta sin respuesta terminaron construyendo la promesa más importante de mi vida.
Jamás permitiré que alguien a quien ame se sienta como tú me hiciste sentir a mí.
No sé si algún día lograré perdonarte.
No sé si algún día dejaré de extrañarte, porque lo más triste de todo esto es que nunca extrañé al hombre que fuiste. Extrañé al padre que necesitaba y que jamás existió.
Y esa ausencia... esa ausencia es un duelo que no tiene tumba donde dejar flores.
Este es el último capítulo de este libro.
Pero todavía estoy escribiendo el primero de mi propia vida.